Draven
El amanecer se filtró por las rendijas del gran ventanal, tiñendo el despacho rústico de una claridad dorada y suave que disolvió las últimas sombras de la noche. Abrí los ojos lentamente, emergiendo de un sueño profundo y reparador como no había tenido en sesenta meses. No necesité activar mis instintos de Alfa para saber por qué mi lobo descansaba en una paz absoluta en el fondo de mi mente, el aroma a jazmín fresco y lluvia primaveral inundaba mis fosas nasales, tan denso y real que me devolvió la cordura de golpe.
Kyra seguía atrapada entre mis brazos.
Su espalda continuaba firmemente acoplada contra mi pecho ancho y mi brazo de acero permanecía envuelto alrededor de su cintura, manteniéndola aprisionada contra mi cuerpo en el estrecho sofá de cuero negro. Se había quedado dormida a mitad de la noche, vencida por el mismo cansancio y el calor que emanaba de mi estirpe. Sentir el sube y baja regular de sus pulmones contra mi antebrazo y notar cómo el temblor generalizado de sus manos finalmente había cedido bajo mi guardia, fue una victoria biológica que me apretó el corazón de pura ternura y luto acumulado.
Incliné la cabeza un milímetro, sumergiendo mi rostro en la seda de su cabello castaño suelto sobre la almohada improvisada. Estaba tan frágil, tan desarmada entre mis garras, que contuve la respiración para no despertarla antes de tiempo. Ayer, en el comedor, me había plantado cara con una frialdad corporativa impecable, dispuesta a usar los celos de Chelsy para comprar su libertad pero en la oscuridad de la madrugada, su propio sistema humano la había traicionado, empujándola a buscar mi calor en este despacho desierto porque su cuerpo muy a su pesar recordaba que mis latidos eran el único analgésico contra sus miedos y pesadillas.
"Falta poco para las ocho de la mañana", calculé mentalmente, observando el reloj de pared de madera bruta.
La resaca emocional de las nuevas condiciones de trabajo que le había impuesto en la cena comenzaría en cuanto ella abriera esos ojos castaños. Le había devuelto sus derechos laborales y había restablecido sus horarios normales de ocho horas y anulado por ahora la penalización millonaria de la cláusula de rescisión. Le había entregado su libertad en el papel sobre la mesa de noche porque mi culpa no me permitía seguir siendo el monstruo impositivo que pisoteara su dolor. Tenía que ganarme el derecho a compartir el secreto de su vientre, tenía que demostrándole con hechos que mi bestia estaba dispuesta a convertirse en piedra antes que volver a causarle otro ataque de pánico.
Kyra soltó un suspiro ahogado en mitad de las mantas y se tensó de golpe, sentí el milisegundo exacto en que su mente conectó con la realidad de la mañana. Su respiración se volvió errática, sus dedos se aferraron a la tela de mi playera oscura y una chispa de puro desconcierto seguida de una rabia gélida e inmensa cruzó su aroma, que se volvió agrio en un parpadeo al registrar que seguía encerrada contra mi pecho.
Aflojé mis garras de acero de inmediato, deslizándome hacia el borde del sofá para darle todo el espacio que sus pulmones necesitaban para respirar, negándome a usar la fuerza de mi estirpe para retenerla un segundo más contra su voluntad. Me puse de pie cuan largo era, recuperando mi imponente metro noventa bajo la luz del amanecer, observando cómo ella se incorporaba a toda prisa, acomodándose el conjunto de lana con dedos temblorosos y una mirada que destellaba puro odio.
Mantuve mi rostro como una máscara de piedra, aunque verla levantar ese muro de hielo de nuevo me estaba destrozando las entrañas. Caminé hacia el gran escritorio de roble, tomé sus equipos que Farid había dejado limpios de interceptaciones y se los deposité en las manos con un respeto absoluto, cuidando de no rozar su piel con mis dedos.
Me di la vuelta y caminé hacia la salida del despacho, dejando que el sutil chasquido del pestillo sellara el inicio de nuestra nueva tregua laboral. Había despertado con mi Luna entre los brazos, saboreando la tregua de la noche pero la guerra psicológica del día apenas comenzaba en el tablero de las industrias Amarok y yo estaba dispuesto a custodiar su espacio civil con mi propia vida, esperando el tiempo que fuera necesario para que el hielo de su corazón se rompiera bajo el peso de mi propia sumisión.