Cicatrices de poder

Capítulo 7

Kyrell Thorsen

El entrenamiento no me cansaba el cuerpo, me cansaba la mente.

George atacó primero, como siempre. Sin aviso, sin ceremonia. Bloqueé su espada con facilidad y lo empujé hacia atrás con el hombro.

—Sigues distraído —dijo, sonriendo mientras recuperaba la posición—. Eso en el campo de batalla te mata.

—Eso ya lo intentaron —respondí, seco.

Chocamos de nuevo. Acero contra acero. El sonido resonó en el patio cerrado, mezclado con el aliento agitado y el olor a sudor. George era bueno. El único que había logrado seguirme el ritmo durante años. El único al que había mandado a llamar cuando supe que regresaría a Christus.

No confiaba en nadie más.

Recordé la carta.
Breve. Clara. Sin explicaciones.

Vuelve. Te necesito.

No preguntó por qué. Nunca lo hacía.

—¿Vas a decirme qué buscamos exactamente? —preguntó mientras se apartaba, bajando el arma—. Porque llevamos tres noches revisando muros, túneles y mapas que oficialmente no existen.

—Lo sabrás cuando lo encontremos —respondí.

George resopló.

—Encantador como siempre, Alteza.

Lo ignoré. Guardé la espada y me dirigí a los baños. El agua fría me despejó lo suficiente para ordenar pensamientos que no quería admitir.

Las marcas en el muro.
Los registros incompletos.
Las zonas selladas.

Y ella.

No debería estar pensando en una costurera.

Me vestí con rapidez. Camisa oscura, sin capa. No tenía intención de impresionar a nadie. La prueba de vestuario era un trámite… o eso creí.

El salón estaba más concurrido de lo esperado. Guardias. Ayudantes. Y Arthur.

El obispo.

Lo vi antes de entrar del todo. Erguido, vigilante. Controlando. Como siempre.

—¿No tienes trabajo que hacer, Arthur? —le pregunté apenas crucé el umbral.

Me miró, tenso. No respondió.

—Empecemos —dijo después.

—Eso creí —respondí.

Entonces la vi.

Cabeza baja. Guantes blancos. Postura rígida. Demasiado consciente de cada movimiento. No era una noble. No caminaba como una. No respiraba como una.

Miedo.

No el miedo teatral de la corte. El real. El que se pega a la piel.

Me observó solo un segundo, creyendo que no la veía. Lo suficiente para evaluar. Bajó la mirada de inmediato cuando entendió su error.

Interesante.

Me quité la camisa sin molestarme en usar la cortina. Arthur se tensó. Ella también. Giró el rostro con torpeza y buscó algo en la mesa. Alfileres.

Subió al banquito con cuidado, como si cualquier movimiento en falso pudiera condenarla.

Y entonces levantó la vista.

No debería haberlo hecho.
Pero lo hizo.

Negros.

No era una descripción poética. Mis ojos siempre habían sido así. Negros. Vacíos para algunos. Inquietantes para otros.

Los suyos se abrieron apenas. Un segundo de reconocimiento.

Ahí lo supe.

Ella también había entendido.

—¡Baja la mirada! —gruñó Arthur.

Ella obedeció al instante.

—Déjala —ordené.

No alcé la voz. No fue necesario.

Arthur dudó.

—Te he dicho que la dejes hacer su trabajo.

Silencio.

Sus manos temblaban. Lo noté al instante. Demasiado para alguien que supuestamente hacía esto todos los días.

Pensé que me pincharía.

Y lo hizo.

El alfiler entró en mi hombro.

No dolió.

Pero algo más sí.

Una descarga breve. Intensa. Familiar de una forma que no supe nombrar. La sentí subir por el brazo, atravesarme el pecho, encender la cicatriz.

Y ella jadeó al mismo tiempo.

Exactamente al mismo tiempo.

Sus ojos me buscaron sin permiso.

—¿Has sentido eso? —le pregunté en voz baja.

No respondió.

Arthur gritó.

El golpe llegó antes de que pudiera moverme.

La vi caer. La sangre en su labio. El sonido seco del impacto.

Eso sí me enfadó.

—¡Basta!

Tomé a Arthur del brazo antes de que pudiera decir una palabra más.

—Si crees que una aguja insignificante puede herirme —le dije, apretando— estás muy equivocado.



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En el texto hay: misterio, principe, brujas magia

Editado: 21.12.2025

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