Kyra
La noche en las tierras altas del norte fue eterna, dl silencio de la montaña se filtraba por los ventanales de la suite principal, transformándose en una presencia física, pesada y asfixiante que me impedía conciliar el sueño. Me removí entre las sábanas de la enorme cama King Size, sintiendo el calor de la manta de lana sobre mis hombros pero mi cuerpo se negaba a ceder al letargo.
Muy a mi pesar y con una rabia que me quemaba las entrañas, mi sistema biológico echaba de menos su cercanía. Cinco años atrás, antes de que la traición pulverizara nuestro mundo, mi cuerpo se había acoplado de tal manera a su calor que dormir sin el sordo compás de sus latidos contra mi espalda se sentía como estar a la intemperie en mitad de un páramo congelado. El aroma a ozono e invierno que Draven había dejado impregnado en las almohadas no era suficiente. Mi instinto, ese remanente que la convivencia con su estirpe había grabado en mi memoria celular, reclamaba la presencia física del depredador para aplacar la vigilia.
Me incorporé sobre el colchón a las tres de la mañana. Las brasas de la chimenea se habían extinguido, dejando la habitación sumida en una penumbra gélida. Me deslicé fuera de la cama, pisando el mármol frío con los pies descalzos. Vestía el conjunto de lana gruesa que Farid había dejado en el vestidor. Tomé una de las mantas adicionales de la cama con movimientos lentos y silenciosos.
"Solo voy a revisar que la seguridad del ala privada esté en orden", me mentí a mí misma, intentando acallar la voz de mi orgullo mientras empujaba la puerta que conectaba el dormitorio con el despacho contiguo.
El despacho rústico estaba iluminado únicamente por el resplandor plomizo de la luna del norte que entraba por el ventanal. Al fondo del cuarto, sobre el gran sofá de cuero negro, se encontraba Draven. El Alfa que unas horas antes había doblegado al Consejo de Lobos con su imponente metro noventa parecía extrañamente desarmado en mitad de la noche. Tenía el rostro relajado, despojado de la máscara de piedra con la que se presentaba al mundo
y las sombras de la vigilia marcaban sus facciones con una solemnidad dolorosa.
La cobija de lana que Farid le había dejado había cedido un poco debido a su envergadura física, resbalando por su hombro izquierdo y dejando su pecho ancho al descubierto ante el aire helado de las montañas. Un sutil estremecimiento recorrió sus músculos tensos bajo la playera oscura.
Di tres pasos sutiles sobre el suelo de madera, cuidando de no hacer el menor ruido. Me incliné sobre el sofá, extendiendo la manta que traía en mis manos con una lentitud tortuosa, disponiéndome a arroparlo para combatir el frío inclemente que amenazaba su descanso. No lo hacía por sumisión, lo hacía por ese bendito remanente de humanidad que se negaba a ver sufrir al hombre que alguna vez había sido mi vida entera.
Pero un Alfa nunca duerme por completo, menos cuando su Luna invade su perímetro.
Antes de que pudiera retirar mis dedos de la tela, los ojos grises de Draven se abrieron de golpe en la penumbra. No hubo un proceso de despertar, sus pupilas se fijaron en las mías con una presteza letal. Su mano grande y cálida se disparó desde el cuero con la velocidad de un rayo, atrapándome firmemente por la muñeca derecha.
No me dio tiempo de articular una sola palabra ni de invocar las nuevas condiciones de mi contrato laboral. Con un movimiento rápido, fluido e inmensamente fuerte, Draven tiró de mi muñeca hacia su pecho. Perdí el equilibrio por completo y caí sobre el sofá. En un segundo, su cuerpo se giró en el cuero, atrapándome por completo bajo su envergadura, jalándome hacia él hasta que mi espalda quedó rígidamente pegada contra la firmeza de su pecho ancho.
Su brazo de acero se envolvió alrededor de mi cintura con un agarre implacable que me aprisionó contra su cuerpo, bloqueándome cualquier posibilidad de escape. Su rostro se hundió de forma natural en el hueco de mi cuello y una exhalación pesada, caliente y cargada de un aroma puro a ozono y pino invernal, barrió mi piel, erizándome los vellos de la nuca.
Me quedé completamente congelada entre sus brazos, sintiendo el latido violento y regular de su corazón golpeándome la espalda con la fuerza de un mazo. La tensión psicológica entre nosotros volvió a rozar el erotismo contenido en mitad de la penumbra del despacho. Podía sentir el calor abrasador de sus músculos atravesando la tela de mi conjunto, disolviendo el hielo de mi resistencia con una facilidad humillante.
Odiaba la traición de mi propio sistema biológico, odiaba que estar encerrada contra su pecho fuera el único analgésico capaz de detener el temblor de mis manos tras las pesadillas de la Interestatal. Estaba legalmente liberada de sus cláusulas millonarias a partir de mañana, mis horarios normales estaban restablecidos en el papel sobre la mesa de noche pero en la intimidad de ese sofá desierto, atrapada bajo la guardia de un Alfa que se negaba a soltarme, me di cuenta de que las cadenas más difíciles de romper no estaban redactadas en el idioma de los hombres, sino escritas con la sangre de un lazo que continuaba gobernando mis noches a pesar de todo nuestro dolor.