Cicatrices De Luna. El Retorno Del Alfa

CAPITULO 60

Kyra

El silencio que siguió a la partida de Draven no fue un alivio, era un torbellino de emociones que no lograba controlar, había respondido a su beso no llevada por la pasión del dia anterior había sido un beso sincero y muy a mi pesar anhelado que hasta ese momento no sabía que extrañaba con tanta urgencia pero tampoco podia olvidarme de la sensación que se había instalado en la habitación, era como si una presencia hostil se hubiera quedado en las esquinas de la suite principal. El chasquido metálico y neumático del bloqueo biométrico selló la puerta, dejándome claro que la cabaña se había transformado, por enclavar una alerta militar, en un búnker inexpugnable. Eran las once y veinte de la noche.

Afuera, la tormenta de las tierras altas del norte arreciaba con una violencia salvaje. El granizo golpeaba el ventanal blindado con un estrépito rítmico que recordaba a un tiroteo constante y el viento aullaba entre las faldas de la montaña, haciendo crujir los gruesos troncos de la estructura.

Me bajé de la cama King Size con movimientos lentos, arrastrando el conjunto de lana que Farid me había dejado la noche anterior. El frío de la noche parecía filtrarse por el suelo de mármol a pesar del sistema de calefacción. Caminé hacia la cómoda, tomé la pequeña caja metálica gris entre mis brazos y me senté de nuevo en el centro del colchón, hundiéndome entre las mantas oscuras de Draven. El cofre de hierro se sentía helado contra mi cuerpo, un peso familiar que me servía de ancla en mitad del caos.

Las horas comenzaron a dilatarse en una tortura psicológica insoportable.

Cada crujido de la madera, cada impacto más fuerte del granizo contra el cristal, me hacía tensar los hombros de inmediato, disparando mi pulso humano en un pánico instintivo. Draven había dicho que los camiones de la corporación Nova, las rutas logísticas que mi propia inteligencia había ordenado esa mañana habían sido emboscados por los ejecutores de Chelsy. Una guerra armada de lobos se estaba librando en la frontera, en una carretera oscura idéntica a la Interestatal de mis pesadillas y el Alfa implacable que me había encadenado a su presidencia estaba en el centro del fuego para proteger mi trabajo.

Intenté invocar mi habitual monotonía civil para calmarme. Traté de repetirme que esto era un problema mercantil de las industrias Amarok, una disputa de manada que no figuraba en mis balances de oficina y sobretodo que no era de mi incumbencia pero la armadura de analista independiente no tenía peso en mitad de esta fortaleza a oscuras.

A eso de las tres de la mañana, la tormenta exterior concedió una breve tregua y fue entonces cuando una extraña, persistente y dolorosa inquietud me revolvió el estómago.

Giré la cabeza hacia la puerta de conexión del despacho contiguo. Me deslicé fuera de las sábanas, caminé hacia la madera maciza y apoyé la frente contra las fibras. Concentré mis sentidos humanos, buscando el sutil magnetismo que me había mantenido alerta durante las últimas jornadas.

Pero el despacho estaba vacío.

El aroma puro a ozono, bosque húmedo e invierno de Draven ese rastro químico que se metía en mis pulmones y que muy a mi pesar, era el único analgésico capaz de detener el temblor generalizado de mis manos tras el colapso se estaba desvaneciendo. La corriente de aire acondicionado de la cabaña arrastraba la estela de su presencia, dejando en su lugar el olor neutro a madera vieja y ceniza fría de la chimenea extinguida.

Me quedé sin aire, sintiendo que el vacío de mi interior se expandía en la oscuridad del cuarto. Odiaba la traición de mi memoria aromática, odiaba darme cuenta de que estar verdaderamente aislada de sus cadenas biológicas no me devolvía la paz sino que me dejaba expuesta al pánico de un ataque exterior. Draven había respetado mis límites de ocho horas, había disuelto las cláusulas millonarias y me había entregado el control absoluto del dormitorio, marchándose a la carretera con la promesa de regresar antes del amanecer pero mientras el granizo volvía a golpear los ventanales con fuerza, me abracé al cofre gris en mitad de su cama desierta, descubriendo con rabia que el verdadero peligro en las tierras altas era admitir que el muro de hielo que tanto me había costado construir comenzaba a agrietarse ante el miedo sordo de que la bestia no regresara jamás a reclamar su santuario.




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