Draven
El aire en la cima de la montaña de los Antiguos no pertenecía al mundo civil de los hombres. Era una ráfaga helada, pura y rústica que golpeaba las rocas volcánicas con la fuerza de un titán, arrastrando partículas de escarcha que se me clavaban en la piel desnuda del torso. Había dejado la camioneta todoterreno tres kilómetros abajo, en el límite donde los árboles de pino negro cedían ante el abismo de piedra gris. Subí el resto del sendero sagrado a pie, bajo la claridad plomiza de la madrugada, arrastrando un cuerpo que se sentía más pesado que la montaña misma.
Me dejé caer de rodillas en el centro del Círculo de Sangre, un altar ancestral de basalto desgastado por los siglos.
El dolor en mis costillas izquierdas estalló de inmediato, una punzada ardiente que me nubló la vista por un segundo. Me arranqué las vendas de lino de compresión que Farid me había ceñido con rigidez la tarde anterior. Al caer las telas ensangrentadas sobre la piedra, las tres marcas de garras del ejecutor de Chelsy quedaron expuestas al viento del norte. Los bordes estaban negros, necrosados por la plata, y la pasta de ceniza de pino ya no alcanzaba a contener el flujo espeso y caliente de mi sangre de Alfa.
Mi sistema de regeneración biológica estaba apagado. Mi corona financiera y de manada pendía de un hilo de cristal.
Para cualquier líder de mi estirpe, un desgarro de este calibre se habría cerrado en un parpadeo pero mi lobo interno se negaba a sanar. Permanecía acurrucado en los confines más oscuros de mi conciencia, con el pelaje erizado y las orejas gachas, emitiendo un lamento sordo que me hacía vibrar las costillas de pura debilidad. El rechazo sistemático de Kyra en la cabaña rústica, su insistencia en bajar la tapa de su computadora a las cuatro en punto para recordarme los límites de su contrato laboral y el hielo de su desprecio estaban colapsando mis defensas biológicas desde la raíz. La bestia estaba desahuciada porque la mujer que portaba el título real de Luna prefería convertirse en piedra antes que permitirme compartir su luto.
¿Por qué huiste esa noche, Luna?, le pregunté al vacío del abismo, mi voz saliendo en un barítono ronco, quebrado por la fiebre.
Apoyé las palmas de mis manos sobre el basalto frío, inclinando la cabeza hasta que mi frente rozó la piedra sagrada. Al cerrar los ojos, la niebla del norte se disolvió en mi mente, arrojándome al abismo del expediente que Farid había desencriptado de los servidores militares humanos. Volví a ver las líneas en rojo vivo el desgarro uterino por el impacto del cinturón de seguridad, la hemorragia masiva en la ambulancia militar y el diagnóstico del cirujano que me había destrozado el alma en el jet.
Embarazada. Seis semanas.
Un hijo nuestro. Una vida que debió ser el heredero de la dinastía Amarok, el fruto de cada promesa que le hice frente a la luna, se había quedado en una camilla barata de un hospital de urgencias federal mientras yo pasaba los meses emborrachándome de soberbia en la ciudad, maldiciendo su nombre y acusándola de cobardía. La culpa se filtró en mis venas como el peor de los venenos, quemándome los canales de energía. Yo la había traído aquí para castigarla por su abandono, la había coaccionado con una penalización millonaria y obligado a mudarse a mi propia cama solo para saciar mi orgullo herido y mientras yo jugaba a los tiburones financieros, ella cargaba sola con el luto de la perdida de nuestro hijo.
Mi lobo soltó un aullido sordo hacia el cielo plomizo, un lamento atávico que hizo vibrar el aire cerrado de la cima. No era un grito de dominación, era el llanto desarmado de un Alfa que acababa de descubrir que su propia ignorancia había completado la destrucción de su Luna. Me daba cuenta de que si ella descubría que yo sabía el secreto de su accidente, solidificaría su muro y se marcharía a un lugar donde mis ojos grises jamás podrían alcanzarla. Ella se aferraba a la pequeña caja metálica gris porque ese cofre de chatarra era el único territorio donde mi imperio no podía pisotearle la soberanía.
Me quedé tumbado sobre el basalto del altar ancestral, respirando con una lentitud agónica mientras la sangre seguía goteando sobre los hilos de plata de la piedra volcánica. Había salido de la fortaleza a primera hora de la madrugada para evitar que Robert u otros líderes del norte olerán mi debilidad y desataran una revuelta armada por el control de la costa este. Estaba protegiendo su espacio con mi propia distancia, dándole las ocho horas estándar que su orgullo exigía, solo en mitad de la cima de la montaña, custodiando un luto compartido que me estaba matando en vida bajo el influjo de un silencio del que ya ninguna ley de los hombres podría salvarnos.