Cicatrices de Papel

Capítulo 1: El Frío no está en el Asfalto

El primer recuerdo que tengo no es un juguete, ni el olor a leche tibia, ni la voz de una madre que nunca aprendí a conjugar en presente. Mi primer recuerdo es el sonido de un cinturón deshebillándose; un chasquido seco que cortaba el aire antes de cortar mi piel. Mi padre no me dio su apellido, me dio su furia, y mi madre no me dio la vida, me dio su ausencia. Dicen que los niños están hechos de polvo de estrellas, pero yo fui forjado con el barro de los gritos y el silencio de las habitaciones vacías.

La ciudad de noche es un monstruo que respira luces de neón, pero no tiene corazón. Estoy sentado en un banco de metal que se siente más cálido que el último abrazo de mi familia. Tengo diecisiete años y el peso de un siglo sobre los hombros.

Hace cuatro días tenía un techo y una acusación de robo pesando sobre mi pecho como una lápida. Mi familia paterna, esos jueces de sangre fría, decidieron que mi honestidad valía menos que los billetes que se les perdieron entre sus propias mentiras. Me echaron como quien saca la basura un domingo por la noche. Luego vino el refugio en casa de Lucía, y después, el silencio de Lucía. Ella no pudo con mis fantasmas; supongo que es difícil amar a alguien que tiene más cicatrices que planes de futuro. "Necesito espacio", dijo. Y el espacio resultó ser este banco frente a una avenida donde los autos pasan sin mirar.

Saco de mi mochila vieja un cuaderno con las esquinas dobladas. Es mi escudo. De niño, cuando los golpes de mi padre me dejaban temblando bajo la cama, yo cerraba los ojos e imaginaba que era un caballero en un videojuego, con una barra de vida que nunca llegaba a cero. O escribía. Escribir era la única forma de gritar sin que él me escuchara.

Hoy, el trauma no es un recuerdo, es un inquilino que vive en mis manos. Todavía me cubro la cara cuando alguien levanta el brazo demasiado rápido para saludar. Todavía espero que el mundo pida perdón, aunque sé que el mundo no sabe que existo.

Miro el papel en blanco. La tinta es lo único que me queda para no desaparecer en este asfalto.




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