Draven
La luz fría de las seis de la mañana rebotaba contra los azulejos de piedra volcánica del baño, creando una atmósfera de penumbra blanca que cortaba la respiración. Me encontraba sentado en el borde de la gran tina de mármol, con la espalda encorvada y los brazos apoyados en las rodillas. Me había despojado de la chaqueta de cuero ensangrentada y de la camisa blanca destrozada. Mi pecho ancho subía y bajaba en exhalaciones pesadas, rítmicas, mientras mi lobo saboreaba una extraña y dolorosa mezcla de agonía física y saciedad absoluta.
Frente a mí, arrodillada en el suelo de piedra helada, estaba Kyra.
Había dejado su tableta y su maletín en la cama. Sus manos esas manos delgadas y pálidas que durante dos días habían tecleado balances con una frialdad corporativa impecable, sostenían ahora una gasa empapada en antiséptico y un cuenco de agua tibia. Kos mechones de su cabello castaño caían sueltos sobre sus hombros, rozando el punto de lana fina de su conjunto gris tormentoso cada vez que se inclinaba hacia mi costado.
El silencio entre los dos era una masa densa, un vacío saturado por el rastro químico del ozono de mi sangre y el sutil perfume a jazmín de su piel, que se agitaba con fuerza debido a sus latidos desbocados.
Kyra presionó la gasa húmeda directamente sobre las tres marcas de garras que surcaban mis costillas izquierdas. El desgarro era profundo, un recuerdo letal de la fuerza del ejecutor de Chelsy en el paso de montaña. Un sutil estremecimiento recorrió mis músculos tensos y mi mandíbula se apretó tanto que los dientes me chocaron, pero no emití un solo gruñido, mi lobo permanecía completamente doblegado, entregado a la tortura deliberada de su tacto, prefiriendo el dolor de su curación antes que la distancia física de las últimas horas.
La intimidad forzada del espacio redujo nuestro universo a la nada. Kyra trabajaba con una lentitud tortuosa, limpiando los hilos de sangre humeante con movimientos eficientes pero de una delicadeza reverente que me caló hasta los huesos. Su respiración caliente me golpeaba de frente la piel del abdomen con cada una de sus bocanadas cortas, erizándome los vellos del pecho. Estaba tan cerca que podía registrar el milimétrico parpadeo de sus pestañas mojadas y la rigidez de sus hombros que delataban la batalla psicológica que libraba internamente por haberse saltado sus propios límites.
Una sonrisa amarga y ladina se dibujó en mis labios, aunque mis ojos grises continuaron fijos en la línea de su mandíbula.
Kyra se congeló en seco. Sus dedos se quedaron suspendidos sobre mi piel herida y levantó la cabeza despacio, clavando sus ojos castaños en los míos. El resplandor dorado de la mañana que entraba por el tragaluz iluminó el shock absoluto en sus pupilas. Buscó la trampa, el veneno corporativo, la justificación impositiva que le devolviera el derecho de odiarme pero no encontró garras. Solo se topó con un Alfa desarmado, desangrándose en el borde de una tina, ofreciéndole su propia sumisión biológica como una disculpa silenciosa por el infierno de los últimos cinco años.
La distancia se disolvió por completo. Extendí mi mano grande y cálida, cuidando que mis movimientos no activaran su pánico y tomé sus dedos fríos, forzándola a soltar la gasa. Los entrelacé con los míos directamente sobre la firmeza de mis costillas sanas, obligándola a sentir el calor abrasador de mi estirpe y el latido violento de mi corazón contra su palma.
Kyra tragó saliva y vi cómo una lágrima de pura frustración y cansancio acumulado resbaló por su mejilla pálida, cayendo sobre nuestra unión de manos. El hielo de su desprecio continuaba allí pero la grieta de verse completamente acorralada por mi inesperada y asfixiante delicadeza la dejó sin argumentos para defenderse. Estábamos jugando bajo las reglas más puras y destructivas de una entrega mutua en mitad de las tierras altas y la certeza de que mi herida oculta había quebrado sus defensas para siempre flotó entre los dos como el inicio de una tregua de la que ya ninguna ley de los hombres podría salvarnos.