Grace Bell
Trabajé toda la mañana sin errores. Madeline me observó un par de veces, como si intuyera que algo se agitaba bajo mi calma aparente, pero no dijo nada.
Aun así, las preguntas comenzaron a pesar más que el cansancio.
No eran nuevas. Llevaban años instaladas en algún rincón de mi mente, esperando el momento exacto para despertar. Pero ahora, después del libro, después del muro, después de escuchar palabras que no debían oírse, ya no podía seguir ignorándolas.
Empecé por donde siempre empiezan las historias: las mujeres mayores.
Sabía a quiénes buscar. Las que llevaban toda la vida en el mismo lugar, las que habían visto cambiar el reino, endurecerse, pudrirse por dentro. Las que habían sobrevivido cuando otras no lo hicieron.
La primera me miró como si no hubiera entendido bien.
—No hables de eso —me dijo, casi sin mover los labios, mientras fingía acomodar unas hierbas en su canasto—. No aquí.
La segunda fue más directa.
—¿Estás loca, niña? —susurró, agarrándome del brazo con fuerza—. ¿Quieres que nos revisen a todas?
Soltó mi mano como si la quemara.
La tercera ni siquiera respondió. Bajó la cabeza, hizo la señal de la cruz y se alejó murmurando algo que preferí no escuchar.
Regresé al palacio con una certeza clavada en el pecho. Preguntar en voz alta era una sentencia. La información no estaba en la gente. Estaba en otro lugar, oculta.
La idea me dio miedo incluso antes de formarse del todo. Los registros del palacio no estaban hechos para curiosos, mucho menos para una costurera sin rango, sin apellido importante y sin permiso.
Pero ya había cruzado demasiadas líneas como para detenerme ahora.
Esperé al anochecer.
El ala de archivos quedaba en una zona poco transitada del palacio, entre oficinas viejas y salas que ya nadie usaba. A esa hora, los escribas y cartógrafos se retiraban, y los guardias reducían sus rondas.
No desaparecían.
Solo bajaban la guardia.
Avancé despacio, con el corazón golpeándome tan fuerte que temí que alguien pudiera oírlo. Cada crujido del suelo me parecía un anuncio. Cada sombra, una amenaza.
La puerta estaba cerrada, como esperaba. Pero no asegurada.
Empujé lo justo para colarme dentro y volví a cerrarla con cuidado. El aire olía a polvo viejo y tinta seca. Pergaminos apilados hasta el techo, estanterías que parecían no haber sido tocadas en años.
Tragué saliva.
No sabía exactamente qué buscaba. Solo sabía qué no quería encontrar: el nombre de mi madre. El de mi hermana.
Empecé por los registros más antiguos. Territorios. Decretos. Prohibiciones. Cada mención al norte aparecía acompañada de la misma palabra: restricción.
Nada concreto. Nada explícito.
Hasta que lo vi.
Un mapa.
No uno nuevo, limpio y oficial. Era viejo, amarillento, con anotaciones hechas a mano. Marcas que no aparecían en ningún otro documento. Lo desplegué con cuidado sobre la mesa.
Las Tierras del Norte.
No estaban marcadas como “peligrosas”.
Estaban marcadas como selladas.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
—¿Buscas algo en particular?
La voz surgió de la nada.
Me giré tan rápido que tiré la lámpara que había dejado sobre la mesa cayó al suelo y su luz se extinguió al instante, dejándome en penumbra, apenas iluminada por el resplandor débil de las lámparas del pasillo.
Dos hombres estaban de pie en la entrada.
Uno alto, serio, con una postura que no dejaba dudas: mando, disciplina, peligro contenido. El otro, apenas detrás, más relajado, pero con los ojos atentos, evaluándolo todo.
No llevaban armaduras completas, pero tampoco parecían civiles.
Guardias no eran. Sirvientes tampoco.
Mi mente empezó a correr más rápido que mi cuerpo.
—Yo… —intenté decir—. Me perdí.
Una mentira torpe. Patética.
El hombre alto me observó en silencio. Sus ojos se detuvieron un segundo de más en mis manos, aún cerca del mapa. No parecía enfadado.
Eso fue peor.
Parecía calculador.
—Esta zona no está abierta al personal —dijo al fin—. Mucho menos de noche.
El otro ladeó la cabeza, mirándome con curiosidad.
—Cinta de medir —comentó, como si eso explicara algo—. ¿Te mandaron a buscar telas entre pergaminos?
No respondí. Entonces lo recordé: no me había quitado la cinta del cuello. Estúpida. Grave error. Ahora sabían exactamente dónde podían encontrarme.
El silencio se tensó, espeso.
—Será mejor que regreses a tu ala —dijo el primero, sin alzar la voz—. Antes de que alguien más te vea.