Kyra
Las primeras luces de las seis de la mañana se filtraron de manera plomiza a través de los pinos neblinosos, tiñendo el dormitorio de una claridad helada. El granizo de la tormenta finalmente había dado una tregua, reemplazado por un silencio espeso que solo era interrumpido por el eco rítmico de mis propios latidos. Había pasado el resto de la noche en vela, sentada en el centro de la cama con las mantas oscuras envueltas alrededor de mis hombros y la pequeña caja metálica gris firmemente apretada contra mis costillas.
El aroma a ozono e invierno de Draven se había desvanecido casi por completo del despacho contiguo, dejándome expuesta a un vacío biológico que mi orgullo humano odiaba admitir. Mi mente se había quedado sin balances fiscales que teclear para camuflar el miedo sordo que me había carcomido las entrañas durante las últimas seis horas.
Un pitido electrónico agudo rompió el mutismo del cuarto.
El panel de la entrada principal parpadeó y la luz roja del bloqueo biométrico cambió a un verde brillante con un chasquido neumático y seco. La puerta de madera maciza se abrió despacio.
Draven cruzó el umbral, su imponente metro noventa pareció llenar el espacio de inmediato, pero su postura ya no reflejaba la soberbia impositiva con la que dominaba la planta ejecutiva de la ciudad. Su pesada chaqueta de cuero oscuro estaba salpicada de restos de granizo derretido y nieve compacta y el aroma a ozono de su sistema venía fuertemente distorsionado por la estela rancia de la pólvora y el rastro químico de la sangre de los lobos. Se veía exhausto, con las facciones marcadas por las sombras de una vigilia brutal.
Se detuvo a dos metros del colchón, manteniendo esa distancia exacta que sus promesas de la cena le exigían para respetar mi espacio civil. Sus ojos grises, desprovistos por completo del ámbar salvaje de la bestia, se clavaron en mi rostro con una solemnidad tan honda que me caló hasta los huesos.
Mantuve la caja gris apretada contra mi pecho, obligando a mis labios a sostener esa monotonía de oficina que usaba como escudo, aunque el temblor generalizado de mis manos delataba mi conmoción.
Draven ensanchó sus labios en una mueca amarga, pero antes de que pudiera dar la vuelta para regresar al despacho contiguo, su cuerpo sufrió un milimétrico balanceo hacia la izquierda. Sus dedos grandes se aferraron al marco de la puerta con una fuerza desmedida y un suspiro ahogado, un quejido espeso que intentó tragarse en el fondo de su garganta, escapó de sus labios de piedra.
Un destello de color rojo oscuro comenzó a filtrarse a través de la costura lateral de su camisa blanca, justo debajo de la chaqueta de cuero negro. El aroma a jazmín de mi piel se agitó de golpe al registrar el rastro químico de su propia sangre. Una herida oculta del combate, un desgarro profundo provocado por las garras de los atacantes que él había intentado camuflar para no activar mi pánico civil.
La distancia psicológica que nos había dividido durante las últimas horas se pulverizó por completo en mitad de la penumbra.
Solté la caja por primera vez en toda la noche, dejándola caer sobre las mantas oscuras, y me deslicé fuera de la cama. Mis pies descalzos pisaron el mármol frío del suelo pero mi cuerpo reaccionó antes de que mi orgullo pudiera interponer un nuevo límite legal. Crucé el espacio desierto de la habitación con pasos rápidos y desesperados, deteniéndome a escasos centímetros de su pecho ancho.
Extendí mis manos temblorosas y abrí los botones frontales de su chaqueta de cuero, apartando la prenda con una presteza que me causó una humillación interna, pero que mi necesidad de protegerlo me obligó a ejecutar. La tela de su camisa blanca estaba empapada en sangre caliente y humeante, revelando tres marcas de garras salvajes que surcaban sus costillas.
Draven no usó su voz de mando para alejarme, ni se mofó de mi repentina sumisión temporal. Se limitó a inclinar su rostro hacia el mío en mitad de la claridad dorada de la mañana, dejando que su respiración pesada rozara mi mejilla, envolviéndome en un abrazo invisible de ozono e invierno que disolvió las últimas defensas de mi resistencia. Su mano grande se posó suavemente sobre mis dedos fríos que intentaban presionar la tela para detener la hemorragia, deteniendo el movimiento con una delicadeza reverente que me destrozó el alma.
Miré sus ojos grises, fijos en los míos con un dolor compartido y un respeto absoluto que ponían en jaque todos mis balances fiscales. El Alfa implacable que me había encerrado en su jaula de cristal para castigarme estaba desangrándose frente a mí por haber blindado mi dignidad ante su propio mundo y ver su debilidad biológica expuesta ante mi me causaba una confusión tan profunda que mi mente independiente se quedaba sin recursos para justificar el hielo de mi desprecio, obligándome a asimilar que la verdadera guerra en las tierras altas apenas comenzaba bajo el influjo de una entrega de la que ya no había retorno posible.