El almacén vibraba. No era solo el sonido de los drones de la policía que ya rodeaban el perímetro, era la energía de las máquinas trabajando al límite de su capacidad. Nix tenía los ojos fijos en las líneas de código que subían como lluvia invertida por su pantalla.
—Angel, ahora o nunca —gritó sobre el estruendo de los ventiladores—. He puenteado los servidores de publicidad de todo el distrito financiero y las pantallas de la red de transporte público. En treinta segundos, la ciudad dejará de ser de las corporaciones y de los hombres con traje. Será tuya. ¡Suéltalo!
Tomé el micrófono con una mano y apoyé la otra sobre el teclado, sintiendo el calor del hardware. Cerré los ojos y busqué ese lugar oscuro en mi pecho, ese rincón donde todavía vivía el niño que lloraba en silencio mientras su padre bebía en el salón, ese adolescente que sintió el frío de la traición de su propia sangre.
—Esto es por los que no tienen voz —susurré, y luego mi voz se elevó, rompiéndose y reconstruyéndose en cada palabra—. Esto es por los hijos de la ausencia.
El Gran Hackeo: La Sinfonía de los InvisiblesAfuera, en el corazón de la metrópolis, ocurrió lo imposible.
En la Plaza de la Victoria, una pantalla de cuarenta metros de altura que normalmente anunciaba relojes de lujo se puso en negro por un segundo. Luego, una explosión de tinta digital comenzó a dibujar el rostro de un niño pequeño, con los ojos llenos de una tristeza infinita. Debajo, en letras que parecían escritas a mano y que goteaban como sangre fresca, aparecieron mis versos:
"Me llamaste error porque no pudiste soportar tu propio reflejo. Me llamaste ladrón porque te robé el silencio en el que escondías tu culpa. Pero aquí estoy, hecho de los trozos que tiraste a la basura."
En el metro, los paneles informativos dejaron de mostrar las llegadas de los trenes. En su lugar, miles de pasajeros leyeron al unísono:
"Mamá se fue para no ser sombra, y tú me golpeaste para que yo no fuera luz. Pero las cicatrices son mapas, y hoy he aprendido a leer el camino de vuelta a casa."
El hackeo no solo era texto; la tecnología de Nix permitía que mi voz se escuchara a través de los altavoces de la ciudad, distorsionada, potente, como un trueno que nacía del asfalto. La gente se detuvo en seco. Los coches frenaron. Miles de teléfonos móviles empezaron a recibir notificaciones con un solo poema corto que hablaba del abandono y la resiliencia.
La reacción de los culpablesA kilómetros de allí, en la casa de naftalina de mi tía, mi padre estaba sentado frente al televisor cuando la señal se interrumpió. La cara de su hijo, distorsionada por filtros de arte callejero, inundó la pantalla. Vio mis labios moverse, escuchó mis versos sobre el cinturón y el miedo. Vio cómo su "hijo fracasado" estaba humillando su apellido frente a millones de personas, no con violencia, sino con una verdad tan cruda que no podía desmentirse. Dicen que por primera vez en su vida, mi padre no gritó. Se quedó mudo, encogido, mientras las paredes de su casa parecían estrecharse bajo el peso de mi voz.
En otro punto de la ciudad, Lucía miraba su celular con lágrimas corriendo por sus mejillas. Ella reconoció el ritmo, reconoció el dolor que ella misma no supo gestionar. Entendió que Angel no se estaba convirtiendo en su padre; estaba expulsando al padre de su sistema para siempre.
La huida—¡Lo logramos! —gritó Nix, pero no había tiempo para celebrar.
Una explosión sorda sacudió la puerta principal del almacén. El gas lacrimógeno empezó a filtrarse. La policía estaba entrando.
—¡Angel, por aquí! —Nix me agarró de la chaqueta y me arrastró hacia una trampilla en el suelo que llevaba a los antiguos túneles de desagüe—. No podemos dejar que te atrapen ahora. El mundo acaba de escuchar tu historia, si vas a la cárcel, te convertirán en un mártir y borrarán tus archivos. Tienes que seguir libre para seguir escribiendo.
Bajamos por la escalera de hierro mientras el eco de las botas de los agentes resonaba arriba. En la oscuridad del túnel, solo se escuchaba nuestra respiración agitada y el goteo del agua.
Me detuve un segundo, apoyando la espalda contra la pared fría y húmeda. Saqué mi cuaderno. Estaba destrozado, manchado de humedad y de la ceniza del almacén. Pero cuando lo abrí, sentí que ya no era una carga.
—Nix —dije en la penumbra—, ya no tengo miedo de que me encuentren.
—Deberías —respondió ella, revisando un mapa digital en su muñeca—. Ahora eres el criminal más famoso de la ciudad. El "Poeta Hacker", te están llamando en las redes.
—No —dije con una sonrisa amarga—. Soy Angel. Y por primera vez en diecisiete años, sé exactamente quién es ese chico.
Salimos a una calle lateral, lejos de las luces de las sirenas. El cielo empezaba a clarear con los primeros rayos del alba de un quinto día. Yo no tenía casa, ni familia, ni novia, y la policía me buscaba. Pero mientras caminaba hacia el horizonte, sentí que el peso de los golpes de mi padre se había quedado atrás, proyectado en aquellas pantallas gigantes, convertido en una luz que ya no podía hacerme daño.