Grace Bell
El palacio de noche no se parece en nada al lugar donde trabajo durante el día.
De día es ruido, telas, pasos apurados y órdenes secas. De noche… es otra cosa. El silencio pesa, se mete bajo la piel y hace que cada sombra parezca más larga de lo que debería.
Caminé despacio, contando mis propios pasos para no perder el control del ritmo de mi respiración. Eran exactamente las dos de la madrugada. Ni un minuto más, ni uno menos. El príncipe había sido claro.
Si no vienes…
No terminé la frase en mi cabeza. No hacía falta.
Los archivos estaban más al fondo de lo que recordaba. El pasillo era angosto, iluminado apenas por un par de antorchas que chisporroteaban con un sonido irregular. Me detuve frente a la puerta cerrada y apoyé la mano en la madera, como si así pudiera reunir valor.
No quería estar allí, pero tampoco podía no estarlo.
Respiré hondo una última vez y empujé.
La puerta cedió sin ruido.
El interior estaba iluminado por una sola lámpara colocada sobre la mesa central. Todo lo demás se perdía en sombras altas, estanterías infinitas y pergaminos que parecían observarme desde la oscuridad.
Y entonces lo sentí.
—Llegas puntual —dijo una voz a mi espalda.
Me giré de golpe.
El príncipe estaba apoyado contra una de las estanterías, con los brazos cruzados, como si llevara allí horas. No vestía como en la prueba: ropa oscura, sencilla, sin insignias. Nada que lo distinguiera… salvo él mismo.
—Yo… —tragué saliva—. No sabía si vendría alguien más.
—No vendrá nadie más —respondió—. Eso era parte del trato.
No recordaba haber aceptado ningún trato.
Me quedé de pie, rígida, sin saber si debía acercarme o mantener distancia. Opté por lo segundo. Siempre era más seguro.
—Dijiste que no querías problemas —continuó, observándome—. Y aun así, aquí estás.
—No tenía opción —respondí, sin pensarlo.
Sus labios se curvaron apenas. No era una sonrisa amable ni cruel. Era evaluadora.
—Siempre hay opciones, Grace Bell. Solo que algunas cuestan más que otras.
Escuchar mi nombre en su boca me tensó el estómago.
—¿Por qué estoy aquí? —pregunté con un hilo de voz.
Se incorporó despacio y dio un paso hacia mí. Solo uno, pero fue suficiente para que mi espalda se tensara, como si hubiera chocado contra una pared invisible.
—Porque no mientes bien —dijo—. Y porque no corres cuando deberías.
—Yo no…
—Y porque —me interrumpió— una costurera no se pierde dos veces en lugares donde no debería estar.
Mi pulso se aceleró.
—No estaba buscando hacer daño.
—Eso ya lo sé.
Lo dijo con una seguridad que me desconcertó.
—Entonces… ¿qué cree que estaba haciendo?
Se quedó en silencio unos segundos. Me observó como si no estuviera mirando mi rostro, sino algo debajo, algo que ni yo misma sabía nombrar.
—Eso es lo que quiero averiguar.
Kyrell Thorsen
Desde que salió del salón de pruebas no había dejado de pensar en ella. No en su torpeza ni en el miedo evidente que intentaba esconder, sino en la sensación. En el alfiler, en la descarga, en el instante exacto en que sus ojos se abrieron con el mismo sobresalto que los míos.
No fue imaginación. No fue sugestión. Y definitivamente no fue dolor.
La había sentido antes, semanas atrás, cuando recorría las calles vestido como venator. Aquella noche en que una figura tambaleó frente a mí y la sujeté del brazo sin pensar. El mismo latigazo, rápido y feroz. La misma presión bajo la piel. La misma respuesta inmediata de la cicatriz.
Ella.
Entonces no la vi con claridad. Solo recuerdo unos ojos sorprendidos y una bolsa cayendo al suelo. Pero ahora no podía ignorarlo. Estaba allí, temblando, tratando de no hacerlo. No parecía una asesina. No parecía una espía. Y definitivamente no parecía una bruja. Pero omitía cosas, y eso era casi peor.
—¿Qué buscabas en los archivos? —pregunté, rompiendo el silencio.
Se tensó apenas, lo justo para que alguien que no estuviera mirando con atención no lo notara. Yo sí lo hice.
—Nada en particular.
—Esa respuesta ya la usaste —repliqué—. No funcionó entonces. Tampoco ahora.
Apretó las manos frente a ella, como si temiera que delataran algo.
—Solo… quería entender.
—¿Entender qué?
—El reino —dijo—. Lo que se supone que no debemos preguntar.
Interesante.
Di otro paso. Esta vez no retrocedió. Eso también decía mucho.
—¿Sabes lo peligroso que es eso?