Kyra
Las palabras de Draven quedaron flotando en el aire húmedo del baño, densas y pesadas como la neblina que borraba los pinos del norte a través del tragaluz. Su mano grande, caliente y tosca seguía entrelazada con la mía, obligando a mi palma humana a registrar la violencia de sus latidos contra sus costillas sanas. Sentir su piel abrasadora, la sumisión absoluta de su voz y el rastro de su propia sangre humeante entre nuestros dedos provocó un sismo silencioso en mi interior.
De pronto, el suelo de piedra volcánica pareció ceder bajo mis rodillas descalzas.
Por primera vez en días enteros de asedio psicológico, apareció la primera fisura real sobre el muro que tanto esfuerzo me había costado alzar entre los dos. No fue una grieta provocada por sus amenazas millonarias, ni por las cláusulas abusivas de la corporación Nova, ni por su imponente aura de Alfa. Fue el peso devastador de su sutileza. El descubrir que el monstruo impositivo que me había encadenado a su presidencia en la ciudad se había desangrado en mitad de una carretera congelada solo para proteger el orden logístico que mi inteligencia de civil había diseñado.
El hielo de mi desprecio, ese escudo gélido con el que pretendía defenderme de sus garras las veinticuatro horas del día, comenzó a fracturarse desde la raíz, dejando al descubierto el dolor vivo y latente de mi pasado.
Una tentación salvaje, aguda y punzante me atenazó la garganta. Miré sus ojos grises en la penumbra blanca del baño, tan fijos, opacos por un luto que yo creía solo mío y estuve a un milisegundo de romper mi absoluto y gélido silencio. Quería abrir la boca, despojarme de la máscara de analista y escupirle la única pregunta que me había carcomido el alma durante sesenta meses de destierro.
"¿Quién era ella, Draven? ¿Quién era la mujer por la que pulverizaste nuestra eternidad frente a la luna? ¿Quién era la loba que tenías en tus brazos en la cabaña mientras yo cargaba con el secreto de nuestro hijo en el vientre?".
El nombre de la mujer de hace cinco años bailó en la punta de mi lengua, listo para ser arrojado como un puñal de plata que destruyera sus justificaciones y lo obligara a mirar el verdadero origen de mi huida. Quería saber si su traición había valido el accidente automovilístico, la ambulancia y el vacío definitivo con el que desperté en aquella camilla barata.
Pero el instinto de supervivencia de mi mente se activó en el último suspiro, frenando el impulso justo antes de que el aire abandonara mis pulmones.
Cerré los labios con fuerza, tragándome el nudo de lágrimas y rabia que amenazaba con desbordarse. No. Decidí callar. Si le preguntaba por esa noche, si le exigía cuentas sobre la infidelidad que lo había iniciado todo, estaría admitiendo que su traición seguía importándome. Estaría confesando que el lazo de compañeros de alma seguía sangrando bajo mi piel y que el Alfa Amarok continuaba teniendo el poder de destrozarme los últimos pedazos del alma con una sola respuesta. Sabía perfectamente que el luto de mi bebé era el único territorio soberano que su imperio jamás podría comprar ni gobernar y entregárselo en este baño sería claudicar por completo ante su asfixiante delicadeza.
Retiré mis dedos de los suyos con un movimiento lento, tortuoso y deliberado, rompiendo el contacto físico y la corriente de electricidad que nos envolvía. Me puse de pie sobre el mármol frío, enderezando los hombros y recuperando mi habitual rigidez de sastre. Tomé una toalla limpia de las repisas y la dejé caer sobre su regazo con una cortesía estrictamente profesional.
Me di la vuelta y salí del baño sin mirar atrás, arrastrandome hacia la suite desierta. La primera fisura real se había quedado grabada en la piedra volcánica del cuarto pero mientras cerraba la puerta a mis espaldas y me preparaba para ponerme la máscara de oficina una vez más, sentí que la verdadera batalla en las tierras altas del norte se estaba librando en los confines de mi propio silencio, donde el secreto de nuestro hijo continuaba resguardado bajo tierra, ganando la tregua del amanecer a costa de mi propia cordura.