Cicatrices de poder

Capítulo 3 — El regreso del príncipe

No recordaba la última vez que había sentido algo así. En el campo de batalla, todo era simple: sobrevivir o morir. El miedo se volvía útil, el dolor soportable y el silencio… un regalo, porque significaba que todo había terminado. Pero esto no era silencio. Era otra cosa. Algo más denso.

Avancé por el camino empedrado sin apartar la vista del frente. A ambos lados, el pueblo se alineaba en filas ordenadas, inclinando la cabeza a mi paso. No había vítores ni sonrisas, solo miradas rápidas, contenidas, como si sostenerlas demasiado tiempo pudiera costarles algo.

No los culpaba. Yo tampoco confiaba en este lugar.

El palacio apareció entre la niebla, alzándose como si nunca hubiera dejado de vigilar. No había cambiado. Las mismas torres oscuras, las mismas ventanas altas, como ojos abiertos incluso de día.

Este era mi hogar.

Pero esa palabra ya no significaba nada para mí.

Y aun así, estaba aquí. Preparado para tomar lo que me correspondía… aunque algo no terminaba de encajar.

No supe cuándo empezó. Solo lo sentí. Un tirón sutil, casi imperceptible, como una molestia que uno decide ignorar… hasta que deja de ser posible.

Fruncí el ceño.

No dolía. Era una presión extraña, como si algo dentro de mi pecho respondiera a algo fuera de mí.

Apreté las riendas y el caballo se tensó bajo mis manos, inquieto, como si también percibiera el cambio. Exhalé lento, obligándome a mantener la mirada al frente.

No.

No era posible.

No aquí.

No después de tanto tiempo.

Pero la sensación no desaparecía. Al contrario, crecía. Insistente. Familiar de una forma que no entendía.

Me detuve frente a las escaleras del palacio y descendí sin esperar ayuda. El sonido de mis botas contra la piedra resonó más de lo que debería, como si todo estuviera demasiado cerca de mí.

Los portones se abrieron lentamente.

El aire frío salió a mi encuentro.

Di un paso.

Y entonces volvió.

Más claro.

Más definido.

Ya no era algo difuso ni algo que pudiera atribuir al cansancio. Había… algo más. Algo que no entendía, pero que mi cuerpo parecía reconocer antes que yo.

Me detuve.

Un latido se abrió paso en mi pecho, profundo, irregular. Por un instante, todo a mi alrededor pareció quedar en silencio.

Algo en este lugar…

No terminé el pensamiento.

Pero no desapareció.

Había algo en el palacio que no debería existir.

La certeza llegó sin explicación, inmediata, incómoda. Como si no fuera una idea, sino un recuerdo mal enterrado.

—Mi príncipe.

La voz me devolvió al presente. Giré apenas la cabeza.

Arthur descendía por las escaleras con su habitual lentitud, apoyado en su bastón. Su mirada, fija en mí, tenía esa calma que siempre me había resultado irritante. Como si supiera más de lo que decía.

—Ha pasado mucho tiempo.

Lo observé en silencio un segundo más de lo necesario.

—El suficiente.

Una leve sonrisa apareció en sus labios.

—El reino celebra su regreso.

Solté una exhalación baja.

—El reino no celebra nada.

El silencio que siguió fue breve, pero medido.

—Su abuelo lo espera.

Claro que lo hacía.

Avancé sin responder y crucé el umbral del palacio.

El cambio fue inmediato.

El aire se volvió más pesado. Más frío. Como si las paredes mismas guardaran algo que no debía ser despertado.

Y entonces lo sentí otra vez.

Más cerca.

El tirón regresó, guiando, empujando, llamando.

No era una simple sensación. Era una dirección.

Me detuve.

No debía hacerlo. Lo sabía. Cada instinto que había aprendido en la guerra me decía que siguiera avanzando, que ignorara lo que no entendía.

Pero no lo hice.

Giré la cabeza.

Un pasillo lateral se abría hacia la oscuridad. Silencioso. Inmóvil. Vacío.

Y aun así…

Ahí estaba.

No supe cómo lo sabía.

Pero lo supe.

El latido volvió y por un instante algo cruzó mi mente. Demasiado rápido para entenderlo. Oscuridad. Agua. Una sensación difícil de nombrar que dejó una inquietud persistente.

Parpadeé y apreté la mandíbula.

Si había algo en este palacio…




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