La ciudad después del gran hackeo se sentía distinta. El aire vibraba con una tensión eléctrica; en cada esquina, la gente susurraba sobre el "Poeta Hacker". Para muchos, yo era un héroe; para la ley, un delincuente informático; pero para mí, seguía siendo ese chico que sentía el frío colarse por las costuras de su alma.
Nix y yo nos refugiamos en "La Colmena", un sótano oculto bajo una antigua biblioteca pública abandonada. Era un laberinto de estanterías podridas y servidores que zumbaban en la penumbra. Allí, el olor a papel viejo se mezclaba con el de los circuitos quemados, una combinación que extrañamente me hacía sentir en casa.
—Angel, mira esto —dijo Nix, sus ojos reflejando el código verde de su pantalla—. No solo hackeamos la ciudad. Alguien hackeó nuestro canal de retorno.
—¿La policía? —sentí el nudo de siempre apretándome la garganta.
—No. Es un protocolo de encriptación antiguo, de los que se usaban hace quince años. Es casi artesanal. Y solo envió un archivo de audio y una dirección geográfica.
Nix presionó una tecla. Al principio, solo hubo estática, un roce sordo que recordaba al viento entre los árboles. Luego, una voz. Una voz que no había escuchado en diecisiete años, pero que mi sangre reconoció al instante. Era suave, cansada, cargada de una melancolía que rimaba perfectamente con la mía.
"Angel... si escuchas esto, es porque el mundo finalmente se dio cuenta de que tu voz es demasiado grande para el silencio en el que te dejaron. Tu padre siempre temió que fueras como yo, pero eres mejor. No huyas de la ciudad todavía. Ve a la vieja estación de radio en el Distrito Norte. Hay algo que te pertenece."
El audio se cortó con un chasquido seco. Me quedé inmóvil, con el micrófono todavía cerca de mi mano.
—Es ella —susurré. El fantasma de mi madre acababa de cobrar voz—. Ella me está mirando.
El Viaje al Distrito NorteAtravesamos la ciudad como sombras. Nix me había dado una chaqueta con parches que bloqueaban la señal de los drones de vigilancia, pero nada podía bloquear la tormenta que crecía en mi pecho.
Llegamos a la vieja estación de radio, una torre oxidada que se alzaba sobre un edificio de ladrillos rojos cubierto de hiedra. Era un lugar donde el tiempo se había detenido. Al entrar, el polvo bailaba en los haces de luz que se filtraban por las ventanas rotas. En el último piso, en la cabina de transmisiones, no había nadie... pero sobre la mesa principal, había un sobre de papel madera amarillento.
Al abrirlo, no encontré dinero. No encontré una dirección. Encontré una fotografía vieja y una llave pequeña.
En la foto, una mujer joven me sostenía en brazos. Yo era apenas un recién nacido. Detrás de nosotros, mi padre sonreía, pero no era la sonrisa cruel que yo recordaba; era la sonrisa de un hombre que aún no había sido devorado por la amargura. Y en el reverso de la foto, una nota escrita con una caligrafía elegante:
"El dinero que dicen que robaste nunca existió, Angel. Fue una trampa que tu familia planeó años atrás para asegurarse de que nunca reclamaras la herencia de tu abuelo, la que tu padre malgastó. Tu madre no te abandonó porque no te quisiera; huyó para salvarte, pensando que si ella no estaba, ellos te dejarían en paz. Se equivocó. Pero ella te dejó esta llave. Abre la caja 402 en la terminal de trenes."
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. Toda mi vida había sido una mentira construida para justificar el odio de un hombre que se sentía pequeño. No era un error, no era un ladrón. Era la víctima de un plan diseñado para robarme no solo mi futuro, sino mi identidad.
La Última Rima de la InocenciaMe acerqué al viejo micrófono de la estación de radio. Nix se dio cuenta de lo que iba a hacer y conectó rápidamente sus cables a la consola polvorienta.
—¿Quieres salir al aire otra vez? —preguntó ella.
—Esta vez no es para la ciudad —respondí—. Es para él.
Nix asintió y me dio paso. El silencio de la cabina se volvió sagrado.
"Papá... sé que estás escuchando. Sé que el silencio en tu casa ahora es más ruidoso que mis gritos. No te odio por los golpes, me enseñaron a ser duro. No te odio por el hambre, me enseñó a valorar lo que importa. Te odio por la mentira. Me hiciste creer que yo era el veneno, cuando el veneno siempre fuiste tú, tratando de ocultar que me habías robado hasta el derecho de conocer a mi madre."
Tomé aire, sintiendo cómo los traumas se desprendían de mí como costras de una herida que finalmente empieza a cerrar.
"No voy a ir a la policía. No voy a buscar tu dinero. Voy a buscar mi historia. Y cuando termine, no quedará nada de tu apellido en mí. Solo quedará el nombre que ella me dio."
Apagué el micrófono. Afuera, el sol terminaba de salir, bañando la ciudad en un oro líquido que por fin se sentía cálido. Miré a Nix, quien me observaba con una sonrisa nueva, una que no tenía nada que ver con el código o los hackeos.
—¿A dónde ahora, Angel? —preguntó.
—A la estación de trenes —dije, guardando la foto de mi madre cerca de mi corazón—. Tenemos una caja que abrir y una vida que empezar a escribir de verdad.