Draven
Las ruedas de la camioneta todoterreno devoraban el camino de tierra compacta, trepando por la ladera de la montaña entre una muralla de pinos negros que arañaban el cielo gris del norte. El motor rugía en un tono bajo y constante pero dentro el silencio era una sustancia abrasadora. Conducía con los ojos fijos en las curvas del camino, manteniendo mis manos firmes sobre el volante, obligándome a concentrarme en la física del manejo para no perder la poca cordura que le quedaba a mi estirpe.
A mi derecha, pegada a la puerta del copiloto estaba Kyra. Llevaba puesto mi saco sobre sus hombros, la prenda le quedaba gigantesca, hundiéndola en una silueta frágil que hacía que mi pecho doliera con cada bocanada de aire. Mantenía la mirada perdida en la espesura del bosque que pasaba a toda velocidad a través del cristal blindado. En su regazo, sus dedos continuaban aferrados con una fijeza desesperada a los bordes de la caja metálica gris.
Mi lobo estaba sufriendo una tortura sistemática, una agonía salvaje que me desgarraba las costillas desde adentro. Saber lo que Farid había desenterrado del hospital militar había cambiado la polaridad de mi existencia. Cada vez que el neumático golpeaba un bache o una piedra en el camino rústico, mi lobo daba un vuelco de puro pánico biológico. Tenía el impulso de estirar el brazo derecho de tomar su mano, de colocar mi palma sobre su vientre y suplicarle que me dejara usar el calor de mi estirpe para sanar el frío fantasma de la pérdida que la habitaba. Mi bestia exigía lamer sus heridas, reclamar su luto, envolverla en mi aroma hasta que el rastro de la camilla médica y el accidente desaparecieran de su memoria.
Pero no podía moverme, tuve que obligar a mis músculos a mantenerse rígidos, congelados en mi asiento, imponiendo una distancia física de apenas cuarenta centímetros que se sentía como un abismo insalvable.
"No me toques, Draven. Aléjate de mí".
Su susurro roto de la madrugada regresaba a mis oídos con la fuerza de una sentencia de muerte. Si estiraba la mano ahora, si intentaba romper el espacio que ella intentaba proteger solo lograría que su sistema humano se pusiera en alerta máxima nuevamente. Recordaría que la tenía atrapada con un contrato blindado, recordaría que la había arrastrado al norte usando amenazas millonarias. Vería mi acercamiento como otra invasión impositiva de un Alfa que no respeta sus fronteras civiles.
Apreté los dientes con tanta fuerza que sentí el sabor metálico de la sangre en mi boca. La ironía de mi victoria me estaba matando, tenía los recursos para comprar su empresa, aislar sus contactos humanos y forzarla a subir a mi jet privado pero era completamente impotente frente al luto que yo mismo con mi ceguera y mi arrogancia, la había obligado a cargar en completa soledad durante cinco malditos años.
Desvié la mirada un segundo de reojo. El perfil de su rostro se veía pálido bajo la luz plomiza de las montañas, había una fatiga tan honda en la forma en que sus pestañas caían sobre sus mejillas que me obligó a soltar un suspiro ahogado tan bajo que rozó el vacío de la camioneta.
Kyra no parpadeó, no giró la cabeza para mirarme, ni abandonó su postura defensiva alrededor del cofre gris.
El rechazo implícito de sus palabras me caló hasta los huesos pero mi lobo no gruñó. Bajó las orejas en el fondo de mi mente, doblegado por el peso de una verdad que no podíamos confesar. Conducía hacia mi propio nido rústico en las tierras altas, el lugar donde alguna vez planeamos criar al heredero de los Amarok cuando llegará sabiendo que la mujer a mi lado prefería la frialdad de un monitor de oficina antes que admitir que mi cercanía aún tenía el poder de hacerla sangrar.