Draven
Las manecillas del reloj digital de pared que colgaba en el comedor inferior avanzaban con una regularidad implacable. Miré de reojo la pantalla. Las tres y cincuenta y nueve de la tarde.
A lo largo de toda la jornada, me había mantenido en la cabecera de la mesa de roble como una estatua de hormigón. Había controlado cada respiración de mi lobo, aplastando los instintos territoriales que me exigían cruzar el espacio, tomar a Kyra por la cintura y apartarla de las miradas cargadas de hostilidad y sospecha con las que Robert y los sirvientes del norte la habían estado vigilando. No intervine más de lo estrictamente necesario. Me limité a ser el escudo invisible que absorbía la presión animal del cuarto para que su mente pudiera desplegar los balances fiscales sin asfixia.
Kyra se encontraba en el extremo opuesto, impecable en su sastre azul marino. Su voz había permanecido nítida, profesional, desprovista de cualquier rastro del quiebre emocional de la madrugada en mi sofá. Había documentado cada ruta, corregido las discrepancias logísticas de los Alfas y demostrado una superioridad intelectual que obligó a los guerreros locales a tragarse su orgullo de lobos viejos.
El segundero dio el último giro. Las cuatro en punto.
Antes de que la vibración de la hora terminara de asentarse en el comedor, Kyra bajó la tapa de su computadora portátil con un golpe sordo, nítido y definitivo. El resplandor azulado de la pantalla se extinguió, cortando la última conexión con el imperio de las industrias Amarok.
Los Alfas del norte se tensaron en sus asientos, parpadeando con absoluta estupefacción. En nuestro mundo, una junta de territorio no termina porque un reloj lo dicte concluye cuando el Alfa lo permite o cuando la sangre se agota en el tablero. Robert abrió la boca para soltar un reproche, indignado ante la osadía de una humana que dejaba una auditoría a medias, pero mi mirada gris se clavó en sus pupilas con una fijeza tan gélida y letal que el hombre se tragó sus palabras, bajando la cabeza de inmediato.
Había firmado un papel anoche sobre la mesa de noche. Le había prometido que sus horarios normales de ocho horas serían sagrados y un Alfa no rompe un tratado de sangre, ni mucho menos uno que proteja la soberanía de su Luna.
Kyra desconectó los cables con dedos rápidos, eficientes y completamente rígidos. Colocó la tableta corporativa en su maletín de sastre y se puso de pie, irguiendo los hombros con una elegancia humana que me caló hasta los huesos. No me miró. No buscó mi aprobación, ni me dedicó una sola de sus palabras de hielo.
Se giró sobre sus talones y caminó hacia la salida del comedor con paso firme. El sutil chasquido de la puerta de madera cerrándose a sus espaldas marcó el inicio de su libertad legal diaria.
Un gemido sordo, espeso y cargado de una frustración salvaje arañó las paredes de mi conciencia. Mi lobo se revolvió en los confines de mi mente, mostrando los dientes, desesperado por el olor a jazmín que comenzaba a desvanecerse en el aire acondicionado del comedor. La bestia no entendía de contratos estándar ni de pausas obligatorias. Exigía ir tras ella, derribar la puerta de su ala privada, encerrarla entre mis brazos y obligarla a admitir que la tregua de la madrugada en mi despacho había sido real y no un sueño como ella pretendía creer.
Verla alejarse con tanta parsimonia, sabiendo que yo mismo le había devuelto las llaves de sus cuentas bancarias, anulado la penalización millonaria y disuelto las cadenas económicas con las que pretendía castigarla, era una tortura psicológica devastadora. Yo había construido la jaula de cristal para obligarla a arrodillarse ante mis recursos y ahora que la jaula estaba abierta, me daba cuenta de que su independencia humana era un arma mucho más letal que cualquiera de mis garras. Me reducía a la nada con su estricta puntualidad corporativa.
Me quedé solo en la inmensidad del comedor de roble, con las carpetas logísticas enfriándose sobre la mesa y la certeza absoluta de que el verdadero cambio en las tierras altas me estaba matando en vida. Había respetado su límite de ocho horas, había blindado su dignidad civil ante mi manada pero la resaca de verla marchar bajo su nueva libertad legal me dejaba de rodillas en mitad de mi propia fortaleza, prisionero de un luto compartido y de un silencio que estaba dispuesto a custodiar con mi propia sangre, aunque el precio fuera verla caminar lejos de mí cada tarde a las cuatro en punto.