Cicatrices De Luna. El Retorno Del Alfa

CAPITULO 49

Draven

El estrépito de las hélices del helicóptero del Consejo de Lobos comenzó a desvanecerse a la distancia, dejando la cabaña sumida en un silencio denso y sepulcral. El aroma rancio de los ancianos y la estela de vainilla de Chelsy se disiparon rápido por los extractores del techo, dejando únicamente el perfume a jazmín de Kyra, que flotaba en el aire del comedor vacío de manera casi eléctrica, saturado por el rastro químico de su absoluto estado de shock.

Ella no se había movido. Seguía de pie a un costado de la mesa de roble, con los dedos rígidos aún flotando sobre su tableta y los ojos castaños fijos en los dos documentos que permanecían en el centro de la madera. El acta de matrimonio civil humana y el pergamino de unión sagrada de nuestra estirpe. El ingenio corporativo con el que casi compra su libertad laboral se había evaporado, dejándola completamente desarmada frente a la realidad de que yo poseía el control total del tablero.

Rodeé la mesa con pasos lentos, fluidos y silenciosos. Mi imponente metro noventa cortó el espacio hasta detenerme a escasos centímetros de ella. Mi lobo estaba extrañamente tranquilo, saciado por la victoria territorial y política, pero mis ojos grises mantenían esa solemnidad gélida que se había instalado en mis facciones desde que descubrí la verdad de su luto en el jet.

  • Tengo que admitir que fue una jugada brillante, Kyra - dije, mi voz saliendo en un barítono tan bajo, suave y desprovisto de agresividad que pareció un susurro del viento del norte - Utilizar los celos enfermizos de Chelsy para manipular una auditoría del Consejo y forzar una rescisión contractual sin penalizaciones... Es el plan de huida más perfecto que un humano ha diseñado jamás en mis oficinas. Casi logras que Aidon firmara el decreto. Casi te me escapas de las manos otra vez.

Kyra tragó saliva y levantó la barbilla despacio, intentando desesperadamente recomponer su armadura de hielo, aunque el parpadeo errático de sus pupilas delataba el pánico biológico que la dominaba por dentro.

  • No fue un plan, Draven. Fue una oportunidad legítima para librarme de tus cadenas - me siseo, con la voz rota pero firme, negándose a bajar la mirada - Expusiste nuestra intimidad ante ese tribunal. Usaste un pergamino de hace cinco años para obligar al Consejo a intervenir a tu favor. ¿Para qué? ¿Para demostrarme que puedes pisotear mis derechos en cualquier mundo?
  • Lo hice para proteger tu soberanía, no para pisotearla - la corregí, acortando los últimos centímetros de distancia física entre los dos. Su aroma a jazmín se agitó debido a sus latidos desbocados, pero no retrocedí, obligándola a respirar el calor de mi cuerpo - Pero en tu desesperación por volver a tu cubículo gris y usar tus queridas leyes de los hombres como un escudo, parece que has olvidado un detalle legal e inquebrantable, Luna.

Extendí la mano lentamente, una lentitud reverente que le dio todo el tiempo del mundo para apartarse pero sus piernas continuaban congeladas en el suelo de madera. Con el dorso de mis dedos, deslicé con suavidad una copia del acta de matrimonio civil hacia sus manos frías.

  • Ante los registros civiles del gobierno de los humanos, ante las firmas notariales que tanto defiendes... sigues siendo mi esposa. Y ante las leyes de la sangre de los antiguos, eres mi compañera predestinada. Ese lazo no va a romperse nunca, Kyra. No hay un bufete de abogados de gama baja, ni una directiva de confidencialidad del Consejo, ni una penalización millonaria que pueda disolver lo que la luna selló en nuestra piel. Estás atada a mí, por derecho legal y de manada. Y de esta cabaña no te vas a marchar.

Vi el milimétrico temblor en sus labios y cómo una lágrima de pura frustración rodó por su mejilla pálida al darse cuenta de que no le quedaban cartas que jugar en el tablero de los hombres. El hielo de su desprecio continuaba allí, pero la grieta de verse completamente atrapada bajo mi guardia directa la dejó sin palabras por primera vez en todo el día.

Me erguí cuan largo era, abotonando el primer botón de mi camisa blanca, recuperando la máscara de piedra que mi estirpe me exigía para mantener el control de la fortaleza antes de la noche. Caminé hacia las puertas dobles del comedor con paso firme, pero justo antes de presionar la manija de roble, me detuve y giré la cabeza de reojo para mirarla una última vez en la penumbra del cuarto.

  • Organiza tus archivos de la junta, señora Amarok - concluí, mi barítono bajando a un registro denso, cargado de una advertencia implacable que no admitía réplicas - A partir de este momento, muchas cosas van a cambiar entre nosotros en esta cabaña. Tu tiempo de jugar a la analista independiente en mi imperio ha terminado. Prepárate para la cena en mi habitación.

Empujé los paneles de madera y salí al pasillo desierto, dejando que el chasquido del pestillo sellara el final de su intento de escape. El Alfa implacable había ganado la batalla en el comedor, pero el hombre caminaba hacia el despacho de Farid con el alma destrozada de culpa, sabiendo que el verdadero cambio que venía para las tierras altas no era la sumisión que le había impuesto, sino la rendición absoluta de mis garras ante el santuario de dolor que mi Luna seguía protegiendo en silencio.




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