Cicatrices de poder

Prólogo — El nuevo comienzo

Año 1478 En el siglo XV la superstición caminaba de la mano del miedo. Habían pasado cuarenta y nueve años y cuatro meses desde la gran purificación, o como muchos susurran, el gran genocidio. El reinado del rey Jeremías IV comenzó con sangre. Tenía veintidós años cuando, influenciado por su Lord Canciller y guía espiritual, el arzobispo Arthur, decretó el inicio de lo que más tarde sería llamado la caza de brujas. Ellos lo nombraron purificación, el pueblo por otro lado lo llamó el tiempo de las hogueras, porque así era como todo terminaba. Según los libros de historia, todo comenzó con un hombre que se internó en el bosque durante la luna de sangre y llegó a un lago apartado, rodeado de árboles oscuros y sombras que parecían moverse con vida propia. Allí vio mujeres vestidas de blanco, rodeando el agua con antorchas y entonando un rezo antiguo. Una a una entraron al lago, y sus vestidos se tiñeron de rojo, como si el agua misma se hubiera transformado en sangre. El hombre huyó y habló. Esa fue, según los registros, la señal para que la caza comenzara. Ese mismo año, con el pretexto de purificación, se creó la Inquisición y se impusieron las revisiones anuales obligatorias. Todas las mujeres debían presentarse ante los representantes de la Iglesia y la Corona, y las que desaparecían no eran mencionadas en los libros. Las acusaciones eran muchas y terribles: brujería y hechicería, por supuestos pactos con el diablo para provocar plagas o malas cosechas, herejía, por negarse a retractarse de creencias contrarias al dogma y desvíos del orden social, por desafiar la moral establecida, rebelarse o mostrarse poco sumisas. Muchas eran simples curanderas que usaban hierbas medicinales, pero eso bastaba para llevarlas a la hoguera. El control era extremo, revisaban la piel de cada mujer, buscando la perfección que las delatara, la belleza que pudiera esconder secretos peligrosos. El resto del pueblo aprendía a callar, porque cualquier gesto podía despertar sospechas fatales. Un año después nació Alfred, hijo de Jeremías, cuya llegada fue celebrada como promesa de continuidad, aunque el reino ya estaba marcado por la sospecha y el terror. Cuando creció, Alfred se casó con Aradia Corvinus, princesa de un reino vecino, la alianza prometía paz, prosperidad y un futuro entre ambos reinos, uniendo ejércitos y riquezas, aunque bajo la superficie se mantenían secretos y ambiciones que los libros de historia no registran. De esa unión, en el año 1504 nació Kyrell, heredero de un linaje marcado por tragedias y misterios que nadie se atrevía a nombrar. Una década más tarde, Alfred y Aradia murieron en circunstancias que en los archivos se relatan como misteriosas, y Jeremías retomó el trono con frialdad de quien guarda secretos demasiados pesados para ser revelados. Según los dichos del rey, Kyrell fue enviado al campo de batalla para aprender el arte de la guerra y formarse con los generales más experimentados, otros susurraban que su abuelo esperaba deshacerse de él. Que lo había enviado allí para probarlo… o para algo aún más oscuro que nadie se atrevía a nombrar. Las conjeturas flotaban entre los cortesanos, los historiadores y los rumores del pueblo, pero la verdad permanecía oculta, enterrada bajo la sombra de un secreto que solo Jeremías conocía. Ahora, en el año 1528, los registros oficiales se detienen. Aquí comienza aquello que los cronistas dejaron en silencio.




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