No empecé a buscar respuestas por valentía.
Las busqué porque no soportaba no entender.
Desde la revisión, o desde lo que no fue una revisión, el palacio se me había vuelto extraño. No hostil, no todavía. Pero distinto. Como si las paredes hubieran aprendido algo sobre mí y ahora esperaran a ver qué iba a hacer al respecto.
Seguí trabajando. Sonreí cuando era necesario. Bajé la cabeza en los pasillos. Hice todo lo que se espera de alguien que quiere pasar desapercibida.
Y aun así, sentía que algo se deslizaba bajo la superficie. Un murmullo que no venía de la gente, sino de los espacios.
La biblioteca fue una idea peligrosa precisamente porque no estaba prohibida.
Nadie vigilaba un lugar que el reino había decidido olvidar.
Entré una tarde, cuando el taller estaba vacío y Madeline había salido a revisar unos encargos. El olor a polvo y cuero viejo me envolvió de inmediato, espeso, casi reconfortante. Había pasado por allí antes, pero siempre de paso, sin detenerme. Esta vez no.
Recorrí los estantes con los dedos, leyendo títulos incompletos, nombres borrados, fechas que parecían cortadas a propósito. Había huecos evidentes. Espacios donde un libro había estado y ya no.
Eso fue lo que me convenció de que iba por el camino correcto.
—Te vas a meter en problemas —susurró una voz a mi espalda.
Me giré de golpe.
Alice estaba apoyada contra uno de los pilares, con los brazos cruzados. No parecía molesta. Parecía alerta, como alguien que ya había hecho el cálculo y no le gustaba el resultado.
—¿Desde cuándo espías? —murmuré, intentando sonar normal.
—Desde que te vi entrar sola a un lugar donde nadie entra sola —respondió—. Grace… ¿qué estás haciendo aquí?
No contesté de inmediato.
Deslicé la mano por el lomo de uno de los libros, fingiendo leer un título que apenas se distinguía. Pensé en Madeline. En Caden. En el príncipe. En todo lo que no podía decir sin consecuencias.
—Nada raro —mentí a medias—. Solo… leyendo.
Alice alzó una ceja.
—¿Leer? ¿Aquí?
—Necesitaba distraerme —añadí—. Y este lugar está lleno de cosas que nadie mira dos veces.
No era mentira. Solo no era toda la verdad.
Alice me observó en silencio. Su mirada se movió de los estantes a mi rostro, como si buscara algo que no estaba escrito.
—Estás buscando algo —dijo finalmente—. No sabes exactamente qué, pero sabes que no debería faltar.
Sentí un escalofrío.
No porque me hubiera descubierto, sino porque estaba demasiado cerca.
—Tal vez —admití, sin mirarla—. ¿Hay algún problema con eso?
Alice dudó. Miró hacia la puerta, luego de nuevo a mí.
—Depende de qué encuentres —respondió—. Y de quién sepa que lo encontraste.
Guardé silencio.
—Hay libros viejos —continuó, bajando la voz—. No están aquí. Los movieron hace años. Algunos acabaron en depósitos. Otros… simplemente dejaron de existir.
Levanté la vista despacio.
—¿Y tú cómo sabes eso?
Se encogió de hombros.
—Trabajo aquí desde niña. Aprendes a notar los huecos.
No le pedí ayuda.
No todavía.
Pero cuando me di la vuelta para irme, Alice habló otra vez:
—Si alguna vez necesitas algo antiguo —dijo—. Algo que no figure en los registros… dímelo.
Asentí, sin prometer nada.
No era una alianza.
Era una puerta entreabierta.
Y eso, en el palacio, ya era peligroso.
Salí de la biblioteca sin mirar atrás.
No porque sintiera algo raro, ni porque el aire hubiera cambiado, sino porque quedarse demasiado tiempo en un lugar donde no se debe estar es la forma más rápida de llamar la atención.
Caminé de vuelta al taller con paso normal. Ni rápido ni lento. El que usan quienes no tienen nada que ocultar… o fingen muy bien no tenerlo.
Trabajé un rato más. Lo suficiente como para que nadie pudiera decir que había desaparecido. Cuando Madeline volvió, me preguntó por una puntada mal hecha y me regañó lo justo. Todo seguía en orden. O al menos, eso parecía desde fuera.
Más tarde, cuando salí al patio interior a llevar unos restos de tela al depósito, vi a Caden.
Estaba allí por trabajo, como casi siempre. Dos aprendices descargaban rollos de tela desde un carro, y él revisaba la lista con cara de fastidio. Cuando me vio, alzó la cabeza y su expresión cambió apenas, lo justo para que yo lo notara.
Esperó a que los chicos se marcharan.
—¿Te perdiste? —preguntó, acercándose—. Ese no es tu camino habitual.
—Estoy ampliando horizontes —respondí—. Ahora también reparto sobras de tela.
Resopló, pero sonrió. Esa sonrisa sencilla que siempre aparecía cuando yo intentaba fingir que todo iba bien.
—Estás rara —dijo.
—Tú siempre dices eso.
—Porque siempre es verdad.
Me encogí de hombros.
—Mucho trabajo. Mucha gente hablando. Nada nuevo.