Draven
El sonido de la puerta del baño al cerrarse dejó tras de sí un vacío sordo que golpeó las paredes de piedra. Me quedé inmóvil en el borde de la tina de mármol, con la toalla limpia que ella había dejado sobre mi regazo y el torso desnudo expuesto al aire helado de la mañana. Mis costillas izquierdas seguían ardiendo por el antiséptico, pero ese dolor físico no era nada comparado con el sismo que acababa de sacudirme el pecho.
A mi alrededor, el ambiente continuaba impregnado con la estela de su aroma a jazmín fresco. Una esencia que por unos breves segundos, se había vuelto densa, viva y desesperada.
Mi lobo no estaba dormido, estaba pegado a la superficie de mi conciencia, con las pupilas fijas en la madera por la que ella acababa de desaparecer. La bestia respiraba con pesadez, emitiendo un zumbido sordo que me hacía vibrar los dientes. No era la frustración de verla levantar el muro de sastre otra vez a las siete de la mañana. Era algo mucho más profundo, un instinto puramente animal que nos había erizado el pelaje cuando sus dedos humanos se congelaron sobre mis costillas heridas.
Ella estuvo a punto de hablar.
La agudeza de mis sentidos licántropos no me había traicionado. Había registrado el milimétrico parpadeo de sus pupilas castañas, la forma en que sus labios se entreabrieron en mitad de la penumbra blanca y el cambio drástico en su rastro químico. Durante un suspiro suspendido sobre el cuenco de agua tibia, la analista fría de la corporación Nova desapareció. Kyra estuvo a punto de romper su absoluto y gélido silencio para arrojarme una verdad, una acusación o una pregunta que se le había quedado atascada en la garganta durante sesenta meses de destierro.
Y luego, de manera abrupta, la vi tragarse el nudo. Vi cómo sus facciones se congelaban y cómo el hielo de su desprecio volvía a sepultar la chispa de fuego que acababa de asomarse.
Mi lobo dio una vuelta en círculos en mi mente, gimiendo de pura impotencia, rascando las paredes de mi cordura. Su instinto animal, ese radar atávico que entiende de la sangre y de la luna mucho más que mi lógica corporativa, acababa de registrar una anomalía devastadora. El lobo intuía con una certeza absoluta que lo que Kyra se había callado en este baño, lo que había decidido resguardar bajo tierra en el último segundo, era el verdadero origen de su huida.
No había sido un simple berrinche por una discusión de manada. No había sido la asfixia de mis cadenas de Alfa. Había algo más. Un detonante oscuro, un secreto de sangre que la había empujado a esa carretera congelada en mitad de la tormenta hace cinco años. La sospecha de Farid sobre el hospital militar y el misterio de su vientre vacío eran solo las consecuencias físicas de una tragedia que Kyra consideraba que no me incumbía. Ella custodiaba una herida de muerte y el hecho de que prefiriera convertirse en piedra antes que pedirme cuentas me confirmaba que yo, en mi ceguera y mi arrogancia del pasado, era el único culpable de su mutismo.
Me puse de pie lentamente, ignorando el pinchazo agudo en mis costillas izquierdas y me acerqué al gran espejo. Al mirar mi propio reflejo, vi unos ojos grises opacos, cansados, desprovistos de la soberbia impositiva con la que había comprado su empresa en la ciudad. El Alfa implacable que la había encadenado con un contrato blindado acababa de convertirse en el prisionero más desahuciado de su propia fortaleza.
Kyra había regresado a la suite a ponerse la armadura azul marino de su jornada de ocho horas, retirándose con una cortesía estrictamente profesional que me reducía a la nada. Ella pensaba que su silencio la mantenía libre de mi control pero la primera fisura real ya se había quedado grabada en el mármol del baño. Sabía perfectamente que no podía forzar la entrada a su santuario de dolor, tenía que ganarme el derecho a sus respuestas con mi propia sumisión, demostrándole a mi manada del norte que estaba dispuesto a custodiar sus límites civiles hasta que el hielo de su corazón se rompiera bajo el peso de mi luto compartido.
La junta de las ocho de la mañana estaba por comenzar en el comedor inferior, las armas logísticas del imperio Amarok debían reorganizarse tras la carnicería del paso de montaña pero el depredador caminaba hacia el vestidor con la certeza absoluta de que la verdadera guerra en las tierras altas se ganaría el día en que la humana decidiera dejar de callar.