Cicatrices de poder

Capítulo 1 — Cenizas del pasado

Grace Bell

Año 1528

—No creo que esto sea una buena idea en absoluto. ¡Nos podrían enviar a la horca! Pensarán que somos espías —protesta Alice en un susurro nervioso, mientras vigila por el pasillo que los guardias terminen su ronda.

Yo, por otro lado, me pego aún más a la gruesa madera de la puerta. Mi oído contra ella, los dedos cruzados detrás de la espalda, y una parte de mí rogando que las bisagras no crujan justo ahora. No todos los días se tiene la oportunidad de escuchar al rey en persona. Y menos hablando en voz baja.

Las cosas importantes nunca se dicen en voz alta.

—Este año, quiero que la conmemoración se celebre aquí, en el palacio —dictó el rey con firmeza.

Conmemoración.
La palabra se me clavó en el pecho como una astilla.
La gran purificación, la llaman.
El fuego.

—¡Osric! —gritaba mi madre mientras la arrastraban hacia la cruz hecha de madera y paja que la esperaba, sus manos atadas y el rostro desbordado de terror.

—¡Papá! ¡Papá, ayúdame! —sollozaba mi hermana—. No quiero morir…

Yo solo tenía diez años. No entendía por qué las habían puesto allí, ni qué habían hecho para merecer aquel fuego. Solo recuerdo sus rostros retorciéndose de dolor, sus voces elevándose sobre el humo y la ceniza.

Luego el silencio.
Sus gritos se apagaron y el mundo quedó vacío.

Mi padre estaba allí, pero no para sostenerme ni abrazarme. Se dio la vuelta y volvió a casa, como si nada hubiera pasado.

Los días siguientes fueron peores. La casa estaba llena de cenizas invisibles. Yo cargaba con las tareas del hogar, intentando no pensar en aquello, mientras él, entre tragos, repetía su sentencia:

—Esas malditas eran brujas —balbuceaba, con voz temblorosa y cruel—. Seguro que tú eres igual. Mírate… solo aparentas ser una dulce niñita.

A veces deseaba que se equivocara.
Pero algo en mí se quedó marcado para siempre: el fuego, la pérdida, la sospecha de que el mundo podía destruirte incluso antes de que pudieras defenderte.

Catorce años habían pasado desde aquel día, y sigo teniendo más dudas que respuestas. Si fuera bruja… ya lo sabría, ¿verdad? Las revisiones lo habrían detectado. Los sacerdotes, los hombres que nos miran como si buscaran una excusa para condenarnos… alguien habría dicho algo.

Aunque está la marca.
Esa cicatriz extraña que recorre mi cuerpo desde la espalda hasta el tobillo, como si un rayo me hubiera atravesado. La poseo desde que tengo uso de razón. No duele. Nunca dolió. Pero tampoco desapareció. Y nadie supo explicarla.

Mi madre no era curandera.
Mi hermana no practicaba rituales.
Mi madre era una esposa.
Mi hermana se preparaba para serlo.

Entonces… ¿por qué ellas?
¿Eran brujas?
¿Hay magia en mi sangre?

Arthur, Lord Canciller y arzobispo, se encontraba en la misma habitación que el rey. Sus ochenta años irradiaban poder; la iglesia y el reino eran uno, y él lo sabía mejor que nadie. Cada palabra que murmuraba al oído del monarca moldeaban sus decisiones. Y yo, escondida tras la puerta, percibía su presencia como un filo frío recorriendo la sala.

—¡Qué maravilla, su Majestad! —dijo Arthur, aunque su tono sonaba más forzado que espontáneo. Hace una pausa, como si midiera cada palabra, luego se arriesga—. Con todo respeto, ¿por qué ha tomado esta decisión? Es tradición que la fiesta rote entre los siete pueblos del reino. Me intriga que este año se realice aquí.

—La razón es mi nieto —explicó el rey. Aunque no puedo ver dentro de la habitación, puedo imaginar su rostro arrugado, la tensión en su voz. No es un hombre que hable de sentimientos. Y, sin embargo, algo en su tono… es distinto.

¿El príncipe Kyrell?, me pregunto. ¿No era él solo un rumor? Un fantasma que había desaparecido hacía años para entrenarse como soldado, para convertirse en lo que su padre no fue. Ahora vuelve. Y justo cuando la conmemoración será en el corazón del reino.

—Arthur, con cada año que pasa, temo que algo que no debería salir a la luz… se revele —dice el rey, y su voz baja un poco más, como si le pesara el pecho.

Mi corazón también se enconge. Más que latir, tiembla. ¿A qué se refiere con “algo que no debería salir a la luz”? ¿Un secreto del pasado? ¿Un error? ¿Un crimen? ¿Tiene que ver con la masacre de las brujas? ¿Con las mujeres como mi madre y mi hermana?

—Grace —susurra Alice, apretando mi brazo—. Vamos, puedo sentir la vibración de las armaduras de los guardias acercándose.

—¿Crees que lo escuchamos bien? —pregunté entre jadeos.
—Creo que escuchamos lo suficiente para meternos en problemas —murmuró Alice.

Pensamos que habíamos pasado desapercibidas al entrar en el salón de sastrería, pero los pasos apresurados que se acercaban dejaban claro que no habíamos sido tan sigilosas como creíamos.

—Veo que llegan tarde —nos reprochó la modista Madeline, de brazos cruzados y ceja levantada como si fuera a clavarnos con ella.

—Oh, Madeline, lo lamento mucho —dije con una sonrisa nerviosa, mirando a Alice para que me siguiera la corriente—. Alice tuvo problemas estomacales al llegar, así que fuimos a la cocina a preparar un té para aliviar su malestar.

No fue mi mejor mentira. Pero tampoco la peor.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.