Cicatrices de poder

Capítulo 11

La oficina no se volvió más cálida después de sus palabras.
Si acaso, el aire se volvió más pesado.

Permanecí sentada frente al escritorio, con la espalda recta y las manos tensas sobre el regazo, intentando no mostrar cuánto me temblaban las piernas. Él no me quitaba los ojos de encima. No como alguien que mira… sino como alguien que calcula.

Tragué saliva.

—¿Qué es lo que no me ha contado, Su Alteza? —pregunté al fin, en voz baja—. Si hay algo que deba saber...

Kyrell no respondió de inmediato. Rodeó el escritorio despacio, sin tocar nada, como si midiera cada paso. Cuando se detuvo a mi lado, sentí esa presión conocida en el pecho, esa electricidad incómoda que aparecía cuando estaba demasiado cerca.

Levanté la vista con cuidado.

—Aún no —dijo finalmente—. No todo conocimiento protege. Algunas verdades solo sirven para condenar.

El silencio se cerró sobre mí como una trampa.

—Entonces… ¿puedo retirarme, Su Alteza? —pregunté, sabiendo que insistir sería cruzar una línea peligrosa.

Kyrell me observó un segundo más, largo, impenetrable.

—Puedes retirarte —dijo al fin, sin mirarme—. Por ahora.

No pregunté nada más.

Levantarme fue más difícil de lo que esperaba; las piernas me respondieron con torpeza, como si aún no confiaran del todo en que aquello había terminado. Me detuve un segundo antes de llegar a la puerta.

—Gracias… —dije, cuidando cada sílaba.

Esta vez sí me miró.

No sonrió. No asintió. Solo sostuvo mi mirada el tiempo suficiente para que entendiera que aquello no era un favor, ni una concesión. Era una decisión.

Salí de la oficina con el corazón todavía desbocado. Caminé sin pensar demasiado en por dónde, dejé que el cuerpo me guiara por pasillos que ya conocía de memoria. Recién cuando estuve sola me di cuenta de que me dolía la mandíbula de tanto apretar los dientes.

No dormí bien.

La mañana después de la revisión no trajo alivio.
Trajo silencio.

Un silencio extraño, espeso, que no se parecía al descanso sino a la vigilancia. Al caminar por los pasillos del palacio sentí las miradas antes de verlas, como si el aire mismo supiera que yo no debía estar tranquila. Las costureras hablaban más bajo cuando me acercaba. Algunas dejaban de hacerlo por completo. Otras me observaban sin disimulo, con esa mezcla incómoda de curiosidad y desprecio que no necesita palabras para herir.

No tardé en entender por qué.

—Dicen que el príncipe pidió verla a solas.

—Que no pasó por la revisión como todas.

—Que la sacaron de la fila.

—Que duerme bajo su protección.

—Que se cree especial.

No decían mi nombre, pero no hacía falta. Cada frase se deslizaba como una aguja bajo la piel. Puta del príncipe. Eso era lo que murmuraban, aunque todavía no se atrevieran a decirlo en voz alta.

Yo seguí caminando. Con la espalda recta. Con las manos firmes, aunque por dentro todo se me estuviera desarmando.

Kyrell no volvió a llamarme ese día. Ni al siguiente. Y, sin embargo, su presencia se sentía en todo. Dos guardias apostados cerca del taller. Cambios sutiles en mis horarios. George apareciendo siempre “por casualidad” cuando salía sola. No era protección. Era control, cuidadosamente disfrazado de cuidado.

Y lo peor era que una parte de mí lo entendía.

Me refugié en el trabajo.

El traje del príncipe avanzaba lentamente sobre la mesa grande del taller, extendido como un animal dormido. La tela oscura absorbía la luz, y cada bordado parecía esconder algo más que un simple adorno. Cosía durante horas, concentrándome en cada puntada como si de ello dependiera mi cordura. Era lo único que conseguía silenciar el ruido.

—Estás más callada de lo normal —dijo Madeline sin mirarme, mientras revisaba unas telas—. Y eso ya es decir bastante.

Sonreí sin ganas.

—Solo cansancio.

No me creyó. Madeline nunca se tragaba las mentiras mal hechas.

—Te sacaron de la revisión —añadió—. No soy ciega, Grace.

Mis dedos se tensaron sobre la aguja.

—No pasó nada.

—Eso es lo que me preocupa.

Levantó la vista por fin, estudiándome con esa mezcla de dureza y afecto que siempre la había caracterizado.

—El palacio no perdona lo que no entiende —dijo en voz baja—. Y ahora mismo, nadie te entiende.

Asentí. No sabía qué decirle sin decir demasiado.

Alice entró poco después, cargando un montón de hilos y telas. Me dedicó una sonrisa rápida que no llegó a sus ojos. Se movía inquieta, demasiado pendiente de quién escuchaba.

—Todo el mundo habla de ti —soltó, sin rodeos—. Y no cosas buenas.

—Gracias por la delicadeza —respondí, seca.



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En el texto hay: misterio, principe, brujas magia

Editado: 26.01.2026

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