Kyra
El impacto de las ruedas del jet contra la pista de aterrizaje me sacudió el cuerpo, obligándome a aferrarme a la pequeña caja metálica gris como si fuera mi única ancla en el mundo. A través de la ventanilla, el paisaje corporativo y los rascacielos de la ciudad habían desaparecido por completo. En su lugar, una hilera de montañas imponentes, coronadas por densos bosques de pinos negros y una neblina helada que flotaba a ras de suelo, nos daba la bienvenida al territorio más salvaje de la manada Amarok.
Me preparé mentalmente para el siguiente asalto. Nos encontrábamos en su terreno, lejos de las leyes civiles humanas que yo tanto había defendido en la oficina. Esperaba que Draven se levantara con su habitual arrogancia de Alfa, que me tomara del codo con ese agarre de acero y me siseara alguna nueva directiva sobre mi disponibilidad laboral de veinticuatro horas.
Sin embargo, el silencio que siguió al apagado de las turbinas fue sepulcral. Draven se puso de pie, pero no se cernió sobre mí, se acomodó los puños de la camisa con una lentitud que me pareció verdaderamente extraña, manteniendo los ojos fijos en el suelo de la cabina. Cuando levantó la vista, la fijeza ámbar y depredadora de la mañana había sido erradicada por completo. Sus ojos grises se veían opacos, cansados, cargados de una solemnidad que me erizó los vellos de la nuca.
Instintivamente, encogí los hombros y apreté el cofre contra mi pecho preparándome para iniciar una nueva pelea por la custodia de mi caja pero antes de que pudiera articular mi habitual negativa la voz de Draven cortó el aire con una sutileza asfixiante.
Farid parpadeó, visiblemente desconcertado por el repentino cambio de directiva de su Alfa pero bajó la cabeza y salió del jet junto a los guardias.
Me quedé inmóvil en el asiento, con el corazón latiéndome con fuerza en los oídos. Miré a Draven, buscando la trampa, el truco psicológico detrás de este inesperado despliegue de respeto pero él no me sonrió con malicia. Dio dos pasos lentos hacia mí y se detuvo a una distancia prudencial, una distancia que jamás había respetado desde que entró a mi vida nuevamente.
Antes de que pudiera responder, se quitó el pesado saco de su traje oscuro. Esperé que me lo arrojara con desprecio o que me obligara a ponérmelo como otra marca de su propiedad. En su lugar, Draven se inclinó con una lentitud tortuosa, casi reverente y colocó la prenda sobre mis hombros. Sus dedos grandes y cálidos rozaron apenas el vello de mi nuca, provocándome un escalofrío de pura electricidad, pero se retiraron de inmediato, como si temiera que su contacto pudiera romperme.
La americana me envolvió por completo, impregnada con su aroma puro a ozono y pino pero desprovista de la agresión territorial de la mañana. Me quedé sin aire, completamente desarmada ante esa delicadeza inexplicable.
Caminé hacia la salida del jet sintiendo que el tablero de nuestra guerra se había distorsionado por completo. Al bajar la escalerilla de acero, el aire helado del norte me golpeó el rostro, pero el calor del saco de Draven sobre mis hombros me mantenía protegida. Él avanzaba un paso por detrás de mí, manteniendo una distancia exacta, vigilando mis pasos no como el cazador que acecha a su presa sino como un guardián silencioso que teme espantar al espectro que tiene enfrente. El Alfa implacable que me había encadenado con un contrato millonario se había transformado en una sombra sutil y asfixiante y esa inesperada falta de garras me causaba un terror mucho más profundo que cualquiera de sus rugidos.