Grace Bell
Habían pasado tres noches desde que fui a los archivos.
Tres noches desde que vi a esos hombres.
Desde que mi paranoia había ido en aumento, creciendo como una sombra que no me dejaba respirar del todo.
Intenté convencerme de que no vendrían a mitad de la noche a asesinarme por haber estado en una zona prohibida del palacio. Pero cada vez que recordaba la mirada intensa del hombre más alto, algo en mi pecho se tensaba, como una cuerda a punto de romperse.
La primera prueba de vestuario llegó sin darme tiempo a pensar más en mi posible asesinato.
Madeline me entregó las reglas de nuevo esa mañana, aunque ya me las sabía de memoria.
Evitar contacto visual.
No hablar a menos que se me hablara.
Mantener al menos tres pasos de distancia.
No tocar el traje sin guantes cuando esté sobre el príncipe.
Asentí en silencio, ajustándome los guantes de tela blanca con manos que luchaban por no temblar.
—Recuerda quién es —me advirtió—. Y recuerda quién eres tú.
Lo recordaba demasiado bien.
El salón designado para la prueba era amplio y frío, con ventanales altos por donde la luz entraba sin pedir permiso. En el centro, un maniquí de madera sostenía la camisa negra, el chaleco y la chaqueta con detalles dorados.
Cuando entré, había más personas de las que esperaba.
Dos ayudantes. Un par de guardias apostados junto a la pared. Y el consejero del rey. El obispo.
Estaba de pie, erguido, con las manos entrelazadas y la mirada inquisidora, como si yo fuera una mancha en el suelo que nadie se había molestado en limpiar todavía.
Bajé la cabeza de inmediato.
Entonces lo sentí.
No escuché pasos, pero el aire cambió. Una presencia ocupó el espacio como si siempre hubiera pertenecido allí.
—¿No tienes trabajo que hacer, Arthur? —la voz del príncipe se dirigió directamente al consejero, desafiante.
El obispo no respondió. Solo se aclaró la garganta.
—Empecemos —dijo finalmente.
—Eso creí —respondió el príncipe desde el otro lado.
Levanté la vista sin querer, pero no hacia su rostro. Eso estaba prohibido. Solo hacia su cuerpo.
No llevaba capa ni armadura. Solo una camisa oscura abierta en el cuello y pantalones de corte simple. Era alto. Más de lo que había imaginado. Sus hombros anchos tensaban la tela, y su postura no era rígida como la de un noble criado para posar, sino firme, acostumbrada al peso de órdenes y batallas.
Comencé quitando las prendas del maniquí y se las entregué al ayudante, quien se dirigió detrás de una cortina para que el príncipe pudiera cambiarse. Pero él, en cambio, empezó a quitarse la camisa frente a todos.
Bajé la mirada de inmediato al suelo y me di la vuelta para tomar algunos alfileres.
Miré de reojo y, una vez que estuvo vestido, aún con la cabeza gacha, acerqué un banquito para pararme frente al príncipe, que se mantenía recto, firme.
Cuando subí con cuidado, bajo la atenta mirada del consejero, quedé frente a frente con su rostro, y fue imposible no mirarlo.
Cabello negro.
Mandíbula marcada.
Labios anchos.
Piel trigueña.
Pero fueron sus ojos los que me dejaron sin aliento.
Negros.
No oscuros.
No profundos.
Negros.
Como si la luz no supiera cómo quedarse en ellos.
Nuestros ojos se encontraron, y me miró con una curiosidad que me erizó la piel. Fue entonces cuando lo reconocí.
El hombre del muro.
El hombre de los archivos.
Los mismos ojos del venator.
Pero… ¿era él?
—¡Baja la mirada! —espetó el obispo de inmediato, avanzando un paso—. ¿Quién te crees que eres para mirar a Su Majestad?
El sobresalto me hizo reaccionar tarde.
—Lo siento —murmuré, bajando la cabeza con rapidez—. No fue mi intención.
Sentí su mirada sobre mí.
No la del obispo.
La del príncipe.
—Déjala —ordenó él, sin elevar la voz ni apartar los ojos de mí.
El obispo se detuvo, sorprendido.
—Pero, alteza…
—Te he dicho que la dejes hacer su trabajo.
El silencio cayó como una losa.
Tragué saliva y avancé. Coloqué la camisa sobre sus hombros y ajusté las costuras con cuidado. Mis dedos temblaban demasiado.
Aquí lo hará.
Aquí me asesinará.
Frente a todos.
Tomé el alfiler.
Y entonces ocurrió.
Un movimiento mínimo. Imperceptible.
El alfiler se clavó en su hombro.
—Ah… —exhalé, horrorizada—. Lo siento, yo…
Lo que me faltaba.