Kyra
El comedor rústico de la cabaña se había transformado en un caldero de hostilidad contenida. Una mesa colosal de roble macizo dominaba el espacio, rodeada por los Alfas del norte, cuyos cuerpos corpulentos y auras cargadas de dominación hacían que el aire de la mañana se sintiera denso, casi asfixiante. El olor a tabaco, cuero viejo y la testosterona salvaje de los licántropos competía con el aroma del café cargado que se enfriaba en tazas de porcelana.
Yo ocupaba el extremo opuesto de la mesa, sentada en una silla tallada que me quedaba demasiado grande. Vestía un pantalón de sastre oscuro y una blusa de seda que Farid se había encargado de dejar en el vestidor, prendas que aunque lujosas, mantenían la pulcritud que mi cargó requería. Frente a mí, mi computadora portátil estaba encendida, reflejando gráficos de viabilidad y balances de rutas de transporte que parpadeaban en el resplandor azulado de la pantalla.
A mi derecha, en la cabecera de la mesa, Draven permanecía sentado como una deidad de piedra. Vestía un traje negro impecable, pero su semblante reflejaba la solemnidad gélida de su vigilia nocturna. Sus ojos grises, fijos y desprovistos de la furia impositiva del primer día, no miraban a los Alfas, me miraban a mí. Su presencia ya no era una cadena que me apretaba el cuello, era una muralla inquebrantable de ozono e invierno que absorbía la presión del cuarto para que mis pulmones pudieran respirar.
Robert, el Alfa de cabello canoso que me había mirado con desprecio en el porche, soltó una carcajada ronca, un sonido áspero que hizo vibrar los cristales del comedor. Se inclinó hacia delante, apoyando sus enormes antebrazos cubiertos de cicatrices sobre la madera de roble.
Un murmullo de aprobación recorrió a los demás Alfas. El ambiente se tensó de inmediato, una corriente de agresión puramente animal que amenazó con hacerme bajar la vista hacia el teclado. Mis dedos se congelaron sobre el touchpad de la computadora.
Pero el contraataque no vino de mi parte.
El sonido nítido de Draven dejando su bolígrafo de plata sobre la mesa cortó el murmullo como un hachazo. No se levantó, no usó su rugido de Alfa, ni recurrió al ámbar salvaje de su lobo. Simplemente se enderezó en su silla, clavando sus ojos grises en Robert con una fijeza tan letal, tan gélida y cargada de una inquebrantable solemnidad que el aire del comedor pareció descender varios grados en un segundo.
El Alfa del norte tragó saliva, su postura defensiva activándose de inmediato.
La validación absoluta de sus palabras cayó sobre la junta como un mazo de hierro. El peso de su autoridad de Alfa, combinada con el respeto reverente con el que me defendía, obligó a Robert a apartar la mirada, con la mandíbula tensa y los hombros caídos en una señal inequívoca de sumisión política. Uno a uno, los demás Alfas bajaron la cabeza hacia sus carpetas, asimilando que la humana que tenían enfrente estaba blindada por la vida misma del lobo más peligroso de la costa este.
Me quedé mirando la pantalla de la computadora, sintiendo que el nudo en mi garganta se disolvía ante la asfixiante sutileza de su protección, Draven me había entregado el control absoluto del tablero frente a sus aliados más hostiles. Me respetaba, me validaba y utilizaba su inmenso poder político para blindar mi dignidad sin exigir nada a cambio, manteniéndose a una distancia exacta que me permitía liderar la reunión sin la opresión de sus antiguas garras. Era un Alfa cuidando la soberanía de su reina de cristal y ver cómo su arrogancia se había transformado en esa solemnidad inquebrantable me causaba una confusión tan profunda que mi mente comenzaba a quedarse sin excusas para justificar el hielo de mi desprecio.