Grace Bell
Desperté con la sensación incómoda de haber olvidado algo importante. No fue un sobresalto ni una pesadilla, sino esa presión sutil en el pecho que aparece cuando una promesa queda a medio decir o una amenaza no termina de formularse. Me quedé unos segundos mirando el techo del dormitorio del palacio, escuchando el murmullo distante de los primeros sirvientes que comenzaban a moverse, y entonces lo recordé.
—Nos veremos mañana.
El príncipe no había dicho dónde. Ni cuándo. Ni para qué.
Me incorporé despacio, convencida de que pensar demasiado en ello no iba a servirme de nada. Tenía trabajo, encargos que cumplir, telas que comprar. Aferrarme a la rutina era la única forma que conocía de no desmoronarme.
Alice me esperaba en el patio interior, sentada en el borde de la fuente con una cesta apoyada a sus pies. Al verme, sonrió con naturalidad, la misma de siempre, y ese gesto simple me relajó un poco.
—Pareces cansada —comentó—. Otra noche aquí.
—Sí —respondí—. Madeline insiste en que es más seguro.
—Lo es —dijo sin dudar—. Al menos mientras duren las pruebas.
Caminamos juntas hacia el mercado, hablando de telas, de puntadas nuevas, de un encargo menor que Madeline quería terminar antes de la próxima semana. Alice estaba tranquila, concentrada en lo cotidiano, y agradecí no ver en ella ninguna señal de sospecha o tensión. Por un momento, casi conseguí convencerme de que todo estaba bien.
Hasta que lo vi.
Caden estaba junto a uno de los puestos de cuero, hablando con un comerciante. Cuando nuestras miradas se cruzaron, su expresión cambió apenas un segundo antes de recomponerse, pero fue suficiente para que algo dentro de mí se encogiera.
—Grace —dijo, acercándose—. Buenos días.
—Caden —respondí, sonriendo—. No sabía que andarías por aquí tan temprano.
—Costumbre vieja —contestó—. El cuerpo no olvida tan fácil.
Alice los saludó con un gesto amable y se adelantó unos pasos para revisar unas telas, dejándonos un poco de espacio. Caden me observó con atención, quizá demasiado, como si buscara algo en mi rostro.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Sí —respondí rápido—. Mucho trabajo, nada más.
Asintió, pero no parecía convencido. Sus ojos se desviaron un segundo hacia el palacio, visible a lo lejos entre los tejados.
—Ten cuidado ahí dentro —murmuró—. No es un lugar fácil.
—Lo sé.
—No, Grace —insistió—. No lo sabes.
Iba a pedirle que se explicara cuando Alice regresó con la cesta un poco más llena.
—¿Nos vamos? —preguntó—. Antes de que se llene esto.
Caden dio un paso atrás, como si hubiera dicho más de lo que debía.
—Solo… cuídate —añadió—. Y si necesitas algo, búscame.
Lo vi alejarse con una sensación amarga en la boca. Caden siempre había sido directo, claro, incluso cuando se preocupaba. Esa advertencia, en cambio, sonaba a algo no dicho, a un recuerdo que prefería no nombrar.
El resto de la mañana pasó sin incidentes. Trabajé en silencio, concentrada, siguiendo cada indicación de Madeline con una precisión casi obsesiva. Si mantenía las manos ocupadas, la cabeza se calmaba. O eso intentaba creer.
Al caer la noche regresé a los dormitorios del palacio. El cansancio me venció rápido y, por primera vez en días, caí en un sueño profundo.
El sueño se rompió de golpe cuando una mano firme me cubrió la boca.
El aire se me atoró en la garganta y el corazón empezó a golpearme con violencia. Abrí los ojos en la oscuridad, luchando por no gritar, por entender qué estaba pasando. Una silueta se inclinaba sobre mí, apenas iluminada por la luz que se colaba desde el pasillo.
—No hagas ruido —susurró una voz masculina que no reconocí—. Si gritas, te metes en problemas de verdad.
Asentí, temblando, y solo entonces la mano se apartó de mi rostro. Me incorporé despacio, el miedo recorriéndome el cuerpo como un escalofrío helado.
—¿Quién… quién eres? —pregunté en un hilo de voz.
—Alguien que no tiene tiempo para explicaciones —respondió—. Ponte la capa. Ahora.
—¿Por qué?
No contestó. Se limitó a mirarme con una expresión severa, como si medir mi resistencia fuera una pérdida de tiempo. Algo en su postura, en la forma en que ocupaba el espacio, me recordó a los hombres del ejército que veía patrullar el reino cuando era niña.
—El príncipe te espera —dijo finalmente.
Sentí que el estómago se me cerraba de golpe.
—¿Ahora? —susurré—. Es… es de noche.
—Precisamente.
No me dio opción a negarme. Me tomó del brazo con una firmeza que no dejaba lugar a dudas y me condujo fuera del dormitorio. Caminamos por pasillos silenciosos, cada vez más alejados de las zonas que conocía, mientras mi mente trataba de encontrar una salida que no existía.
El “mañana” del príncipe había llegado.