[Un año antes]
Me miré al espejo retrovisor una última vez, mientras esperaba el cambio de color del semáforo, disfrutando un poco de las últimas canciones de Taylor. Era bastante pequeño, en comparación con los otros, lo bastante ajustado para que solo destacarán mis labios. Sonreí. La sonrisa ladina, la dentadura perfecta y el labial ruby se asomo de ellos. La noche le daba un contraste electrizante, que amaba.
El reflejo de los automóviles a mi espalda se había vuelto una rutina desde hace un tiempo, sin embargo, eran aquellas horas del día que solo pocos focos se dejaban entrever de la recurrida y viva noche de la ciudad de Bulnes. De día no era más que una sombra con toda la multitud, pero en aquellas horas era cuando la oscuridad reinaba y un mundo distinto aparecía en las calles.
Aquellos momentos eran mi mios, en mi refugio y respiro.
La vibración de mi móvil dejó de que observara absorta la solitaria calle. El nombre de mi mejor amiga, o como yo le tenía registrado en mi teléfono: «Angel», apareció en la pantalla del coche. La acepté de inmediato con una sonrisa en mi rostro, estaba ansiosa por noticias frescas.
—¿Es que acaso nuevamente se te ha roto un tacón en el camino? —El tono alterado de me hizo darme cuenta que llegaba más tarde de lo que pensaba. Estaba atrasada, como eventualmente me ocurría. Reí al solo imaginarla molesta, con sus cejas fruncidas en su pequeño rostro de muñeca, como un poodle enojado.
—Estoy a unas pocas cuadras de llegar, no te alteres demasiado —aclaré, y chasqueé la lengua al escuchar el chillido a través del teléfono.
Mi vista se fijó en el espejo retrovisor. Exactamente en el auto a mis espaldas que había aparecido, mimetizado por el color de la noche. Me acomodé en el asiento con un poco de incomodidad. Estaba un poco sensible después de lo ocurrido hace algunos años. Nada de coches negros y lujosos por los últimos años.
—¡Ashle, tienes diez minutos para llegar! Y si no apareces... ¡No estaré contenta! —cortó. Poco me quedó para replicarle, y más con el carácter que llevaba. Reí.
Cambié de emisora, el silencio, hizo que el tick tack del intermitente resonara.
Volví a fijarme en el espejo retrovisor para ver si alguien más se encontraba aquellas horas por la calle, solo éramos dos, el auto negro y yo, con mi Fiat 500 blanco. Semáforo verde y doblé a la izquierda. El auto de tonos oscuros señalizó y dobló en el mismo sentido.
Cinco minutos, y muchas calles pasadas, el coche seguía a mis espaldas.
Volví a observar la ruta en la pantalla y todavía faltaban 5 kilómetros para llegar.
Aceleré, ahora solo quedaban 2 kilómetros.
Doblé en la calle con un poco de dudas, en mi mente empezaba a calcular algún atajo si es que estaban en lo correcto.
Mi corazón empezó a palpitar con mayor rapidez, el miedo me caló hasta los huesos. La sensación y el sentimiento de ser perseguida y buscada, me removió, trayendo recuerdos de hace algunos años atrás. Especialmente, los momentos de miedo y angustia que venían después de ellos. Las palpitaciones y el pánico. Pensaba que eso ya estaba olvidado, pero claro, como siempre, me equivocaba.
Una calle, dos, tres más y el auto cada vez se encontraba más cerca del mío. Mi mente procesaba con rapidez quién podía ser. Quien me había encontrado. Mi teléfono comenzó a sonar. «Número desconocido» apareció en la pantalla. Cancelé la llamada con una de mis manos con mis dedos temblorosos, con la otra sujetaba con firmeza el volante.
Llegué a la calle principal de la ciudad, aceleré con tal de tomar la mayor distancia de mi perseguidor.
Intercambiando miradas entre la carretera y mis contactos de la pantalla del auto, busqué el número de las personas más cercanas del Sr. Millen o la Sra. Julien, incluso la policía. Pero no tuve tiempo para eso.
Una luz resplandeciente alumbró el coche en medio de la carretera. Antes de que pudiera hacer más. Escuche el golpe y pise el freno. Mis dos manos alcanzaron a sostener el volante, mi cabeza rebotó y mi cuerpo fue sacudido. En un segundo se llenó del sonido de cristales quebrados y el olor a metal y combustión en el aire.
El palpitar de mi corazón lo sentí, en la nuca, los oídos y en mi pecho. Exhalé con dolor. Levante la cabeza, sentía algo cayéndome de la frente, sudor, sangre, no sabía bien. Abrí los ojos, y lo primero que vi fue el vidrio hecho trizas y la algo enorme negro que había encima de él.
Con las manos temblorosas, busqué mi teléfono entre las trizas, sin lograr encontrarlo. Me bajé del auto en plena calle, notando la rareza de que para aquellas horas estuviera el camino tan despejado y vacío. Miré sobre mis hombros, el auto había desaparecido. Sin alma a la vista.
El cuerpo ensangrentado frente el auto hizo que se me empañaron los ojos: de dolor, culpa, y ansiedad. Miedo.
Me tapé la boca del susto, sin emitir palabras. Me acerqué. El cuerpo se encontraba boca abajo. Toque el cuello con el dedo índice y medio, buscándole el pulso. Estaba tan sorprendida que no detectaba si eran mis latidos o los de él. Dejé mi menté en blanco, debía preservar la calma en este momento. Maniobra peligrosa, pero traté de darle vuelta, al no encontrar sus señales de vida.