Farid
La noche cayó sobre las tierras altas del norte con la brutalidad de un hachazo. Una tormenta de granizo comenzó a golpear los ventanales de la planta inferior de la cabaña, ahogando el susurro del viento entre los pinos. Me encontraba en el centro de comando periférico, observando las pantallas de los radares satelitales, cuando tres luces rojas comenzaron a parpadear de manera errática en el sector del paso de montaña fronterizo.
No necesité una auditoría digital para saber qué significaba aquello. Examiné las frecuencias térmicas y el rastro químico que los repetidores de la manada local captaban en el perímetro, eran lobos. Ejecutores corpulentos que no pertenecían a nuestra estirpe, sino al linaje del padre de Chelsy. La ruptura del compromiso del día anterior y la humillación política ante el Consejo de Lobos habían detonado la respuesta armada que tanto temíamos. Estaban iniciando un sabotaje físico directo contra los camiones de nuestra nueva filial humana corporativa, usándolo como una declaración de guerra abierta contra la corona de Draven.
Tomé la tableta encriptada y subí las escaleras de caracol hacia el ala residencial con pasos rápidos, pesados y decididos. Crucé el pasillo desierto de la cabaña y empujé las puertas dobles del despacho contiguo sin molestarme en usar los protocolos de cortesía corporativa.
El despacho estaba sumido en una penumbra absoluta, iluminado únicamente por los destellos intermitentes del granizo contra el cristal. Draven permanecía sentado en el sillón de cuero junto a la chimenea apagada, con los hombros caídos y la mirada fija en la pared de madera que lo dividía de la suite de Kyra. Su lobo estaba extrañamente contenido, doblegado por el peso de la culpa y la estricta sumisión con la que se había obligado a mantener la distancia física de cuarenta centímetros para respetar el horario de descanso de su humana.
Draven se incorporó lentamente y su imponente metro noventa pareció absorber los destellos de la tormenta. En cuanto sus ojos grises escanearon los gráficos térmicos y los códigos de error de los vehículos civiles, el color gris de sus pupilas fue devorado por un ámbar brillante, salvaje y letal que hizo que el aire del despacho descendiera varios grados en un segundo. La bestia que había permanecido acurrucada por la ternura dolorosa de la madrugada despertó con un rugido contenido que hizo vibrar las vigas de madera del techo.
Draven apretó la mandíbula con tal fuerza que una vena latió con violencia en su sien. Giró la cabeza despacio hacia la madera de la pared, sintiendo a través de las fibras el eco rítmico y débil de los latidos de Kyra, que continuaba durmiendo bajo el calor de la manta de lana, ajena a la violencia armada que avanzaba hacia el claro de la montaña. El Alfa implacable que había construido una jaula de cristal blindada para castigar a su prófuga acababa de descubrir que el verdadero peligro ya no venía de sus garras, sino de las fauces de una estirpe herida que estaba dispuesta a incendiar el sector norte con tal de arrancarle a la humana de su lado antes de que él pudiera tener la oportunidad de ganarse su perdón en el tablero de los hombres.