Cicatrices de Oro

Prólogo: La caza

[Un año después]

LA CHICA CORRÍA.

Tenía el corazón desbocado por el esfuerzo; sentía cada latido retumbando en sus sienes, acompañado de una respiración agitada y dificultosa. La adrenalina le quemaba las venas. Estaba cansada, abrumada y, sobre todo, perdida. Las lágrimas caían a raudales por sus mejillas, mezclándose con el sudor de su frente. No tenía fuerzas, pero debía seguir; ya no podía detenerse. Debía huir de ahí, debía salir. Ese era el único pensamiento que su mente lograba procesar.

Estaba desesperada.

Sentía las gotas de sudor derramarse desde su cara hacia el cuello; la vena de su frente estaba marcada por la presión y su pelo caoba se le pegaba al rostro, obstaculizándole la visión. Miró hacia atrás, esperando verlo ahí, acechándola, pero no vio nada más que el follaje espeso de los árboles alzándose como muros, dejando pasar apenas unos hilos de luz entre la oscuridad que la rodeaba. Se detuvo y se apoyó en un tronco, tratando de recobrar el aliento.

Estaba muerta de miedo. Se juró que no volvería ahí nunca más; mucho menos por él. Era un verdadero ángel vestido de demonio, o quizás un demonio disfrazado de ángel y ella nunca se había percatado del engaño. Se sentía estúpida por haber caído ante ese monstruo que, estaba segura, no la dejaría escapar con tanta facilidad. Lo sabía por experiencia.

Observó a su alrededor y volvió a correr. Saltaba y se deslizaba por mero impulso, sin consciencia. Caía y se levantaba, una y otra vez, con los nervios al borde del colapso. Entonces, vio la luz y la esperanza la golpeó. Estaba por salir de ese infierno. «Por fin», se dijo. Estiró las manos como si pudiera tocar esa claridad que se proyectaba tan cerca. Era la dicha de la libertad; un baño de agua fría tras un día de calor intenso.

Hasta que todo se detuvo.

Con una fuerza arrebatadora, la estamparon contra un árbol. Una mano se cerró con firmeza alrededor de su garganta, cortándole la respiración. Se le revolvieron las entrañas. Se negaba a abrir los ojos, pero ante la presión de su agarre, terminó por hacerlo. Le suplicó piedad con la mirada, rogando que no hiciera lo que estaba segura de que vendría después.

Lo vio a él. Lo vio rodeado de maldad, sin una pizca de compasión. Estaba acabada gracias al monstruo que tenía enfrente. Él apretó el agarre hasta dejarla casi sin aire. Estaba furioso. Ashle trataba de moverse, de inhalar un poco de oxígeno como un pez fuera del agua, pero él no cedía. Se acercó a su oído y le susurró con una voz cargada de veneno:

Ashle, ¿a dónde crees que vas?




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