Draven
El crujido de la leña en la enorme chimenea de piedra volcánica era el único sonido que rompía la inmensidad del silencio en el dormitorio principal. La habitación, construida con troncos macizos y vigas expuestas que olían a resina y pino, estaba sumida en una penumbra cálida, iluminada únicamente por el vaivén de las llamas anaranjadas.
Kyra estaba sentada en el borde de la enorme cama rústica, todavía envuelta en mi saco oscuro, con las piernas encogidas y los dedos aferrados a los bordes de la caja metálica gris. No se había movido de esa posición desde que Farid dejó sus maletas en el suelo y cerró la puerta. Sus ojos castaños seguían fijos en mí, cargados de una desconfianza defensiva, esperando que la máscara de respeto que me había puesto frente a los Alfas del norte se cayera en la intimidad del cuarto. Esperaba al depredador hostil, al jefe impositivo que la amenazaba con cláusulas y le exigía sumisión de veinticuatro horas.
Pero ese hombre había muerto en el jet, sepultado bajo el peso de un historial médico que me detallaba el desgarro de su cuerpo y el luto en solitario de nuestro bebé.
Caminé hacia el baúl de madera al pie de la cama sin hacer el menor ruido. Descalzo, vistiendo solo un pantalón cómodo de algodón negro y una playera gris, mi lobo estaba completamente apaciguado, doblegado por una ternura dolorosa que me apretaba el pecho. Saqué una manta de lana gruesa y suave, tejida por las ancianas de la manada del norte y me acerqué a ella con pasos lentos, deteniéndome a una distancia prudencial.
Me incliné despacio, cuidando que mis movimientos no activaran su pánico humano. Con una delicadeza que jamás había usado en los últimos cinco años, extendí la manta y la acomodé sobre sus hombros, cubriendo el saco del traje. Mis dedos rozaron apenas la tela de su ropa, pero me aseguré de no tocar su piel, respetando esa frontera invisible que ella defendía con tanta desesperación.
Kyra tensó los hombros, parpadeando con rapidez mientras me miraba desde abajo. Su mandíbula se apretó, buscando el veneno en mis palabras, la ironía que justificara mi actitud.
Cada uno de sus reproches se clavó en mi pecho como un puñal de plata, pero no dejé que mi rostro mostrara el dolor de la herida. No había espacio para mi orgullo herido en esta habitación.
Me di la vuelta y caminé hacia la pequeña mesa auxiliar donde el servicio de la cabaña había dejado una bandeja. Había una jarra de porcelana con té de manzanilla silvestre y hojas de menta de las montañas, miel pura y un plato con pan artesanal caliente y frutas de la estación. Comida real. Nada de químicos, nada de la basura con la que se había estado alimentándose en la oficina.
Serví una taza humeante, dejando que el aroma dulce invadiera el espacio, y regresé a su lado. Me arrodillé en el suelo de madera junto a la cama, quedando por debajo de su línea visual, en una postura de sumisión absoluta que un Alfa jamás adoptaría frente a nadie. Coloqué la taza sobre la mesa de noche, justo al lado de donde ella mantenía el cofre gris.
Kyra bajó la vista hacia la taza y luego hacia mí, completamente desorientada en mitad de la penumbra. Su mente, entrenada para prever los movimientos de los tiburones financieros, colapsó ante la absoluta falta de garras en mi comportamiento. No había reproches por su huida, no había acusaciones de cobardía, no había rastro del hombre despiadado que la había acorralado contra la puerta de la presidencia el día anterior.
Me dolió el alma no poder responderle la verdad. Tuve que tragarme el nudo de sangre que se me formaba en la garganta y forzar una sonrisa sutil, cargada de una infinita tristeza. Extendí mi mano hacia la cama, deteniéndola a escasos centímetros de sus dedos, ofreciéndole mi calor sin imponerlo.
Me puse de pie lentamente, dándole el espacio que sus pulmones necesitaban para respirar sin la asfixia de mi cercanía. Camine hacia el gran sillón de cuero junto al fuego, tomé una manta adicional y me acomodé allí, dándole la espalda a la cama formal, dejándole el control absoluto del dormitorio.