—¡Ashle! —escuché mi nombre a lo lejos. Un grito de terror y miedo. De preocupación. Era demasiado lejano para escucharlo con claridad, una clase de eco venía en cadena a él.
Lo ignoré, era cosa de mi imaginación.
—Ashle —Se escuchó de nuevo con mayor fuerza y mucho más alto. Pero de otro tono, uno más severo y enojado.
La tercera vez fue cuando desperté.
—¡Ashle, por dios! ¿Acaso no sabes qué hora es? —La voz de mi madre gritándome al oído fue el detonante. Me quejé, gruñí e intenté todo, pero de igual forma terminé con todas las mantas de mi cama en el suelo.
—Es sábado, mamá. ¿Qué es tan importante? —murmuré entre gruñidos.
Espera, mamá ya no era así.
Me tomó unos segundos recapacitar ante la extrañeza de aquel momento, una cosa que para mí unos años atrás no puede haber sido más común, pero que ahora me dejaba en un estado incómodo, extraño y lleno de tristeza.
Agonía.
Sentí la opresión en el pecho, la falta de aire en mis pulmones y las lágrimas formándose en mis ojos. El vacío inimaginable que nadie ni nada podían llenar. Recordé lo que me había recomendado el doctor para estos momentos. Respira y cuenta: uno, dos, tres; sincroniza el respirar con los números; busca una cosa que veas a lo lejos.
Deja tu mente en banco.
No estaba funcionando.
No lo estaba.
Mi cabeza repetía una y otra vez aquellos momentos hace ocho años, recordaba con precisión las miradas, las voces, la culpa y el arrepentimiento. La soledad y tristeza. A mi mente volvió la sensación de caer, sentirse perdida, sin saber qué hacer. La rapidez de aquel momento, lo corta que fue su vida. El aire cada vez más me faltaba. Me estaba ahogando. Cerré mis ojos y me repetí, como es que lo había estado haciendo y practicando desde hace algún momento sin que pudiese controlarlo.
No es verdad.
No es verdad.
Ya no me encontraba en mi habitación, ni en casa. Ahora frente de mí estaba un ataúd. Un sarcófagos de la más pura calidad. Apreté el pañuelo blanco en mis manos, como si este tuviera el calor del cuerpo que se encontraban envuelto en la oscuridad. Mis rodillas casi tocaban el suelo, el césped mojado por las gotas de rocío, rozándose con suave seda de color negro de mi vestido.
Una mano se posó en mi hombro, levanté la cabeza y me encontré con la sonrisa afligida del señor Millen. Su cálida sonrisa me calentó el pecho. Me di cuenta que quizás había esperanza, quizás sí la había y no todo estaba perdido, pero se esfumó en cuanto volví a posar la mirada en el ataúd.
El cuerpo de papá estaban vestido tan elegantemente como sus nombres y reputación lo demostraba. Una de las personas más influyentes del país que a pesar de su muerte sería recordado. Sentí el sonido y la luz resplandeciente del flash de una cámara justo a mi lado, empezó siendo uno al que al momento se les fue sumando otro y otro más.
Era hora de irse. Ya no había más privacidad.
Los medios habían llegado.
El señor Millen me acompañó a través de la multitud. Su brazo sobre mis hombros me dieron la firmeza para no bajar la cara frente a las cámaras y enfrentar los flashes. Hombres vestidos de negro dos hombres a mis espaldas, dos a cada lado y dos al frente. Sin embargo, las personas con cámaras y micrófonos en sus manos seguían acercándose con mayor firmeza, tratando de sacar lo mayor posible de mí en aquellos momentos que eran de los peores.
El galardonado sería quien tuviese la mejor toma de aquel acontecimiento de este día, de mi rostro demacrado, con lágrimas en los ojos, desesperanzados y llenos de sufrimiento.
Sus voces seguían a mi alrededor atormentándome, sentía que cada paso era mayor, que faltaba mucho para salir de aquel lugar que me estaba sofocando. Sabía que mañana mi rostro sería la primera plana de los periódicos, y que éste era solo el principio de lo que vendría en el futuro, que debía ser fuerte.
Pero me rendí, estaba cansada y perdida, en aquel momento no quería pensar nada más entremedio de la multitud.
Mis madre siempre me había dicho que nunca dejara ver mi debilidad en medio de mis enemigos. Nunca lo entendí, pero en aquel momento supe lo que significaba. Y desde aquel día, me vi envuelta en el mismo juego. Me convertí en lo mejor como lo peor de mis padres, pero ya no había vuelta atrás.
Caí en la cuenta de que nunca volvería a ser la chica de dieciséis años amada y cuidada, que vivía en el caparazón y en los brazos de sus padres. En un momento había pasado a ser la heredera que perdió a su padre en un accidente automovilístico. La hija de la CEO de una de las compañías más importantes a nivel mundial, Consorcio Aurum, y del más famoso diseñador de modas. Como también, nunca olvidaría los rostros de satisfacción de los que alguna vez pensé que eran amigos, que compartieron y fueron tratándolos como parte de nuestra familia.
Aprendí a desconfiar de las personas y de los intereses que sus ojos escondían.
Aprendí a descifrar a la perfección ojos y miradas, mensajes y amenazas, comportamiento e intenciones.
Y lo más valioso, verdades y mentiras.
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Editado: 05.03.2026