Cicatrices de Papel

Capítulo 5: El Código del Alma

La chica de pelo azul se acercó a mí, ignorando el rastro de lluvia y abandono que yo traía encima. Se llamaba Nix. Al menos, ese era el nombre que vibraba en la pantalla de su muñeca. Sus ojos, rápidos y analíticos, no buscaban juzgar mi ropa sucia, sino entender cómo un chico que parecía sacado de una tragedia griega había logrado lo que sus procesadores de última generación no pudieron: darle una identidad al sistema.

—Escúchame bien, poeta de calle —dijo Nix, señalando la pantalla donde el fénix de tinta todavía se desvanecía en partículas de luz—. Lo que acabas de hacer no fue solo hablar. Este software, el Mnemósine, se alimenta de frecuencias bio-emocionales. Está diseñado para crear arte digital basado en la verdad del usuario. La mayoría de los que vienen aquí solo tienen ego o rimas ensayadas. Pero tú... tú tienes un pozo de petróleo quemándose ahí dentro.

Miré a los demás. Eran cuatro jóvenes rodeados de cables, latas de bebidas energéticas y un aura de rebelión tecnológica. Me sentí como un intruso, un error en el sistema. Pero al mismo tiempo, sentí que mi cuaderno, ese que mi padre llamó "basura", era en realidad la llave de un reino que ellos apenas estaban descubriendo.

—No tengo a dónde ir —confesé, y la honestidad de mi voz volvió a hacer que las pantallas parpadearan—. Mi familia me borró de su historia y la única persona que creía en mí me dejó porque... porque tengo miedo de ser como el hombre que me rompió.

Nix se quedó en silencio un momento. Luego, con un gesto rápido, despejó una mesa llena de piezas de hardware.

—Aquí no preguntamos por pasados, preguntamos por visiones. Si te quedas, nos ayudarás a terminar el Proyecto Ícaro. Es una plataforma de arte clandestino para hackear las pantallas publicitarias de la ciudad. Queremos que la gente deje de mirar anuncios de perfumes y empiece a mirar la realidad. Con tus palabras y nuestro código, podemos hacer que esta ciudad sienta lo que tú sientes.

A cambio de mi voz, me ofrecieron un rincón en el almacén, una manta térmica y una conexión a internet que volaba. Esa noche, mientras la ciudad dormía bajo su manto de indiferencia, yo no pude cerrar los ojos. Los traumas de mi infancia empezaron a desfilar ante mí, pero esta vez no los dejé golpearme. Los tomé, uno a uno, y empecé a escribirlos para el sistema.

Recordé el día que cumplí diez años. Mi padre llegó tarde, con los nudillos ensangrentados de alguna pelea de bar, y lo único que me dio fue una orden: "Limpia eso". No hubo pastel, no hubo canciones. Solo el olor a cloro y el miedo a que el siguiente golpe fuera para mí. Escribí sobre el frío de la baldosa y sobre cómo los videojuegos eran el único lugar donde yo podía ser un héroe con armadura, y no un niño asustado con un trapo en la mano.

"El héroe no es el que gana la guerra," tecleé en la terminal que Nix me prestó, dejando que mis poemas se mezclaran con el lenguaje binario, "sino el que sobrevive a la paz de una casa que es una trinchera."

De repente, una alerta roja saltó en todos los monitores.

—¡Mierda! —gritó un chico desde el fondo—. ¡Nix, detectaron el pico de frecuencia! Los drones de vigilancia de la zona están rastreando la firma emocional. Alguien en la red central se dio cuenta de que el Mnemósine ha desbloqueado el nivel de 'Verdad'.

—Es por él —dijo Nix, mirándome con una mezcla de miedo y admiración—. Angel, tu dolor es tan real que ha encendido un faro en la red. Si nos encuentran aquí, a nosotros nos darán una multa, pero a ti... a ti te entregarán a la policía por vagancia o algo peor.

El pánico, ese viejo conocido, intentó apoderarse de mis pulmones. Mi familia me había acusado de robo; si la policía me atrapaba ahora, en un almacén ilegal con hackers, nadie creería en mi inocencia. Sería el fin.

—Tengo una idea —dije, sintiendo una chispa de esa fuerza que Lucía me había enseñado—. No huyamos. Sobrecarguemos el sistema. Si quieren vernos, démosles algo que no puedan olvidar.

Nix sonrió de lado, una sonrisa peligrosa y brillante. Sus dedos volaron sobre el teclado. —Dime qué escribir, poeta. Vamos a pintar la ciudad con tus fantasmas.

En ese momento, afuera, el zumbido de los drones de la policía empezó a sonar como un enjambre de insectos metálicos. Las luces rojas y azules empezaron a barrer las paredes del almacén. Estaba a punto de ser capturado o de convertirme en la voz de toda una generación de invisibles. El corazón me latía con la fuerza de un motor averiado, pero por primera vez, no quería esconderme bajo la cama.

Quería que mi padre viera mi nombre en el cielo. Quería que Lucía supiera que no me había convertido en un monstruo, sino en un incendio.




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