Kyra
El silencio de la habitación principal era diferente al del comedor inferior, no tenía la densidad de la testosterona de los lobos ni la hostilidad de sus miradas pero cargaba con un peso sordo que comenzó a asfixiarme en cuanto deslicé el pestillo interior de la suite. Eran las cuatro y diez de la tarde. Tenía mi libertad parcialmente recuperada, un papel firmado que me eximía de deudas millonarias y una computadora apagada dentro de mi maletín de trabajo.
Por primera vez en días, el reloj de las industrias Amarok no dictaba mis movimientos. Podía sentarme, estirar las piernas o simplemente mirar la neblina del norte a través del inmenso ventanal sin que Draven me siseara órdenes de disponibilidad.
Sin embargo, en lugar de alivio, una inquietud punzante y errática comenzó a asentarse en mi estómago.
Caminé hacia el borde de la enorme cama King Size y dejé caer el maletín sobre las mantas oscuras. Mis manos, despojadas de la rigidez profesional con la que había liderado los informes logísticos, volvieron a temblar levemente. La adrenalina de la junta se había evaporado, dejando al descubierto la persistente fragilidad de mi cuerpo tras el colapso de aquella madrugada. Sentía las costillas adoloridas por la tensión de la hiperventilación y una debilidad interna aún, un frío metabólico que el sastre azul marino no lograba combatir.
Me abracé a mí misma, cruzando los brazos sobre el pecho y caminé hacia la cómoda de madera oscura. Allí, intacta bajo el reflejo del espejo, descansaba la pequeña caja metálica gris.
La tomé entre mis brazos, apretándola contra mi vientre con una desesperación biológica que ya no podía camuflar bajo tecnicismos de oficina. Me senté en el suelo de madera, apoyando la espalda contra la base del mueble y escondí la barbilla sobre el hierro frío. El vacío de mi interior ese espacio que el accidente de la Interestatal había dejado desangrado hacía sesenta meses se sentía más grande, más denso y más pesado en mitad de esta cabaña rústica que en mi cubículo gris de la ciudad.
El silencio me obligó a procesar la contradicción de mi situación. Tenía mis derechos civiles y humanos de vuelta, sí. Draven había mantenido su palabra bajo control, había respetado mi puntualidad de las cuatro en punto y había obligado a Robert a bajar la cabeza ante mí. El Alfa implacable que me había acorralado contra la puerta de la presidencia se había transformado en una sombra sutil, reverente y de una solemnidad inquebrantable que no exigía sumisión ni reclamaba mi espacio.
Y esa maldita delicadeza me estaba destruyendo las defensas con más fuerza que cualquiera de sus rugidos.
Muy a mi pesar, mi cuerpo echaba de menos el calor abrasador que emanaba de su pecho ancho cuando me aprisionó en el sofá del despacho a las tres de la mañana. Odiaba la traición de mi memoria aromática, odiaba que el olor a ozono e invierno que flotaba en esta suite fuera lo único capaz de calmar el ritmo errático de mis latidos. Estaba legalmente libre de sus recursos pero psicológicamente seguía encerrada en su santuario de lobos, lidiando con la resaca emocional de un beso que había despertado los recuerdos que yo misma había intentado sepultar bajo balances fiscales por cinco años.
Un crujido sutil en el pasillo exterior me hizo tensar los hombros de inmediato. Aguardé el sonido de sus pasos firmes o el chasquido de la puerta de conexión del despacho contiguo. Esperaba que Draven rompiera la tregua, que inventara una emergencia comercial para entrar a mi cuarto o que me obligara a comer el estofado sano de la manada.
Pero no hubo clics, ni barítonos ásperos, ni auras de dominación invadiendo mi perímetro. Draven estaba cumpliendo su palabra al pie de la letra, manteniéndose al otro lado de la madera, dándome el aislamiento absoluto que mi orgullo le había exigido. Me quedé sola en el suelo de la suite, con la caja gris apretada contra mis costillas y la neblina del norte borrando el horizonte a través del cristal, descubriendo que la libertad que tanto había implorado se sentía como una condena perpetua cuando el luto de tu pasado es el único equipaje que te queda para habitar el vacío.