Un dolor me rompió la cabeza. Penetrante. Una bala en mi cabeza. Imágenes en secuencia se comenzaron a reproducir, la música clásica de Vivaldi, la limusina, el sonido de los neumáticos derrapar y las voces agitadas.
El golpe, la luz, y luego nada.
«Pum Pum». Me agarré con ambas manos mi cabeza y la apoyé en mis rodillas. Por favor, rogaba que dejara de doler.
Sentía que me quemaba, lava ardiente en mi cuello y frente. Y como un avión en picada, los recuerdos se estrellaban.
Aparecían más fragmentos, un puzzle incompleto lleno de piezas sin unir. Todo era para mi como un muro sin terminar de pintar.
—Ahs, ahs ¿qué pasa? —escuché desde otro lugar más lejano. Una mano en mi hombro y un suave apretón.
Respiré. Miré mis tacones, miré el salpicadero, mire hacia arriba. El cielo azul, nubes claras y esponjosas en la ventana. El sol resplandeciente que me quemaba la cara y los brazos.
Sí, ya no estaba dentro del coche. Ya no llovía.
—Estoy bien, solo fue un recuerdo.
Apoyé una mano en mi frente y me dediqué a mirar lo que restaba del camino. El dolor de cabeza empeoró.
Mi teléfono. Miré la pantalla por tercera vez. Seguía siendo el mismo número que no tenía registrado. Suspiré y, por fin, contesté.
Ahsle♡: No se de qué estás hablando.
La respuesta no tardó ni un minuto.
Número desconocido: Esta bien, quizás me apresuré un poco.
Número desconocido: Comencemos de nuevo :)
La carita feliz solo consiguió que me sintiera más molesta. ¿Quién era este tipo y por qué actuaba como si nos conociéramos?
Rodé los ojos. Ni siquiera sabía quién era y ya quería empezar “de nuevo”.
Vi la hora en mi teléfono. Ocho y media. Llegaba tarde a mi primera clase.
A las 8:30 tenía Dirección Financiera I.
Tendría que volver a escucharla, porque el dolor de hoy era peor que otros días. Abrí mi bolso y tomé un par de pastillas del frasco nuevo que me había entregado Rosa.
—¿Seguro que todo bien? —preguntó Isabella. Sus uñas blancas con decoraciones florales resonaban en el manubrio al ritmo de la música de Sabrina Carpenter.
—Sí, todo bien. No te preocupes —sonreí, aunque no pude evitar que mi voz saliera sin ánimo de nada. Continúe mirando hacia el exterior.
Había un día precioso, con un sol resplandeciente, despejado y un viento refrescante. Bajé más la ventana para respirar la brisa calurosa.
—Ay, nena. ¿Todavía con pesadillas sobre el accidente? —preguntó con preocupación, su rostro reflejaba tristeza.
Asentí, restándole importancia.
Habían pasado seis años.
Setenta y dos meses.
Trescientas catorce semanas.
Dos mil ciento noventa y nueve días.
No necesitaba mirarlo en un calendario. Las fechas se habían quedado conmigo.
Habían días que sentía que me ahogaba y no podía salir. Otros días mis sueños eran más catastróficos, más nítidos. De fragmentos mas largos. Otras veces, simplemente, lo olvidaba todo.
—Esta todo bien. Ya ni siquiera duele.
Pasaron unos minutos en silencio, y dijo, en un tono menos energético que antes, ese tono que usaba cuando hablaba en serio.
—Sabes que estoy aquí por si quieres hablar.
La mire y le sonreí—: Gracias, Isa.
Apretó una de mis manos y continuo—: Claro, cariño. Esta amiga de aquí, está para apoyarte, en las buenas y las malas. Aunque, —dejó un espacio de silencio—, todavía me debes un café por prestarte mis apuntes de cálculo avanzado.
Reí, le sonreí con cariño y le di un apretón de vuelta. Eso era mentira, yo lo había pasado mis apuntes y ella los había copiado luego de faltar la mayoría de las clases. De todas formas, le quería a igual. Isabella era genial, y siempre le estaría agradecida por todo lo que había hecho por mí.
Nos conocíamos desde el jardín cuando nos sentaron en la misma mesa redonda, de color azul, con sillas pequeñas de animalitos. Supe que seríamos amigas, en cuanto me di cuenta que ambas teníamos el mismo bolígrafo rosa de edición limitada de Hello Kitty.
—Ya, ya, que no me gusta esto, me pone emocional —dijo y sonrió. Se limpio las lágrimas que había aparecido por sus ojos. Cambiando de tema con rapidez, dijo: — ¿Lista para un nuevo año?
—Claro que sí —levanté una mano en signo de confianza. Se rió con gracia. Se burlaba de mí por mi repentino entusiasmo.
—Oye, no te burles —dije.
—Por supuesto que no. Lo siento, su majestad. —Se burló con arrogancia, le dio inca-pie a aquel titulo. Reímos juntas a la vez.
—Oh vamos, sabes que eso no es así.
Era una broma, claro. No me gustaba presumir, pero por mis árbol genealógico, y la sociedad, era casi una obligación. Le agradecía a papá por eso.
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Editado: 05.03.2026