Draven
El aire en el comedor se sentía como ceniza en mi garganta. Ver a Kyra utilizar el veneno de Chelsy con tanta frialdad, manipulando al Consejo con tecnicismos humanos solo para conseguir el papel que la alejaría de mí para siempre, me partió el alma en dos. Su ingenio era implacable, pero la desesperación de su mirada por escapar de mis cadenas me dolió más que cualquier herida de plata. Ella prefería entregarle la victoria política a la mujer que la odiaba antes que pasar un minuto más bajo mi guardia.
Sutter el auditor principal, ya extendía su pluma estilográfica hacia la tableta de Kyra, asintiendo ante los ruegos histéricos de Chelsy.
Me levanté lentamente de la cabecera de la mesa, mi imponente metro noventa llenando el espacio. El ámbar de mi lobo brilló con fijeza gélida en mis ojos grises, erradicando cualquier rastro de la debilidad que la culpa me había provocado durante la noche, Kyra pensó que el tablero humano de la corporación Nova la salvaría pero había olvidado que un Alfa defiende su territorio y a su Luna con todas las armas disponibles, tanto civiles como de sangre.
Estiré la mano y tomé la carpeta de piel negra que Farid me entregada, la arrojé con fuerza sobre la mesa de roble, justo en el centro, deslizando los papeles hasta que golpearon la base de la tableta de Kyra.
Aidon, con dedos temblorosos por la vejez, abrió el documento superior. El color abandonó su rostro arrugado en un segundo.
El anciano pasó la página y un jadeo colectivo recorrió a los otros y a los auditores. El papel inferior era un pergamino antiguo, sellado con cera roja y los hilos de plata tradicionales de nuestra estirpe. Era el Acta de Unión Sagrada, expedida y firmada por los mismísimos ancianos del Consejo Central siete años atrás, la noche en que nuestra sangre se reconoció por primera vez.
La jugada cayó sobre el comedor con el peso de una ejecución directa.
Giré la cabeza lentamente hacia Kyra, su mirada estaba completamente atónita. Sus ojos castaños, abiertos de par en par en un shock absoluto, bailaban entre los pergaminos de la mesa y mis facciones de piedra. Su respiración se volvió errática, el ingenio con el que nos había arrinconado se evaporó en un instante, dejándola completamente desarmada frente a la realidad de que yo había guardado, los papeles de nuestra unión sagrada como mi última línea de defensa. Ella pensó que huir al otro extremo del continente borraba el lazo pero yo acababa de exponer nuestro matrimonio civil y nuestra predestinación ante el tribunal más alto de los lobos, blindando su estatus de Luna para siempre.
Chelsy soltó un grito de pura histeria, llevándose las manos a la cabeza mientras el diamante de su anillo de compromiso parecía perder todo su brillo frente a las actas oficiales.
Los ancianos del Consejo no esperaron una segunda advertencia. Cerraron la carpeta a toda prisa, bajaron la cabeza en una reverencia rígida de sumisión absoluta ante Kyra y ante mí y salieron del comedor a pasos apresurados, arrastrando a una Chelsy deshecha en llanto que Robert intentaba sostener en su huida. El portazo final de las maderas de roble selló el final de la tormenta externa.