Cicatrices De Luna. El Retorno Del Alfa

CAPITULO 45

Kyra

La tarde se había asentado sobre las tierras altas con la pesadez de una tormenta que se niega a romper. En el despacho rústico de la cabaña, el silencio tras el éxito de la junta con los Alfas del norte era espeso, casi físico. Los ventanales daban a una panorámica de pinos envueltos en neblina pero dentro del cuarto, el único foco de calor era la chimenea que devoraba leños con un chisporroteo constante.

Me encontraba de pie junto al gran escritorio de madera terminando de guardar los balances fiscales en mi tableta. Mis manos ya no temblaban por el estrés de la reunión pero una nueva tensión, una mucho más peligrosa y difícil de auditar se había instalado en mi pecho.

Draven estaba al otro lado de la estancia, de pie junto a un mueble bar de nogal. Se había quitado la corbata y el saco de su traje oscuro y las mangas de su camisa blanca estaban remangadas hasta los antebrazos, revelando los contornos firmes de sus músculos. Servía un vaso de agua con una parsimonia que me ponía los pelos de punta. Desde la noche anterior, su habitual arrogancia de Alfa y sus garras habían desaparecido por completo, reemplazadas por una sutileza asfixiante y reverente que estaba pulverizando cada una de mis defensas.

  • Lograste que Robert bajara la cabeza sin usar una sola mala palabra - dijo él, su barítono bajo y arrastrado cortando el silencio. Caminó hacia el escritorio con pasos lentos, felinos, dejándome el vaso de agua a una distancia prudencial - Tu mente humana es más letal que cualquier ejército de mi estirpe, Luna.
  • Hice mi trabajo, señor Amarok - respondí de inmediato, forzando a mi voz a recuperar esa monotonía de oficina que usaba como escudo - Optimizar el sector norte es lo que estipula mi contrato, no confunda la eficiencia laboral con otra cosa.

Draven se detuvo a escasos sesenta centímetros de mí. Su aroma a ozono, bosque húmedo e invierno me envolvió al instante, disolviendo el olor a madera quemada del despacho. Sus ojos grises, fijos y desprovistos de la furia impositiva del primer día, me observaron con una fijeza que me caló hasta los huesos. No había malicia en sus pupilas pero el remanente de una dolorosa culpa se reflejaban como ganchos invisibles que me arrastraban hacia él.

  • ¿Hasta cuándo vas a seguir usando ese apellido en este cuarto, Kyra? - susurró, dando un paso más, reduciendo la distancia a la nada. La presión de su presencia era una marea caliente que me impedía respirar - No hay inversores aquí, no hay Alfas vigilando. Solo estamos tú y yo y el muro de hielo que elevas cada vez que te miro.
  • Es el único límite que me queda, Draven - le planté cara, aunque mi pecho subía y bajaba con rapidez, traicionando mis latidos desbocados. Apreté la tableta contra mi pecho - Me quitaste mi departamento, me aislaste de mis conocidos y me trajiste a este territorio usando amenazas millonarias. Si te entrego mi formalidad, no me quedará nada de la mujer que construí lejos de ti.

La tensión psicológica entre los dos rozó la intimidad de una manera tan cruda que el aire del despacho pareció encenderse, Draven levantó una mano lentamente, una lentitud tortuosa que me dio todo el tiempo del mundo para apartarme, para huir hacia la puerta o recordarle el contrato pero mis piernas se convirtieron en plomo. Mis pulmones se rindieron ante el calor abrasador que emanaba de su cuerpo.

El dorso de sus dedos grandes y cálidos rozó la línea de mi mandíbula. El contacto me provocó un escalofrío de pura electricidad que me recorrió la espina dorsal. Su tacto ya no era el agarre de acero de un secuestrador, era una caricia temblorosa, reverente, como si tuviera miedo de romperme con el pensamiento.

  • No quiero quitarte nada, Kyra - murmuró, su rostro inclinándose despacio hacia el mío, obligándome a respirar su aliento - Quiero entregarte todo lo que mi imperio no puede comprar. Déjame cargar con una parte de lo que te está matando en silencio. Por favor...

Sus ojos grises suplicaban un perdón que yo aún no podía confesar que merecía. El dolor compartido de un lazo que se negaba a morir, la fatiga de pasar dos noches en vela y la brutal atracción salvaje que nos había unido en el pasado estallaron en mi estómago como una granada. Estaba cansada de pelear contra el fantasma de su infidelidad, cansada de ser una analista fría en mitad de su santuario de lobos.

Por un milisegundo, la armadura de hielo de Kyra Grainyer se agrietó por completo. Cerré los ojos y me dejé llevar, dejé que mis defensas colapsaran cuando los labios de Draven capturaron los míos.

El beso comenzó con una suavidad desgarradora, un roce sutil de calor que me devolvió el aire a los pulmones pero la contención de cinco años y el resentimiento acumulado convirtieron el contacto en algo salvaje, denso y desesperado. Solté un susurro ahogado contra su boca y sus brazos de acero me rodearon por completo, atrayendo mi cuerpo contra la firmeza de su pecho ancho. Una de sus manos se enterró en mi cabello, deshaciendo el moño profesional, mientras la otra se posaba firmemente en mi espalda baja, sosteniéndome como si fuera el tesoro más valioso de su corona.

Saboreé el ozono, la menta de las montañas y la absoluta sumisión de su lobo interno, que se doblegaba por completo ante mi tacto. Mi cuerpo traicionero y hambriento de su calor, respondió al estímulo, mis manos soltaron la tableta que cayó sobre el escritorio con un golpe sordo y subieron por sus hombros anchos, aferrándome a su camisa blanca con la desesperación de quien se está ahogando en mitad de un océano helado.

Por unos segundos, la jaula de cristal de las industrias Amarok desapareció. No había contratos blindados, ni promesas de matrimonio con Chelsy, ni un hospital militar en la distancia. Éramos solo el Alfa y su humana, consumiéndose en el centro de un despacho rústico bajo la luz del fuego, rozando una intimidad tan destructiva que ambos sabíamos que, cuando el beso terminara, las cenizas de nuestra guerra psicológica volverían a cubrir el tablero de juego con más fuerza que nunca.




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