Cicatrices De Luna. El Retorno Del Alfa

CAPITULO 42

Draven

El amanecer en las tierras altas del norte no trajo luz, sino una claridad plomiza que se filtraba a través de los cristales, tiñendo el dormitorio de un gris sepulcral. Las brasas de la chimenea de piedra volcánica se habían extinguido por completo, dejando solo un rastro de ceniza fría que olía a humo viejo.

Permanecía sentado en el sillón de cuero, no me había movido desde que Kyra me había dado la espalda tres horas atrás. Mis ojos grises estaban fijos en la silueta de su cuerpo bajo las mantas oscuras de mi cama rústica. Su respiración finalmente se había estabilizado en el ritmo lento y profundo del sueño pero el ambiente en el cuarto seguía cargado con el residuo amargo de su desprecio.

Mi lobo estaba acurrucado en los confines de mi mente, con el pelaje erizado y las orejas gachas, emitiendo un lamento silencioso que me desgarraba las costillas. No había furia en la bestia, no había el menor rastro de ese orgullo territorial que me había dominado cuando entré a su oficina días atrás solo había una desolación absoluta, una impotencia salvaje ante el muro que ella acababa de elevar entre los dos.

"No pasó nada que te incumba, señor Amarok... Mi vida de ese año no le pertenece a tu manada" .

Cada una de sus palabras resonaba en las paredes de mi cráneo con la fuerza de una sentencia de muerte, su tono monótono y desprovisto de cualquier emoción había cortado la intimidad de la habitación con la precisión de un bisturí. Cuando retiró sus dedos del agarre de mi mano, no solo rechazó mi calor físico me expulsó por completo del territorio de su dolor. Me dejó claro que, aunque yo fuera el Alfa de la manada más poderosa del este, ante su tragedia yo era un completo extraño. Un intruso legalmente impositivo.

Miré de reojo hacia la cómoda de madera oscura. Allí, bajo la luz mortecina del alba, descansaba la pequeña caja metálica gris.

Ese trozo de chatarra era el cimiento de su fortaleza. El cofre contenía el luto de nuestro bebé, las pruebas de la noche en que su vientre quedó vacío mientras yo me ahogaba en mi propio rencor. Yo había provocado de alguna manera su huida, esos errores que desconocía y que ella me culpaba la habían empujado a esa carretera oscura y a esa camilla militar barata.

Y ahora, la justicia poética de mi propia estirpe se estaba burlando de mí en mi propia cara, la había encadenado con un contrato, había comprado la empresa en la que trabajaba, la tenía físicamente en mi cama, a mi lado pero la distancia que nos separaba ahora era un océano de hielo que el dinero de mi imperio jamás podría comprar.

Me puse de pie lentamente, sintiendo el cansancio acumulado de dos noches de vigilia pesando en mis hombros. Me acerqué al borde del colchón con pasos tan sutiles que ni siquiera la madera del suelo crujió. Me incliné sobre ella, observando las finas sombras oscuras que enmarcaban sus ojos castaños cerrados. Se veía tan pequeña, tan humana, desprovista de garras o colmillos, y sin embargo, su indiferencia era el arma más letal que jamás había enfrentado. Me reducía a la nada con un solo parpadeo.

Quería despertarla, quería gritarle que Farid ya había descubierto su secreto, que yo conocía la verdad sobre el accidente, sobre la hemorragia interna, sobre el hijo que la Interestatal nos había robado. Quería obligarla a romper ese maldito silencio, a dejarme sangrar con ella, a permitir que mi lobo cargara con la mitad del dolor que le obligué a cargar sola durante sesenta meses.

Pero no tenía el derecho. El depredador que la había acorralado en la presidencia de Nova no podía transformarse en el mendigo de su perdón de la noche a la mañana sin que ella lo viera como otra estrategia de dominación, si le confesaba que sabía lo de nuestro hijo, ella vería mi compasión como otra invasión a sus fronteras, solidificaría el muro de hielo y se alejaría a un lugar donde mis ojos jamás podrían alcanzarla.

  • Estás a salvo, Luna - susurré tan bajo que ni sus oídos humanos pudieron registrarlo.

Ajusté la manta de lana alrededor de sus hombros con una delicadeza tortuosa, cuidando de no rozar su piel con mis dedos fríos. Me erguí recuperando la máscara de piedra que mi estirpe me exigía para gobernar ante el mundo exterior. Me di la vuelta y caminé hacia la puerta de la suite, dejando atrás el aroma a jazmín y ceniza que me estaba matando en vida. El Alfa implacable salía a enfrentar la junta con los lobos del norte, pero el hombre se quedaba de rodillas en esa habitación, encadenado al silencio de una humana que prefería convertirse en piedra antes que volver a ser mía.




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