CAPITULO 51
Draven
El crujido rítmico de la madera de pino consumiéndose en la chimenea era el único puente en mitad del abismo que nos separaba. Había mandado a colocar una pequeña mesa redonda de roble cerca del fuego, despojada de cualquier formalidad corporativa. Sobre la superficie, el servicio de la cabaña había dispuesto una cena real, densa y nutritiva, un estofado de venado con hierbas silvestres de las tierras altas, tubérculos asados al horno de piedra y pan artesanal de la manada. Alimento de verdad para reconstruir las defensas de su cuerpo humano.
Kyra estaba sentada frente a mí, envuelta en ese conjunto de lana fina gris tormentoso que acentuaba la palidez de sus facciones. Sus manos delgadas rodeaban el vaso de agua con una rigidez de piedra y su mirada castaña permanecía fija en las llamas, rehusándose a cruzar su espacio visual con el mío. Su armadura de silencio se sentía áspera, una barrera invisible pero indestructible que se me clavaba en el pecho como agujas de plata.
Mi lobo no gruñía permanecía acurrucado en los confines de mi mente, doblegado por una ternura dolorosa y una culpa tan densa que me dificultaba el habla. Serví un poco del estofado en su plato de porcelana con una lentitud calculada, cuidando de no hacer el menor ruido que pudiera alertar a su pánico.
- Tienes que comer, Kyra - dije, mi voz saliendo en un barítono bajo, suave y desprovisto de cualquier registro de mando. Dejé el cubierto sobre la mesa y la miré, sosteniendo una solemnidad que me desgarraba por dentro - Has pasado días enteros alimentándote de chucherías químicas en un cubículo y la noche anterior colapsaste en mis manos. Tu cuerpo no resistirá el norte si continúas usando el ayuno como una declaración de guerra.
Ella no se movió, ni una sola facción de su rostro se alteró. El silencio continuó flotando en la habitación, cortante, recordándome que ante sus ojos yo seguía siendo el monstruo impositivo que había comprado su empresa para encadenarla.
- Sé que estás furiosa por la jugada del Consejo - continué, apoyando los codos en las rodillas, inclinándome hacia delante para ofrecerle mi calor sin invadir su perímetro - Pensaste que el tablero de los hombres te daría la libertad legal y usaste los celos de Chelsy con una astucia impecable. Tu mente es brillante, Luna. Pero exponer nuestro lazo era la única carta que me quedaba para evitar que esos ancianos te desterraran de mi mundo o te obligaran a firmar un acuerdo de silencio forzado. No lo hice por ego, lo hice para blindar tu soberanía ante la coalición.
Kyra desvió la mirada de las llamas despacio, clavando sus ojos castaños en los míos. No había miedo en sus pupilas, había una capa gruesa de hielo y un resentimiento tan puro que me caló hasta los huesos.
- ¿Tu concepto de protección siempre incluye encerrar a las personas en tu suite por decreto de sangre, señor Amarok? - su voz salió en una monotonía civil que me dolió más que cualquier bofetada - Me devolviste el estatus de Luna frente a tus enemigos para que nadie pueda tocarme pero resulta que la única persona de la que necesito protección en esta montaña eres tú. No voy a sentar aquí a fingir que esta cena es un espacio de paz, dime de una vez cuáles son las nuevas condiciones de mi sumisión. Dijiste en el comedor que muchas cosas iban a cambiar. Adelante. Desglosa los nuevos términos de mi jaula.
La amargura de sus palabras se filtró en mis venas como el peor de los venenos. Me obligué a sostener su mirada, dejando que viera la absoluta verdad en mis ojos, despojados por completo de las garras de Alfa con las que la había amenazado en la ciudad.
- Las condiciones van a cambiar, Kyra, pero no en la dirección que tu desconfianza predice - respondí, mi barítono arrastrándose con una solemnidad inquebrantable - Tu tiempo de jugar a la asistente veinticuatro siete bajo coacción ha terminado hoy. A partir de mañana a primera hora, se restablecen las jornadas laborales normales de ocho horas en tu contrato. Ni un minuto más. No habrá llamadas a las tres de la mañana sino es estrictamente necesaria, no habrá informes fiscales procesados en la madrugada y no confiscaré tus equipos corporativos nunca más.
Kyra parpadeó, una milimétrica chispa de desconcierto quebrando su máscara de hielo por primera vez en toda la noche.
- ¿Horarios normales? - repitió en un murmullo desconfiado - ¿Tendré una jornada de ocho horas?.
- Sí - asentí, deslizando un documento impreso sobre la madera hacia sus manos - Además, tus cuentas bancarias personales quedan liberadas de cualquier observación de mi departamento de seguridad. He ordenado a Farid archivar la penalización millonaria de la cláusula de rescisión, no tendrás que pagar un solo centavo si decides cumplir tus funciones de analista de nivel medio con normalidad. Tus horarios de descanso son sagrados para mí a partir de esta noche.
Ella bajó la vista hacia el papel, leyendo las líneas impresas que confirmaban la disolución de las medidas de coacción económica que la habían encadenado a la presidencia.
- ¿Por qué? - levantó la cabeza, sus ojos castaños fijos en mí, buscando la trampa psicológica detrás de mi inesperada rendición corporativa - Ayer me siseabas al oído que me harías pagar cada segundo de los últimos cinco años que te obligué a vivir en el infierno. Me trajiste aquí para castigarme, Draven. ¿Por qué me devuelves mis derechos ahora?
Tuve que apretar los puños a los costados para contener el dolor que me provocaba verla tan rota en mi propia mesa, protegiendo con su silencio el santuario de sangre de nuestro bebé perdido en la carretera interestatal. No podía confesarle que Farid había hackeado el hospital militar, no podía revelarle que conocía el misterio de su vientre sin violar nuevamente las pocas fronteras que le quedaban. Tenía que ganarme el derecho a su luto con mi propia sumisión, demostrándole que mi bestia estaba dispuesta a convertirse en piedra antes que volver a causarle un ataque de pánico.
- Porque el infierno en el que vivías tú era mucho más oscuro que el mío, Kyra - respondí, mi voz bajando a un susurro denso, cargado de un luto compartido que se me atoró en la garganta - Fui un monstruo ciego de orgullo cuando entré a tu oficina y te sentí. Te juzgué bajo las leyes de mi corona sin entender que tu cuerpo ya había pagado un precio muy alto por la noche de tu huida. No voy a usar la fuerza de mi estirpe para obligarte a nada en esta cabaña. Te quedas en esta suite porque es el único lugar de las tierras altas donde el Consejo o el padre de Chelsy no pueden ponerte una mano encima, pero esta cama es tuya. Yo dormiré en el despacho contiguo, lo único que te pido es que te alimentes como antes y no con los alimentos procesados que tanto odiabas.