Kyra
La noche se extendió sobre las tierras altas con la pesadez de una fosa común. El silencio en la suite principal de la cabaña era absoluto, roto únicamente por el crujido ocasional de los troncos que se enfriaban bajo el granizo que golpeaba el cristal.
Pasé las horas sentada en el borde de la enorme cama King Size, con las piernas encogidas contra el pecho y la pequeña caja metálica gris firmemente sujeta entre mis brazos. El aroma a ozono e invierno de Draven, mezclado con el rastro denso y dulce de la sangre fresca que había detectado en la junta continuaba flotando en el ambiente, pero el despacho contiguo permaneció sumido en una penumbra muerta.
No hubo clics en la puerta, no hubo barítonos ásperos interrumpiendo mi espacio, ni sombras de metro noventa exigiéndome sumisión de veinticuatro horas. El Alfa que se había desangrado en mitad de la interestatal por proteger mis balances fiscales había cumplido su palabra de mantener la distancia física al pie de la letra. Desapareció por completo en los confines de su propia fortaleza, dejándome sola con la resaca emocional de haber actuado como su escudo humano frente a Robert.
A las ocho en punto de la mañana siguiente, me encontraba de pie en el comedor inferior. Vestía mi sastre, la blusa blanca perfectamente abotonada y mi tableta corporativa encendida sobre la mesa de roble. Mi armadura estaba intacta en el papel y mi horario de ocho horas estrictas acababa de comenzar a correr pero el asiento principal en la cabecera de la mesa estaba vacío.
La taza de porcelana con el café negro cargado que Draven solía tomar a primera hora no estaba dispuesta sobre la madera. En su lugar, Farid permanecía de pie junto al ventanal, con los brazos cruzados a la espalda y su impecable traje oscuro impecablemente planchado, portando su habitual semblante de absoluta neutralidad corporativa.
Farid no se movió hacia el intercomunicador. Dio dos pasos lentos hacia la mesa de roble, deteniéndose a una distancia estrictamente profesional y me barrió con una mirada fija que carecía de la sumisión política del día anterior.
Se me congeló la sangre en las venas por un milisegundo. La imagen de Draven balanceándose hacia la izquierda junto al marco de la puerta de la suite, con la costura lateral de su camisa blanca humedeciéndose de rojo bajo el saco gris, regresó a mi mente con la fuerza de un impacto físico. Su herida oculta del combate de la frontera no estaba cerrándose, su sistema de regeneración biológica estaba colapsando bajo el peso de nuestro lazo agrietado y aun así, Farid me estaba diciendo con una tranquilidad de piedra que el hombre se había marchado a la carretera.
Farid ensanchó sus labios en una mueca gélida pero sus ojos oscuros se clavaron en las manos con las que yo apretaba el borde de mi tableta, registrando el milimétrico temblor generalizado que delataba mi conmoción humana.
Farid dio un paso más, invadiendo sutilmente mi perímetro y la presión de su aura me dificultó respirar.
Farid se giró sobre sus talones oscuros y salió del comedor inferior, dejando que el chasquido del pestillo de la puerta de roble sellara el inicio de mi primera jornada sin la asfixia de sus garras. Me quedé mirando el monitor parpadear en mitad de la penumbra de la cabaña, con la computadora abierta y el asiento de la cabecera vacío, descubriendo con una rabia punzante que el muro de hielo que tanto me había costado alzar comenzaba a temblar frente a la extraña, densa y dolorosa inquietud de notar que el aroma a ozono del Alfa se había desvanecido por completo de mi jaula corporativa, dejándome sola con un silencio que se sentía como la peor de mis condenas.