Cicatrices De Luna. El Retorno Del Alfa

CAPITULO 57

Draven

Las seis de la tarde. El resplandor plomizo del norte comenzaba a desvanecerse tras los ventanales del despacho contiguo, tiñendo las vigas de madera de un azul oscuro y frío. Llevaba dos horas de pie, inmóvil, con la mirada fija en los pinos que se desdibujaban bajo la neblina de la montaña. Tenía una carpeta digital abierta sobre el escritorio pero los gráficos y los balances logísticos del sector norte eran solo simples hilos de luz borrosos ante mis ojos.

Mi mente no estaba en el imperio de las industrias Amarok, mi mente estaba al otro lado de la pared de madera que dividía este despacho de la suite principal.

Mi lobo estaba sumido en una agonía silenciosa, una tortura sistemática que me obligaba a apretar los puños a los costados hasta que los nudillos me crujían bajo la piel. La bestia caminaba en círculos perfectos en el fondo de mi conciencia, con el pelaje erizado, emitiendo un lamento sordo que me hacía vibrar las costillas. Exigía cruzar esa frontera de madera, empujar el pestillo, tomar a Kyra entre mis brazos y comprobar con mis propios ojos si su respiración seguía siendo regular o si el frío del norte había vuelto a detonar el shock de sus pesadillas.

"Respeta su tiempo, Draven. No des un solo paso o la perderas definitivamente", me repetía a mí mismo en un mantra desesperado, aplastando los instintos del depredador.

Le había firmado un papel, le había prometido que sus horarios normales de ocho horas serían sagrados y que las cadenas impositivas de mi corona se disolverían en la mesa de roble. A las cuatro en punto, ella había bajado la tapa de su computadora con una puntualidad civil impecable, retirándose a su ala privada con el traje de sastre azul marino intacto y la barbilla en alto. Había recuperado su libertad legal y laboral y un Alfa no puede pisotear sus propios tratados sin demostrarle a su Luna que su palabra es papel mojado.

Si cruzaba esa puerta ahora, si inventaba una directiva corporativa de emergencia para revisar los informes de aduanas solo para estar cerca de ella, mi sutileza asfixiante se revelaría como lo que ella tanto temía, otra estrategia de dominación psicológica para forzarla a entrar en mi cama. Recordaría al monstruo que compró su empresa y la amenazó con deudas millonarias. Solidificaría el muro de hielo y se alejaría a un lugar de su mente donde mis ojos grises jamás podrían alcanzarla.

Cerré los ojos, concentrando mis sentidos licántropos en el silencio de la cabaña. A través de la madera maciza de la pared, alcancé a percibir el sutil, rítmico y débil eco de sus latidos humanos. No eran los latidos desbocados de la madrugada en mi sofá, se escuchaban lentos, pausados pero cargados de una fatiga tan honda que me revolvió las entrañas de pura culpa.

Sabía perfectamente lo que estaba haciendo al otro lado, estaría sentada en el suelo con el conjunto de lana gris protegiendo su cuerpo y esa maldita caja metálica gris firmemente sujeta contra su cuerpo custodiando en completa soledad el santuario de sangre de nuestro bebé perdido aquella noche.

Una punzada de dolor puro, tan aguda que me obligó a soltar una exhalación pesada, me atravesó el pecho. La ironía de mi victoria política ante el Consejo de Lobos me estaba matando en vida. Tenía los recursos para elevarla al estatus más sagrado de mi estirpe frente a Robert, poseía las actas oficiales que la ataban a mi corona ante las leyes de los hombres y de la luna pero era completamente impotente frente al luto que yo mismo, con mi ceguera y mi arrogancia del pasado, la había obligado a cargar durante sesenta meses.

Me alejé del ventanal con pasos lentos y pesados, regresando al sillón de cuero junto a la chimenea apagada. Me senté en la penumbra, dejando que el frío de las tierras altas se asentara en mis hombros, obligándome a mantener la distancia física exacta que su orgullo humano me exigía a gritos. El Alfa implacable que la había encerrado en su jaula de cristal pasaría el resto de la tarde en el mutismo de este despacho contiguo, doblegado por el peso de su propia sumisión, custodiando la soberanía de una humana que prefería habitar el vacío de su suite antes que admitir que mi cercanía seguía siendo el único analgésico capaz de calmar el temblor de sus manos y darle la paz que tanto ansiaba.




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