Cicatrices de poder

Capítulo 10

Grace Bell

En la mañana siguiente no me quedé en el palacio. Era mi día libre, algo raro durante las pruebas, y Madeline insistió en que descansara. No discutí. Agradecí la excusa para salir de esos muros que, de pronto, se sentían demasiado atentos a cada uno de mis pasos.

El camino hasta mi casa fue silencioso. Las calles del pueblo estaban tranquilas, como si el mundo no supiera que algo se estaba quebrando lentamente. Al abrir la puerta, el olor a madera vieja y a telas guardadas me envolvió, familiar y doloroso a la vez.

No estaba sola.

La voz de mi padre llegó desde la sala, grave, contenida, negociando algo.

—Es una muchacha fuerte —decía—. Sana. Trabajadora. En edad adecuada para concebir hijos. No da problemas.

Mi corazón se aceleró.

Otra voz, más vieja, rasposa, respondió:

—No busco que trabaje. Busco una mujer que mantenga la casa y me dé hijos.

Me detuve, paralizada. Frente a ellos, un hombre mayor evaluaba cada detalle de la casa como quien revisa una mercancía.

—Tiene edad suficiente —continuó—. Y no tiene madre que reclame.

No esperé a escuchar más. Retrocedí con cuidado y me encerré en mi habitación, cerrando la puerta con manos temblorosas. El miedo era distinto al de las Tierras Malditas. Más sucio. Más cercano. Este no rugía. Este sonreía, hacía tratos… y era mi padre.

Abrí la caja bajo la cama y saqué el libro.

El de la mujer misteriosa. El que había leído a escondidas, el que hablaba de cosas prohibidas sin nombrarlas del todo. Lo apreté contra mi pecho un segundo, como si pudiera protegerme, y tomé una muda de ropa y unas pocas monedas.

No pensé. Pensar me habría detenido.

Salí por la ventana trasera y eché a andar sin mirar atrás.

De regreso al palacio, el cansancio me doblaba, pero la decisión estaba tomada. No volvería a esa casa.

El resto del día transcurrió como una neblina: trabajo mecánico, voces lejanas, Alice hablando de cosas pequeñas, nadie notó nada. Nadie preguntó nada.

Y cuando cayó la noche, el agotamiento me venció.

El despertar fue brutal. La puerta se abrió de golpe y la luz invadió la habitación como una agresión. Antes de que pudiera incorporarme, dos soldados me sujetaron con brusquedad.

—¡Arriba! ¡Muévete!

El corazón me subió a la garganta. Apenas tuve tiempo de reaccionar antes de ser empujada hacia el pasillo. Allí afuera, la escena era aún peor: todas las mujeres del palacio estaban reunidas, algunas llorando, otras pálidas, otras demasiado quietas. Susurros nerviosos llenaban el aire.

—¡Silencio! —gritó un soldado, avanzando al centro—. ¡Atención!

El murmullo se apagó de golpe.

—Se realizará la primera revisión anual —anunció—. Una a una pasarán a la sala indicada. No habrá excepciones.

Un frío helado me recorrió la espalda. La revisión siempre se hacía en invierno. Faltaba más de un mes.

Formamos fila, cada mujer con el rostro tenso. Alice estaba unos pasos adelante. Sus ojos se encontraron con los míos, confundidos, sin decir nada.

Cuando faltaban solo dos antes de mí, un movimiento al fondo del pasillo captó la atención de todos. George apareció entre los soldados. Su sola presencia enderezó a los guardias. Caminó directo al oficial a cargo y habló en voz baja. El hombre asintió.

—Grace Bell —anunció George—. Sal de la fila. Órdenes directas de Su Alteza el príncipe Kyrell Thorsen.

Todas las miradas cayeron sobre mí. Alice abrió los ojos de par en par. Mi corazón latía tan fuerte que creí que lo oiría todo el palacio.

George me esperó sin tocarme, pero con una firmeza que no dejaba lugar a la negativa. Avancé. Cada paso era un peso, cada mirada un cuchillo.

Me llevó a una oficina apartada, sobria, con estanterías llenas de documentos y una sola lámpara encendida. Kyrell estaba allí, oscuro, serio, imponente.

—Déjanos —ordenó.

George obedeció sin dudar. La puerta se cerró.

—Siéntate —dijo Kyrell, señalando la silla frente a su escritorio.

Me senté, rígida, con las manos apretadas sobre el regazo. El corazón me dolía.

—Su Alteza… —empecé—. ¿Va a hacer la revisión? Porque yo… no entiendo…

Levantó una mano.

—No —interrumpió—. No voy a hacerte la revisión.

Parpadeé, confusa.

—No…

—No. Puedes respirar. Esto no tiene que ver con el protocolo. Ni con tu cuerpo.

Lo miré, aún tensa.

—Entonces… ¿por qué?

Kyrell apoyó la espalda contra el escritorio, cruzando los brazos.

—He estado investigándote. Según los registros oficiales, no provienes de un linaje mágico. Ninguno. No hay marca, ni herencia activa, ni rastro que justifique una revisión urgente.

Tragué saliva.

—Pero… mataron a mi madre y a mi hermana por ser brujas… yo… yo no entiendo.

—Los registros fueron alterados —añadió, fijándome su mirada—. Aparecen como vivas. Hay inconsistencias.

—¿Qué? —mi voz tembló—. Yo las vi… las escuché…

—Por eso estás aquí —dijo Kyrell—. Hay muchos misterios sin resolver, Grace Bell. Y tú eres el más interesante de todos.

No supe qué decir. Solo una cosa era clara: Kyrell sabía más de mí de lo que yo misma sabía.

Y eso, lejos de tranquilizarme, me heló el alma. Porque lo que él aún no me había contado… podía cambiarlo todo.



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En el texto hay: misterio, principe, brujas magia

Editado: 26.01.2026

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