Kyra
La oscuridad de las tierras altas del norte no se parecía en nada a la penumbra de la ciudad. Aquí la noche era un manto espeso, absoluto, que devoraba los contornos de la cabaña rústica y amplificaba el sutil siseo del viento helado filtrándose entre los pinos. El calor de la chimenea de piedra había comenzado a menguar, dejando solo un resplandor de brasas rojizas que proyectaban sombras temblorosas sobre las vigas de madera del techo.
Dormía, hacía años que mi cuerpo no se sumergía en un letargo tan pesado, vencido por la fatiga extrema, el calor de la manta de lana de la manada y el persistente aroma a ozono e invierno de la enorme cama de Draven. Pero la paz en mi mente era una ilusión de corta duración.
La niebla del sueño comenzó a distorsionarse de golpe, tiñéndose de un color negro asfalto.
El crujido de la leña en el cuarto se transformó en el chirrido ensordecedor de unos limpiaparabrisas luchando contra una tormenta inclemente. La Interestatal 95 apareció ante mis ojos, una lengua de pavimento mojado que reflejaba la luz parpadeante de mis faros defectuosos. Podía sentir el frío del volante viejo entre mis dedos, la vibración del motor forzado en mitad de la noche y ese dolor agudo en el centro de mi pecho, un vacío desgarrador que me recordaba la traición que acababa de presenciar en la cabaña de la manada.
De repente, el blanco cegador. Dos luces colosales irrumpieron desde el carril contrario. Un camión de transporte pesado, una masa de hierro negro desbocada sobre el asfalto congelado, avanzaba directo hacia mí. Intenté girar el volante, pero mis brazos carecían de fuerza. El coche patinó sobre el agua.
El impacto fue un estallido que me pulverizó los sentidos. El ruido del motor colapsando, el cristal estallando en mil pedazos volando hacia mi rostro, y ese dolor. Un dolor lacerante, punzante y definitivo en mi abdomen cuando el cinturón de seguridad se tensó al límite, aplastando mi vientre con una violencia inaudita.
La escena mutó hacia las luces fluorescentes del hospital militar. Las sábanas frías, el pitido monótono del monitor cardíaco disminuyendo, y la voz gélida del médico militar resonando en las paredes verdes, "El impacto destruyó la cavidad uterina... Su vientre está vacío, señorita Grainyer. El feto no sobrevivió".
Me incorporé sobre el colchón con el pecho subiendo y bajando en bocanadas cortas, rápidas y asfixiantes. Tenía la frente empapada de sudor frío y las lágrimas resbalaban sin control por mis mejillas, empañándome la vista. De manera puramente instintiva, solté la manta de lana y hundí mis manos temblorosas en la tela de mi ropa, presionando mis dedos con desesperación contra mi vientre, buscando proteger una vida que se había evaporado hacía sesenta meses. El pánico me estaba cerrando las vías respiratorias, estaba hiperventilando en mitad de la penumbra.
La voz barítona de Draven cortó la oscuridad. No esperó mi permiso, su imponente silueta cruzó el espacio desde el sillón de la chimenea en un parpadeo, deslizándose sobre el colchón con una parsimonia y una presteza que delataban que había estado vigilando mi sueño toda la noche, sus manos grandes y cálidas se posaron sobre mis hombros, envolviéndome en un agarre firme pero de una delicadeza desconcertante, cuidando de no presionar mi cuerpo.
Draven me atrajo contra su pecho ancho, envolviéndome por completo con sus brazos, permitiendo que su aroma puro a ozono y pino invernal invadiera mi sistema. Su calor comenzó a combatir el frío glacial de mi trauma, su mano derecha se deslizó por mi cabello castaño, acariciando mi nuca con un ritmo lento y constante, un arrullo físico diseñado para apaciguar el pánico de una criatura herida.
Apoyé la frente contra su hombro expuesto, sintiendo el latido violento de su propio corazón contra mis costillas. Poco a poco, bajo el influjo de su protección y la asfixiante sutileza de su tacto, mis pulmones comenzaron a expandirse. El temblor generalizado de mis piernas cedió y mis dedos, poco a poco, dejaron de presionar mi abdomen para quedar flácidos sobre sus sábanas oscuras. Me calmé, sujeta contra la bestia que me había encadenado, odiando la traición de mi propio cuerpo por encontrar refugio en su calor.
Draven esperó a que mi respiración fuera completamente regular antes de aflojar sutilmente el abrazo. No se apartó. Mantuvo su rostro a escasos centímetros del mío en la penumbra, sus ojos grises fijos en mis pestañas mojadas con una fijeza analítica, empañada por un dolor que no lograba ocultar. Su mano bajó lentamente hasta tomar mis dedos fríos, entrelazándolos con los suyos sobre la cama.