Me desperté. Mi pijama se me pegaba al cuerpo, el sudor corría de mi frente y mi corazón no paraba de latir. Me senté y miré a mi alrededor para ver si esto era lo real, y lo era. Se me estrujó el corazón y se me nublaron los ojos con lágrimas retenidas. Flexioné las piernas y las rodeé con mis brazos, y en el hueco que quedaba entre ellas, apoyé mi cabeza.
Las paredes de mi habitación que alguna vez fueron colores brillantes y alegres, ahora eran fríos y sin mucho color, apagados y sin emociones, sin adornos ni caprichos. Solo tenían lo necesario.
Dos golpes suaves en la puerta y me sequé apresurada las lágrimas.
—Srta. Ashley, tiene 30 minutos para llegar a la universidad. En cuanto esté lista, el desayuno está servido en el comedor —dijo la Sr. Julien a través de la puerta.
—Gracias, Rosa —respondí.
Me estiré antes de levantarme. Tomé la ropa que se encontraba planchada y colgada de un perchero y la dejé con cuidado sobre la cama con tal de que esta no se arrugara. Me dirigí a bañarme. Giré las perillas del agua, hasta regularlas y que estuvieran a una temperatura óptima. Me desvestí y entré al agua.
Los minutos pasaron, disfruté del agua al caer. Aquel recuerdo doloroso lo sepulté, bloqueando mi mente y buscando no pensar. Necesitaba un minuto de silencio. De dejar de recordar.
Luego de vestirme, me acerqué al espejo del baño. Me dolía la cabeza como el infierno, y mis ojos me ardían de horror. Pasé mi mano por el espejo empañado y me fijé en mi rostro.
Estaba hinchado, mis ojos se encontraban rojos y vidriosos. Llorando, otra vez. Volví a lavarme la cara; tomé una toalla limpia del estante y la mojé un poco y la puse en mis cara y ojos. Fue refrescante el cambio de temperatura.
Me maquille y vestí. Y lista quedé.
Otro día más.
Bajé las escaleras de la mansión. Con delicadeza y sin emitir sonido, hasta llegar al gran comedor. Tan solitario como era un único plato sobre una mesa con otros diez puestos vacíos.
Los primeros días había sido un suplicio vivir en aquel lugar, sin escuchar las voces de mis padres en cada rincón, como sus conversaciones matutinas en el desayuno. Sin escuchar el golpeteo inconsciente de los dedos de mi madre sobre la mesa y el sonido del pasar de las hojas del periódico que mi padre a diario leía. Sin observar de reojo sus miradas llenas de amor, que en aquel minuto detestaba, pero ahora me arrepentía de no haberlas aprovechado.
El plato colorido de frutas estacionales, el vaso de agua y otro de jugo, el té con rodajas de limón, las tostadas y la fiambrería. Todo en el mismo lugar, como todos los días anteriores a este.
El resonar de los tacones de la Sra. Julien me hizo salir de mis pensamientos; centrándome, acomodándome y tomando una postura más firme y derecha.
Había veces donde sentía como si ni en mi propia casa no pudiera estar segura. Había demasiados ojos observando en cada momento.
No desconfiaba de ella, más bien era lo contrario. Era una presencia fuerte y firme, una mujer mayor que era muy respetada en la sociedad, que me había visto crecer y me cuidó incluso cuando mis padres ya no estaban. Me pulió, como un diamante, para ser parte íntegra de la gran sociedad y enorgullecer a mis padres. Le tenía tanto respeto como cariño, en mismas partes.
—Srta. Hussein, ¿cómo se encuentra hoy? —dijo. Su voz neutra y su estilo sobrio, le hacía una parte más del lugar. Su atuendo formal y simple de cada día: blazer, falda hasta las rodillas y sus pequeños tacones bajos, todos de color negro. Acompañado de una blusa blanca, que le hacía resaltar su tez oliva y sus ojos azules. Su maquillaje también simple y sobrio, con tonos apagados en su labial al igual que las sombras en sus ojos. Y un moño firme y redondo, atando de su cabello negro.
—Bien, Rosa. Espero que también hayas tenido una buena mañana —respondí con cortesía como acostumbraba—. ¿Mi madre volvió a salir temprano?
—Sí, señorita.
—¿Dejó algún mensaje para mí?
—No, señorita.
Un silencio dejó su respuesta, a lo largo de los años, todos los días, era la misma respuesta. Luego de la muerte de papá, nos habíamos vuelto unas extrañas con mi madre.
—¿Hay algún recado urgente para mí hoy? —dije rellenando el espacio vacio.
—Sí, la Srta. Saunders dice que le espera para que se dirijan juntas a la universidad —hizo algunas anotaciones y continuó—. El Sr. Millen ha tenido que salir con urgencia hoy en la mañana, me dijo que le avisara en cuanto se despertara y que ante cualquier urgencia se comunique con él. Por lo que estoy a cargo de usted durante el día. Avíseme para lo que necesite, Srta.
—¿Por qué no me mandaron un mensaje a mi teléfono? —murmuré confusa—. Muchas gracias por la información. Puede retirarse, Sra. Julien. Y si puede comuníquele al Sr. Millen que ya soy una adulta y que no necesito de su riguroso cuidado.
Asintió cortésmente y antes de retirarse dijo:
—Srta. Hussein, su teléfono se encuentra apagado. No olvide prenderlo antes de irse, con su permiso.
Terminé de desayunar y me dirigí a mi habitación en busca de aquel aparato, y a decir verdad, se encontraba apagado. Lo desconecté de la corriente y esperé hasta que llegaran las notificaciones, tres llamadas del Sr. Millen, donde me informaba que tuvo que irse por un asunto urgente y que no quería molestarme temprano como para despertarme. Diez llamadas de Isabella y cuarenta mensajes, cada uno con una letra, para terminar diciendo: «¡Despierta, dormilona! ¡Llego en 30 minutos! ☺».
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Editado: 05.03.2026