No abrí el libro de inmediato.
Lo dejé sobre la mesa, junto a la vela casi consumida, como si el simple hecho de tocarlo fuera a cambiar algo. Tal vez lo haría. Tal vez por eso no quería hacerlo aún.
La habitación estaba en silencio, pero no era un silencio cómodo. Afuera, el eco lejano de las armaduras seguía recorriendo los pasillos, recordándome que algo en el palacio había cambiado… o tal vez siempre había sido así y yo recién empezaba a notarlo.
Exhalé lento y me senté.
—Es solo un libro —murmuré, más para convencerme que por otra cosa.
Lo acerqué.
La tapa era de cuero oscuro, desgastado en los bordes, como si hubiera pasado por demasiadas manos… o como si no hubiera pertenecido a ninguna en mucho tiempo. No tenía título. Ni nombre. Nada.
Pasé los dedos por la superficie antes de abrirlo, dudando apenas un segundo más de lo necesario.
Las páginas eran gruesas, amarillentas, con manchas que no supe identificar. No estaban ordenadas como un libro común. Algunas parecían arrancadas, otras añadidas después, como si alguien lo hubiera reconstruido con el tiempo.
Fruncí el ceño.
No era un libro cualquiera. Se sentía distinto.
Me incliné un poco, acercando la vela. Los símbolos aparecieron primero. Dibujos finos, repetidos, conectados entre sí por líneas casi invisibles. No eran decorativos. Tenían un patrón.
—¿Qué eres…? —susurré.
Pasé la página.
Texto.
Pero no completamente legible. Algunas palabras estaban en un idioma que no reconocía, otras en el nuestro, aunque escritas de una forma… extraña. Antigua.
Leí en voz baja, intentando darle sentido.
—“…el vínculo no se crea… se transfiere…”
Me detuve.
El corazón me dio un golpe seco.
Volví a leerlo, más lento.
—“…no puede romperse sin… consecuencias…”
Tragué saliva.
No entendía todo, pero entendía lo suficiente.
Pasé otra página, más rápido esta vez.
Había más dibujos. Cuerpos. Marcas.
Cicatrices.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda casi al instante, como si algo dentro de mí reaccionara antes que mi propia mente. Bajé la mirada, casi por reflejo, como si esperara ver mi propia marca a través de la ropa.
Aun así, no pude evitarlo.
Volví al libro.
Las marcas no eran iguales, pero había algo en ellas… algo en la forma en que recorrían la piel dibujada, como si no fueran heridas, sino caminos.
Como si conectaran algo.
Como si…
—Grace.
Cerré el libro de golpe.
El sonido fue más fuerte de lo que esperaba.
Giré la cabeza.
Alice estaba en la puerta, observándome.
No la había escuchado llegar.
—¿Qué haces? —preguntó, inclinando un poco la cabeza.
—Nada —respondí demasiado rápido.
Ella alzó una ceja.
—Claro. Nada.
Su mirada bajó al libro.
Y se detuvo ahí.
—¿Qué es eso? —preguntó, acercándose.
—Lo encontré en el mercado —dije al final— A alguien se le cayó.
Alice se sentó frente a mí.
—¿Y lo abriste?
Asentí.
—Tiene cosas raras.
—¿Como qué?
La pregunta fue demasiado rápida.
Fruncí el ceño levemente, pero abrí el libro otra vez, girándolo un poco hacia ella.
—Símbolos… textos que no entiendo, cosas sobre… magia, creo.
Alice no reaccionó de inmediato.
Esperé una mueca, una broma, algún comentario nervioso.
Pero no llegó.
—¿Magia? —repitió al fin, en voz más baja.
Asentí.
—También habla de un lago.
Sus ojos se movieron apenas.
Un gesto mínimo.
Pero estuvo ahí.
—¿Un lago? —preguntó.
—Sí… algo sobre rituales, creo. No lo entiendo del todo.
Alice extendió la mano, rozando una de las páginas.
—¿Puedo?
Dudé, aunque no tenía sentido hacerlo.
Y aun así…
—Sí.
Observé cómo recorría las páginas.
—¿Dónde lo encontraste exactamente? —preguntó sin levantar la vista.
—En el mercado. Cerca del ala este.
—¿Quién lo dejó caer?
—No lo sé. Una mujer. No la volví a ver.
Alice asintió, como si esa respuesta encajara con algo que no estaba diciendo.
—Deberías devolverlo.
La miré.
—Sí… lo sé.
Pero no sonó convincente.
Alice levantó la vista entonces.
Y sonrió.
—O al menos asegurarte de que no te vean con él.
Solté una pequeña risa.
—Ahora suenas como si fuera peligroso.
Ella sostuvo mi mirada un segundo más de lo normal.
—Tal vez lo es.
El silencio que siguió fue breve.
Pero incómodo.
Cerré el libro otra vez, esta vez con más cuidado.
—Solo es un libro —dije.
Alice no respondió de inmediato.
—Sí —murmuró— Solo eso.
Pero algo en su tono no coincidía.
Guardé el libro en la bolsa, casi por instinto.
Alice se puso de pie.
—Deberías dormir —dijo— Mañana será un día largo.
Asentí.
—Sí.
Caminó hacia la puerta, pero antes de salir, se detuvo.
—Grace.
—¿Sí?
Dudó apenas un segundo.
—Ten cuidado con lo que encuentras.
No sonó como un consejo.
Sonó como una advertencia.
La puerta se cerró tras ella con un leve clic.
El silencio volvió poco a poco, instalándose en la habitación como si nunca se hubiera ido.
Me quedé sentada un momento más, mirando la bolsa.
No tenía sentido sentirme así.
Era solo un libro.
Aun así, lo saqué otra vez.
No lo abrí de inmediato. Mis dedos se quedaron sobre la tapa, recorriendo el cuero desgastado, siguiendo las marcas como si pudieran decirme algo que aún no entendía.
Exhalé lento.
Y entonces…
Una sensación leve.
Como un pequeño tirón.
Fruncí el ceño, pero se desvaneció antes de que pudiera entenderlo.
Me quedé inmóvil un segundo, esperando que volviera.
No lo hizo.
Negué apenas con la cabeza y cerré los ojos un instante, como si el cansancio pudiera explicarlo todo.