Cicatrices De Luna. El Retorno Del Alfa

CAPITULO 70

Kyra

La junta de las ocho de la mañana se convirtió en un desierto de horas muertas.

Ocupaba mi lugar habitual en el extremo de la mesa de roble, con la computadora portátil encendida y los gráficos de barras de las aduanas costeras parpadeando en la pantalla. El sastre azul marino seguía perfectamente ajustado a mis hombros y mi moño profesional no dejaba escapar un solo mechón de cabello. En el papel, mi armadura civil estaba intacta, mi jornada estándar de ocho horas corría de manera estricta y técnicamente, había recuperado mi libertad legal de las garras de las industrias Amarok.

Pero la cabecera de la mesa continuaba vacía. Las nueve de la mañana, kas diez, las once. El tiempo avanzaba con una regularidad implacable mientras Robert y los otros tres Alfas del norte leían las minutas de transporte con un desgano que delataba la absoluta falta de una autoridad de Alfa en el comedor inferior. Los sirvientes y el personal de la manada se desplazaban por la penumbra del fondo como sombras, barriéndome con miradas de sospecha y murmullos en un registro bajo. Para ellos, la ausencia de Draven era mi culpa, me veían como la humana advenediza de la ciudad que había usado sus balances de oficina para desestabilizar la corona de su líder y obligarlo a marchar a la carretera en mitad de una alerta de seguridad.

Intente concentrarme en procesar los datos, pero mi mente se negaba a acatar las directivas de las pantallas corporativas. Una náusea violenta y un frío metabólico que no nacía de la tormenta exterior comenzaron a asentarse en mi estómago

La imagen de Draven en el baño regresaba a mi mente con la fuerza de un impacto físico. Recordé el balanceo milimétrico de su cuerpo hacia la izquierda, sus dedos grandes aferrándose al mármol de la tina con una rigidez de piedra y el desgarro de las tres marcas de garras supurando sangre fresca bajo su camisa blanca. Su sistema de regeneración biológica estaba colapsando y su lobo interno se negaba a sanar porque el rechazo de nuestro lazo lo estaba consumiendo desde la raíz y aun así, el hombre se había retirado a las montañas más altas solo para cumplir su promesa de mantener la distancia física y darme las ocho horas estándar que mi orgullo le exigía

Una culpa densa, aguda y sumamente punzante comenzó a ensanchar la primera fisura real que se había grabado en el mármol del baño.

Odiaba mi fragilidad biológica, odiaba darme cuenta de que el muro de hielo con el que pretendía defenderme de sus garras se estaba desmoronando debido a su asfixiante delicadeza, Draven había arriesgado su propia vida en el paso de montaña para blindar mis gráficos de oficina y defender mi soberanía frente a Robert. Se había ido a los bosques sagrados de los antiguos a desangrarse en silencio, cubierto de vendajes de restricción de plata, para evitar que su debilidad biológica desatara una revuelta armada por el control de la costa este. Había usado mi formalidad laboral como un arma de castigo diario y ahora que la cabecera estaba vacía, el silencio del despacho contiguo se sentía como la peor de mis condenas.

  • La junta del sector norte se suspende por el día de hoy - anuncié de golpe, mi voz saliendo en una línea gélida que cortó el murmullo de los líderes locales.

Baje la tapa de mi computadora portátil con un golpe sordo, nítido y definitivo, mucho antes de que el reloj marcara las cuatro de la tarde. Robert parpadeó, visiblemente desconcertado por mi repentina directiva pero no emitió ningún reproche, tomó sus documentos y salió del comedor inferior junto a los guardias, deseoso de escapar de la densidad de la atmósfera.

Me quedé sola en mitad de la inmensidad de la mesa de roble, con el maletín entre mis dedos fríos y el monitor apagado, asimilando que la verdadera guerra en las tierras altas ya no se libraba en las pantallas de Nova.

Había recuperado mis derechos de civil en los papeles, mis deudas millonarias estaban anuladas pero la resaca emocional de saber que el Alfa se estaba muriendo en la cima de aquella montaña por custodiar mis fronteras me dejaba completamente desarmada. Apreté los puños con fuerza, sintiendo que el hielo de mi corazón se solidificaba de una manera nueva, ya no era por desprecio hacia sus garras, sino por el pánico biológico de darme cuenta de que mi silencio compartido estaba a punto de costarle la vida al único monstruo que seguía dispuesto a convertirse en piedra antes que dejarme caer en el abismo.




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