Cicatrices De Luna. El Retorno Del Alfa

CAPITULO 50

Kyra

El eco del portazo de las maderas de roble resonó en las vigas del techo como una sentencia definitiva. Me quedé completamente inmóvil, con la espalda rígida y las manos heladas aún suspendidas sobre la pantalla de mi tableta. El zumbido del procesador de la computadora parpadeaba en mitad de la penumbra del comedor vacío pero para mí, todo el sistema corporativo en el que había confiado se había apagado para siempre.

La resaca psicológica de mi derrota me golpeó con la fuerza de un impacto físico. Las piernas me temblaron tanto que tuve que apoyar ambas palmas sobre la superficie del escritorio de roble para no desplazarme hacia el suelo.

Miré los dos documentos que permanecían en el centro de la madera. El pergamino antiguo con los hilos de plata tradicionales y el acta de matrimonio civil del gobierno de los humanos. Toqué el papel del registro civil con la yema del dedo índice;ñ, la textura lisa del sello notarial se sentía real, una prueba irrefutable de que mi camuflaje de media década había sido una completa ilusión.

Draven tenía razón. Había cometido un error de cálculo monumental, en mi afán por construir una rutina gris de analista de clase media, me aferré a las leyes de los hombres pensando que el derecho civil y los contratos laborales funcionarían como un escudo real contra un Alfa de su estirpe. Había olvidado que las corporaciones más grandes de la ciudad se mueven con los recursos de su manada y que para los lobos ancestrales, un registro firmado ante un juez humano es tan vinculante como la unión sagrada si sirve para encadenar a su prófuga.

Ya no había treguas de ocho horas, ya no había un ministerio de trabajo al que acudir, ni un abogado laboralista que pudiera salvarme de su control las veinticuatro horas del día. Cada salida legal humana había sido tapiada sistemáticamente por sus manos de acero. Estaba atrapada legal, biológica y físicamente bajo su guardia directa, en mitad de las montañas del norte, sin más defensa que mi propio orgullo.

Una mezcla salvaje de rabia y un miedo puramente instintivo me revolvió el estómago. La rabia quemaba mis venas por haber cedido a su tacto en el despacho horas atrás, por haber permitido que la traición de mi propio cuerpo encontrara refugio en su calor de ozono y pino invernal pero el miedo era una masa densa y fría que me dificultaba respirar.

"Prepárate para la cena en mi habitación... Muchas cosas van a cambiar entre nosotros" .

Sus palabras de advertencia seguían zumbando en mis oídos con un veneno silencioso. ¿Qué significaba ese cambio? ¿Qué pretendía hacer conmigo en la intimidad de su dormitorio ahora que el Consejo de Lobos había validado mi estatus de Luna legítima y Chelsy había sido desterrada de la fortaleza? El hombre hostil que me exigía sumisión absoluta en la oficina de Nova se había transformado en una sombra sutil, reverente y de una delicadeza asfixiante que me causaba mucho más terror que cualquiera de sus rugidos de Alfa.

Cerré la computadora portátil con calma y la apreté contra mi pecho con una fuerza desmedida, sintiendo los bordes clavarse en la tela de mi blusa de seda oscura. Caminé hacia el ala residencial con paso errático, arrastrando los pies por el pasillo desierto de la cabaña, sintiendo que cada peldaño de la escalera hacia su suite me acercaba más al nido del depredador.

Entré a la habitación principal y me encerré en el baño contiguo para prepararme para la cena impuesta. Me lavé el rostro con agua helada, intentando borrar el rastro de las lágrimas de frustración y el desorden del moño profesional que Draven había deshecho durante el beso. Al mirarme en el espejo de piedra volcánica, vi mis propios ojos castaños: estaban cargados de sombras oscuras, reflejando el desgaste de dos noches en vela, pero la barbilla seguía en alto.

Me cambié la ropa arrugada de la oficina por un conjunto de punto de lana fina en un tono gris tormentoso que Farid había dejado en el vestidor. No lo hice por complacer a mi captor, sino para ponerme una nueva piel limpia antes del siguiente duelo psicológico. Peiné mi cabello castaño hacia atrás, dejándolo caer suelto sobre mis hombros, y me jure a mí misma frente al cristal que aunque él controlara mis contratos, mis movimientos y mi cama por derecho de sangre, jamás tendría acceso al luto de mi vientre vacío. Saldría a esa cena armada con la única frontera que el dinero de su imperio no podía comprar, mi absoluto y gélido silencio.




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