Cicatrices De Luna. El Retorno Del Alfa

CAPITULO 39

Kyra

La camioneta todoterreno se detuvo finalmente en el claro de la montaña. A través del cristal empañado por el frío, la estructura de la cabaña rústica Amarok se alzaba no como un refugio de madera ordinario, sino como una imponente fortaleza de troncos oscuros, piedra volcánica y ventanales reforzados. El lugar estaba rodeado por una imponente comitiva. Alrededor del porche de entrada, más de una docena de hombres de hombros anchos y miradas afiladas esperaban de pie. Sus posturas rígidas y el magnetismo hostil que desprendían no dejaban lugar a dudas, eran los Alfas y representantes de las manadas aliadas del sector norte, lobos salvajes que no entendían de burocracia ni de formalidades civiles.

Sentí que el pulso se me aceleraba, un recordatorio biológico de mi fragilidad humana frente a una manada entera de depredadores. Apreté la pequeña caja metálica gris contra mi pecho, hundiéndome más en el pesado saco oscuro de Draven que aún llevaba sobre los hombros.

Draven apagó el motor y bajó del vehículo con esa parsimonia felina tan suya, rodeó el cofre de la camioneta y abrió mi puerta. Esperé el habitual agarre impositivo en mi codo, pero en su lugar, extendió su mano grande y cálida con la palma hacia arriba, en un gesto de una delicadeza desconcertante que me obligó a parpadear. Lo ignoré, bajando del auto por mis propios medios, sosteniendo mi caja de caudales con dedos rígidos.

Farid se aproximó de inmediato junto a dos ejecutores locales del norte, disponiéndose a tomar mis maletas de la parte trasera.

  • Lleven las pertenencias de Kyra directamente a mi habitación principal -ordenó Draven. Su voz de barítono bajo no admitió réplicas pero resonó con una solemnidad que me dejó petrificada - Acomoden todo en el ala privada. Que nadie toque sus cosas excepto ustedes.

Me giré hacia él de golpe, con los ojos castaños abiertos de par en par por la sorpresa y la indignación. Horas atrás, en el jet, se había comportado con una sutileza asfixiante que casi me hizo dudar de sus intenciones pero ahora volvía a imponer sus cadenas biológicas de la manera más cruda posible, metiéndome a la fuerza en su dormitorio frente a sus guerreros.

  • Draven, dijiste que en esta cabaña... -comencé a sisearle en un susurro cargado de rabia, dispuesta a recordarle mis límites corporativos.

Pero él no me dejó terminar. Dio un paso lateral, colocándose a mi lado de una manera tan protectora que su imponente metro noventa bloqueó el viento helado de la montaña que intentaba golpearme el rostro. Su aroma a ozono y pino invernal me envolvió por completo, pero esta vez no había malicia en su presencia había un lamento sordo y una seriedad absoluta que me descolocó.

Caminamos hacia el porche de piedra. Los Alfas del norte nos barrieron con la mirada, deteniéndose con evidente desprecio en mis zapatos y en la falta de un rastro licántropo en mi sistema. Un Alfa de cabello canoso y cicatrices en el rostro dio un paso al frente, cruzando los brazos sobre su chaqueta de cuero.

  • Alfa Amarok - saludó el hombre, su voz rasposa imitando la sumisión política - Pensamos que venías a cerrar los tratados financieros del sector norte con tus estrategas de la ciudad. No esperábamos que trajeras a una humana de la plantilla corporativa a tierras sagradas.

Draven se detuvo en seco, sentí cómo el aire alrededor de nosotros se congelaba instantáneamente bajo el peso de su aura. El gris de sus ojos no cambió al ámbar de la furia salvaje que solía mostrar en la oficina, en su lugar, adoptó una fijeza gélida, letal y profundamente protectora que hizo que el Alfa del norte diera un imperceptible paso atrás.

  • Mide tus palabras, Robert - siseó Draven, su barítono descendiendo a un registro tan bajo que vibró en la madera del porche - La mujer que está a mi lado no es una simple empleada de mi plantilla empresarial. Ella es mi mano derecha en cada movimiento financiero de mi imperio.

Draven extendió su brazo y colocó su mano firmemente sobre mi hombro, no para reclamarme como un trofeo corporativo sino con un respeto absoluto, obligando a todos los presentes a mirarme bajo la luz de su propio estatus.

  • Y ante las leyes de la sangre, de la luna y de mi estirpe... ella es la Luna de la manada Amarok - sentenció Draven, su voz resonando con una fuerza inquebrantable que acalló el siseo del viento entre los pinos - Cualquier falta de respeto hacia su persona, cualquier mirada de desprecio hacia su condición, será tratada como una declaración de guerra directa contra mi corona. Bajen la cabeza ante ella, ahora.

El silencio que cayó sobre el claro de la montaña fue absoluto. Uno a uno, los Alfas del norte, hombres corpulentos que jamás se doblegaban ante los civiles, tragaron saliva y bajaron la cabeza en una reverencia rígida, reconociendo mi posición por el puro peso de la autoridad de Draven.

Me quedé sin aire, completamente desorientada en mitad del porche. Mi mente entrenada en balances fiscales y tecnicismos legales, colapsó ante la contradicción de sus actos. El hombre que me había encadenado con un contrato abusivo, el Alfa que me había acusado de cobarde y que paseaba del brazo de otra prometida en la oficina, acababa de elevarme al estatus más sagrado de su mundo frente a sus aliados más peligrosos. Me había metido en su habitación, sí, pero lo había hecho blindando mi dignidad con su propia vida.

Miré su perfil tenso mientras nos abrían paso hacia el interior de la cabaña, atrapada en una asfixiante red de sutilezas que ponía en jaque todas mis defensas y me obligaba a preguntarme qué demonios había descubierto Draven para empezar a tratarme como si fuera una reina de cristal a la que temía romper con el pensamiento.




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