Cicatrices de poder

Capítulo 2 — Sombras al atardecer

Las telas debían ser negras. Solo negras, con permiso para detalles dorados, como si el luto de la guerra tuviera que parecer gloria. Por eso aquella mañana no fui a la casa de costuras, sino al mercado.

El ala este siempre me había resultado incómoda. Demasiado cerca del bosque donde todo había comenzado. Demasiado lejos del palacio. Allí los rumores corrían más rápido que las monedas, y la guerra, esa que el rey llamaba expansión, se sentía en cada mirada esquiva.

Mientras avanzaba entre los puestos, algunas mujeres mayores me observaron con atención. Una de ellas murmuró el nombre de mi madre. Fingí no escuchar. Siempre decían lo mucho que me parezco a ella, como si eso fuera una herencia imposible de borrar.

Fue entonces cuando una mujer joven de andar apresurado tropezó a pocos pasos de mí. Un libro cayó al suelo con un golpe seco. Me agaché de inmediato para recogerlo.

—Se te ha caído esto… —dije, pero la mujer ya no estaba.

Miré alrededor. Nadie parecía haber notado nada. El libro seguía en mis manos, pesado, antiguo. Dudé un segundo antes de guardarlo en la bolsa, prometiéndome devolverlo luego si veía a esa mujer, como si esa promesa bastara para tranquilizarme.

No lo hizo. Aun así, seguí caminando.

La tienda de telas apareció al final del mercado, sólida, familiar.

Estaba por entrar cuando alguien sostuvo la puerta desde dentro.

—¡Caden! —no pude ocultar la sorpresa— ¡No puedo creerlo!… mírate, sigues entero.

Él esbozó una sonrisa leve, cansada, y ladeó la cabeza.

El abrazo fue torpe y rápido, de esos que no se ensayan. Al separarnos, noté lo delgado que estaba y la rigidez de sus movimientos, como si el cuerpo aún no hubiera entendido que ya no estaba en el campo de batalla.

—Esto es… —dije sin pensar— Pensé que no te volvería a ver.

—Cuánta fe me tenías, Grace —replicó, con ironía— Gracias por la confianza.

—No es eso —dije, volviendo a abrazarlo— Tú sabes a qué me refiero.

Al separarnos, vi la cicatriz horizontal que cruzaba su cuello.

—Caden… —murmuré, tocándola por pura inercia.

Él se apartó con suavidad, lo justo para detener el gesto.

—No es nada —dijo, antes de darme un beso breve en la frente.

Luego se hizo a un lado, invitándome a pasar a la tienda.

—Vamos. No te quedes ahí.

En la parte trasera preparó té y luego se sentó frente a mí, al otro lado de la mesa pequeña.

—¿Y tú? —preguntó— ¿Cómo has estado?

—Trabajando —sonreí— Manteniendo todo en pie, supongo. Mi padre sigue con la idea de que me case y tenga muchos hijos. Lo mismo de siempre.

—¿Y tú? —añadí luego—. ¿Cómo está todo… afuera?

Caden guardó silencio un momento.

—Es distinto a como lo cuentan —dijo al fin— Más cansado. Uno aprende a seguir avanzando incluso cuando ya no quiere.

Asentí sin interrumpirlo.

—Me alegra que estés aquí —dije.

—A mí también.

Señaló entonces mi bolsa.

—¿Vienes por trabajo?

—Sí. Un encargo particular.

—¿Telas especiales?

—Negras.

Caden alzó una ceja.

—¿Luto?

—Más bien… ceremonia. Para el príncipe Kyrell.

El cambio en su expresión fue inmediato. No rabia abierta. Algo más contenido.

—Así que va a volver —dijo.

—Eso dicen.

Caden apretó la mandíbula.

—He peleado junto a él —añadió— Y no es alguien que olvide. No duda. No se detiene cuando decide algo.

—¿Es tan terrible como cuentan? —pregunté, con cuidado.

Caden me miró.

—Es peligroso —respondió— Porque cree que lo que hace es necesario.

Sus palabras se me quedaron pegadas. Tendría al príncipe frente a mí, y no sabía qué esperar.

—Solo haré un traje —dije, intentando que sonara suficiente.

—Y aun así —replicó— ten cuidado.

Asentí.

Cuando cerramos la tienda, el sol ya caía. Las calles se vaciaban con rapidez, y lo que me puso en guardia fue ver a los venatores adelantando su patrulla. Capas negras, pasos firmes, miradas que no buscaban, sino evaluaban.

—Han adelantado la salida —dijo Caden, observándolos con el ceño fruncido— ¿Tú crees que… podría tener que ver con Kyrell?

Sentí un nudo en el estómago. ¿El príncipe? ¿Ya estaba en el reino? La sola idea me hizo acelerar el paso.

—No lo sé —respondí, con la voz temblando un poco— Pero… sí se ve raro. Nunca los he visto moverse así sin motivo.

Caden asintió, y por un instante su expresión se suavizó, aunque la sombra de su odio hacia Kyrell seguía presente, invisible pero palpable.




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