Cicatrices de Papel

Capitulo 9: El Eco del Barrio en la Sangre

El tren de carga cortaba la noche como una navaja oxidada. Sentado en el suelo de madera, con las piernas colgando hacia el vacío mientras el paisaje se volvía un borrón de sombras, sentí que la música de la ciudad todavía me perseguía. Pero no era la música de los anuncios, era un ritmo más pesado, más real. Saqué mis auriculares viejos y dejé que la voz de Toy Lokazo inundara mis oídos. El sonido del acordeón mezclado con el beat urbano era exactamente como se sentía mi vida: una mezcla de tradición dolorosa y una realidad que te golpea en la cara.

Cerré los ojos y la letra empezó a entrelazarse con mis pensamientos, como si el artista estuviera sentado a mi lado, contando mi propia historia.

«¿Qué será de mí? ¿Qué será de mi vida? Caminando por las calles buscando una salida...»

Esa frase se repetía en mi cabeza mientras recordaba mis pies cansados sobre el pavimento frío de hace apenas unos días. Había estado buscando una salida no solo de la ciudad, sino de la etiqueta de "ladrón" que mi padre me puso como un tatuaje invisible. Caminar por el barrio donde crecí era como caminar por un campo minado; cada esquina tenía el recuerdo de un insulto, cada callejón el eco de una decepción.

Miré las cartas de mi madre en mis manos. La tinta parecía vibrar con el ritmo de la canción.

«Solo Dios sabe lo que yo he pasado, todo lo que he sufrido, todo lo que he llorado...»

—Solo yo sé lo que pesaban esos cinturonazos —susurré para mí mismo, sintiendo el nudo en la garganta—. Solo yo sé lo que es llorar sin hacer ruido para que él no tuviera el placer de verme quebrado.

La canción de Toy Lokazo seguía fluyendo, hablando de la lealtad, del barrio y de la incertidumbre. Me recordaba a Lucía. Ella fue mi barrio, mi refugio, pero incluso ese refugio se desmoronó por mis propios demonios.

«Perdóname, Dios mío, por mis errores, pero es que en este mundo hay muchos pecadores...»

Me dolía el error con Lucía. Me dolía haber dejado que el veneno de mi padre saliera por mi boca aquella noche. Pero como decía la canción, el mundo estaba lleno de gente lanzando piedras. Mi familia paterna se sentaba en un trono de juicio mientras ellos mismos eran los que habían robado mi futuro. Yo cometí errores, sí, pero ellos cometieron crímenes contra su propia sangre.

El tren dio un barquinazo y me aferré al borde del vagón. El viento me golpeaba la cara, llevándose las lágrimas que no quería que Nix viera.

«Sigo en el camino, sigo buscando, mientras el tiempo sigue pasando...»

El tiempo. Diecisiete años perdidos en una mentira. Diecisiete años creyendo que mi madre me había desechado. La canción hablaba de seguir adelante a pesar de las cicatrices, y eso era lo que estaba haciendo en este vagón de hierro. Cada kilómetro que el tren recorría era un segundo de ese tiempo que intentaba recuperar.

«¿Qué será de mí cuando yo me muera? ¿Quién va a llorar por mí cuando yo me fuera?»

Esa pregunta me golpeó con fuerza. Si hubiera muerto en ese banco de la plaza hace tres días, ¿quién habría llorado? Mi padre habría brindado. Mis primos habrían sentido alivio. Quizás Lucía habría soltado una lágrima de lástima. Pero ahora... ahora tenía estas cartas. Ahora sabía que en alguna parte, una mujer había pasado diecisiete años llorando por mi ausencia antes de que yo siquiera supiera que ella me buscaba.

Saqué mi cuaderno y, bajo la luz mortecina de la luna, empecé a escribir rimas que chocaban con el estilo de Toy Lokazo, fusionando mi poesía con su cruda realidad:

"Me preguntan qué será de mí, y no sé qué responder, solo sé que el Angel que era ayer tuvo que perecer. Sin dinero en la bolsa, pero con la verdad en la mano, escapando de la sombra de un padre que fue un tirano. Si el destino es la muerte, que me encuentre cantando, que me encuentre escribiendo lo que el alma va soltando."

La canción llegaba a su punto más alto, con ese sentimiento de barrio que te dice que, aunque no tengas nada, tienes tu honor.

«La vida es una y hay que saberla vivir, porque algún día nos tenemos que ir...»

Me di cuenta de que mi vida apenas comenzaba. Los diecisiete años anteriores habían sido solo el prólogo escrito por otros. Ahora, con el ritmo de Toy Lokazo marcando el paso de mi corazón, yo tomaba la pluma. El infierno que mencionaba la canción era el que yo dejaba atrás, en las calles de cemento y traición. Lo que venía adelante era el mar, eran los hibiscos y era la voz de una madre que, a diferencia de lo que decía la letra, no era una despedida, sino un "bienvenido a casa".

Nix se movió en sueños, y yo apagué la música. El silencio del campo empezó a devorar el ruido del metal. Pero la vibración de la canción se quedó en mi pecho.

"¿Qué será de mí?", me pregunté una última vez mirando las estrellas. La respuesta ya no me daba miedo. Fuera lo que fuera, sería bajo mis propios términos. Sería la vida de Angel, el que sobrevivió al barrio, el que hackeó el dolor y el que, por fin, iba a dejar de buscar una salida para empezar a construir una entrada.




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