Cicatrices De Luna. El Retorno Del Alfa

CAPITULO 63

Draven

La luz fría de las seis de la mañana rebotaba contra los azulejos de piedra volcánica del baño, creando una atmósfera de penumbra blanca que cortaba la respiración. Me encontraba sentado en el borde de la gran tina de mármol, con la espalda encorvada y los brazos apoyados en las rodillas. Me había despojado de la chaqueta de cuero ensangrentada y de la camisa blanca destrozada. Mi pecho ancho subía y bajaba en exhalaciones pesadas, rítmicas, mientras mi lobo saboreaba una extraña y dolorosa mezcla de agonía física y saciedad absoluta.

Frente a mí, arrodillada en el suelo de piedra helada, estaba Kyra.

Había dejado su tableta y su maletín en la cama. Sus manos esas manos delgadas y pálidas que durante dos días habían tecleado balances con una frialdad corporativa impecable, sostenían ahora una gasa empapada en antiséptico y un cuenco de agua tibia. Kos mechones de su cabello castaño caían sueltos sobre sus hombros, rozando el punto de lana fina de su conjunto gris tormentoso cada vez que se inclinaba hacia mi costado.

El silencio entre los dos era una masa densa, un vacío saturado por el rastro químico del ozono de mi sangre y el sutil perfume a jazmín de su piel, que se agitaba con fuerza debido a sus latidos desbocados.

  • Esto va a arder, Draven - dijo ella. Su voz no usó la monotonía de oficina con el que me había expulsado del cuarto minutos antes. Sonó limpia, viva, desprovista de escudos civiles.
  • Hazlo - respondí, mi barítono saliendo en un susurro ronco que raspó las paredes del baño.

Kyra presionó la gasa húmeda directamente sobre las tres marcas de garras que surcaban mis costillas izquierdas. El desgarro era profundo, un recuerdo letal de la fuerza del ejecutor de Chelsy en el paso de montaña. Un sutil estremecimiento recorrió mis músculos tensos y mi mandíbula se apretó tanto que los dientes me chocaron, pero no emití un solo gruñido, mi lobo permanecía completamente doblegado, entregado a la tortura deliberada de su tacto, prefiriendo el dolor de su curación antes que la distancia física de las últimas horas.

La intimidad forzada del espacio redujo nuestro universo a la nada. Kyra trabajaba con una lentitud tortuosa, limpiando los hilos de sangre humeante con movimientos eficientes pero de una delicadeza reverente que me caló hasta los huesos. Su respiración caliente me golpeaba de frente la piel del abdomen con cada una de sus bocanadas cortas, erizándome los vellos del pecho. Estaba tan cerca que podía registrar el milimétrico parpadeo de sus pestañas mojadas y la rigidez de sus hombros que delataban la batalla psicológica que libraba internamente por haberse saltado sus propios límites.

  • ¿Por qué fuiste tú, Draven? - preguntó de pronto, sin levantar la vista de la herida, sus dedos presionando con suavidad el borde del desgarro - Tienes un ejército entero de ejecutores. Farid estaba en la línea de seguridad podías haberte quedado en el búnker inferior controlando los radares de la empresa corporativa, como un verdadero Director General. No tenías que mancharte las manos en la carretera por unos camiones civiles.

Una sonrisa amarga y ladina se dibujó en mis labios, aunque mis ojos grises continuaron fijos en la línea de su mandíbula.

  • Esos camiones no son simples activos de las industrias Amarok, Kyra - le siseé, bajando el tono hasta un registro peligrosamente suave que vibró en el espacio cerrado del baño - Llevaban el orden logístico que tu propia inteligencia organizó en la mesa de roble esta mañana. Eran tus balances, tu fuerza de trabajo. El padre de Chelsy pensó que porque rompí el compromiso político ante el Consejo de Lobos, podía pisotear las directivas de mi Luna en mi propio territorio. No iba a permitir que destruyeran la única estructura que te mantiene con la cabeza en alto frente a mis guerreros.

Kyra se congeló en seco. Sus dedos se quedaron suspendidos sobre mi piel herida y levantó la cabeza despacio, clavando sus ojos castaños en los míos. El resplandor dorado de la mañana que entraba por el tragaluz iluminó el shock absoluto en sus pupilas. Buscó la trampa, el veneno corporativo, la justificación impositiva que le devolviera el derecho de odiarme pero no encontró garras. Solo se topó con un Alfa desarmado, desangrándose en el borde de una tina, ofreciéndole su propia sumisión biológica como una disculpa silenciosa por el infierno de los últimos cinco años.

La distancia se disolvió por completo. Extendí mi mano grande y cálida, cuidando que mis movimientos no activaran su pánico y tomé sus dedos fríos, forzándola a soltar la gasa. Los entrelacé con los míos directamente sobre la firmeza de mis costillas sanas, obligándola a sentir el calor abrasador de mi estirpe y el latido violento de mi corazón contra su palma.

  • Puedes usar tus contratos y tus horarios de oficina como un muro ante el personal, Luna - le susurré, mi rostro inclinándose hacia el suyo hasta que nuestros alientos se mezclaron en la penumbra blanca - Puedes repetirme cada tarde a las cuatro que tu tiempo no me pertenece pero tu cuerpo sigue respondiendo al mío en mitad de la noche y tus manos acaban de cruzar el pasillo para salvarme la vida. No hay un "señor Amarok" en este baño solo estamos el hombre que destruyó tu mundo por orgullo... y la única reina que tiene la llave para reconstruir mis cenizas. Deja de pelear contra la luna.

Kyra tragó saliva y vi cómo una lágrima de pura frustración y cansancio acumulado resbaló por su mejilla pálida, cayendo sobre nuestra unión de manos. El hielo de su desprecio continuaba allí pero la grieta de verse completamente acorralada por mi inesperada y asfixiante delicadeza la dejó sin argumentos para defenderse. Estábamos jugando bajo las reglas más puras y destructivas de una entrega mutua en mitad de las tierras altas y la certeza de que mi herida oculta había quebrado sus defensas para siempre flotó entre los dos como el inicio de una tregua de la que ya ninguna ley de los hombres podría salvarnos.




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