Draven
La puerta de madera de la sala de conferencias se abrió con un deslizamiento suave pero para mí se sintió como el crujido de un mundo entero desmoronándose bajo mis pies. Avancé de regreso a la cabina principal con pasos lentos, pesados, arrastrando un peso que ninguna fuerza de Alfa me permitía soportar.
La culpa es un veneno que no entiende de jerarquías, se me había metido en el torrente sanguíneo, helándome las venas y apagando los rugidos de mi lobo que ahora permanecía acurrucado en los confines de mi mente, emitiendo un lamento silencioso y agónico.
Me detuve en el pasillo del jet, aferrándome al respaldo de uno de los asientos de cuero gris para no perder el equilibrio. Mis ojos, desprovistos por completo del ámbar salvaje de la ira se clavaron en la silueta de Kyra.
Ella seguía exactamente en la misma posición. Tenía la frente apoyada contra la ventanilla de cristal, observando el mar de nubes blancas sobre el que flotábamos mientras el avión ponía rumbo definitivo hacia las tierras altas del norte. Su cuerpo, envuelto en ese costoso vestido beige que yo le había impuesto para humillar su rutina civil, se veía dolorosamente pequeño. Sus manos delgadas seguían aferradas a la caja metálica gris sobre sus rodillas, protegiéndola con un celo biológico que ahora con la verdad quemándome las entrañas, me destrozaba el alma.
Embarazada. Seis semanas.
Un hijo nuestro, una vida que debió ser el heredero de la manada Amarok, el fruto de cada promesa que le hice frente a la luna, se había desangrado en una camilla militar barata mientras yo pasaba los meses emborrachándome de rencor, maldiciendo su nombre y acusándola de cobardía. La recordé en el suelo del piso treinta y nueve, hiperventilando con las manos aferrándose a su vestido y ahora tenia la certeza a qué se había aferrado y una náusea violenta me golpeó el estómago. Yo había provocado esa crisis, yo había entrado a su oficina como un tirano, le había quitado sus escudos legales, la había arrastrado a mi cama y me había burlado de su dolor llamándolo un simple berrinche.
Caminé hacia mi asiento al otro lado del pasillo, dejándome caer en el cuero con una calma que delataba mi quiebre absoluto. No emití ningún sonido, no arrojé mis equipos ni le siseé órdenes de disponibilidad. Simplemente me dediqué a observarla a través de una mirada completamente nueva, una mirada empañada por un dolor sordo que se me atoraba en la garganta.
Quería cruzar el pasillo, quería arrodillarme ante sus pies, enterrar mi rostro en sus rodillas y suplicarle que me perdonara por haber sido el monstruo que completó su destrucción. Quería arrancarle esa maldita caja gris de las manos, no para exibhir sua recuerdos sino para abrazar con ella los últimos recuerdos de nuestro bebé y llorar el luto que le obligué a cargar en completa soledad durante sesenta meses.
Pero no podía hacerlo, no tenía el derecho.
Confesarle en este momento que Farid había hackeado los servidores militares y que yo conocía el secreto de su vientre vacío solo sería una nueva violación a su privacidad. Sería demostrarle otra vez que no hay límites que yo no pueda pisotear con mis recursos y ella se había convertido en piedra para proteger ese santuario de dolor y si descubría que yo lo sabía, terminaría por perderla porque me odiaria para siempre.
Kyra debió sentir la asfixiante densidad de mi mirada porque giró la cabeza despacio hacia mí. Sus ojos castaños, rodeados por las sombras del desvelo, se cruzaron con los míos. Esperaba encontrar al lobo arrogante que le había sonreído con malicia en el restaurante o al jefe despiadado que la había amenazado con cláusulas millonarias minutos atrás.
En su lugar, se topó con un par de ojos grises apagados, fijos en ella con una tristeza tan profunda y devastadora que la hizo pestañear, desconcertada. Su mandíbula se tensó de inmediato y sus dedos se apretaron con más fuerza en los bordes del cofre metálico, poniéndose a la defensiva, buscando en mis facciones la trampa que justificara mi repentino cambio de aura.
No le dije nada, sostuve su mirada con un respeto y un lamento que me desgarraban el pecho en silencio, mientras el piloto anunciaba por los altavoces que iniciábamos el descenso hacia las tierras altas del norte. La jaula de cristal seguía cerrada a nuestro alrededor pero el Alfa implacable que la había construido acababa de convertirse en el prisionero más desahuciado de sus propias cadenas.